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Off Topic RPM: Revoluciones por minuto

Tema en 'Foro General BMW' iniciado por Basse Corniche, 13 Nov 2018.

  1. Basse Corniche

    Basse Corniche En Practicas

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    Buenas a todos

    Agradeciendo una vez más la oportunidad por parte de la administración de crear la segunda parte de mi novela en vivo y en directo en este foro, considero de recibo compartir también la primera parte de la misma. Así que, subiré los capítulos que la forman de forma asidua para vuestro disfrute. el que no pueda esperar puede disfrutar de las versiones física y digital en Amazon.

    Muchas gracias a todos por vuestro interés

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    RPM REVOLUCIONES POR MINUTO:

    1- Primeros metros...:
    2-...Y primeros pasos:
    3- Su alteza real:
    4- Disculpas aceptadas:
    5- Mitología griega:
    6- Aperitivo:
    7- A trabajar:
    8- El Tío Phil...:
    9- Ares:
    10- Desayuno con diamantes:
    11- Hefesto
    12- Sin palabras
    13- Afrodita:
    14- Malas noticias:
    15- Démeter:
    16-Día de paga
    17-La ciudad de la luz
    18-Hermes
    19-Fat Fab
    20-Apolo
    21-Resaca
    22-Calma tensa
    23-Artemisa



    1- Primeros metros...:


    El aullido cada vez más agudo del V8 italiano rompía el silencio de los pueblos que se cruzaban en nuestro camino, mientras atravesábamos la Basse Corniche a velocidades de vértigo. Los pocos viandantes aún despiertos se giraban a nuestro paso, alertados por el escandaloso ruido de sirenas que emanaba del séquito de policías que intentaba darnos caza, el cual teñía la noche de rojo y azul.

    —¡Ja, ja, ja! ¡Como ruje este pequeño! ¡Yiiija! ¡Ja, ja, ja!

    —¡Cállate, Sébastien! ¡Bastante tengo con intentar mantenernos con vida, como para encima aguantar tu versión yonqui! ¡Si no sabes controlarte, deja de meterte!

    —¡Ja, ja, ja! ¡Relájate, Michel, y disfruta del momento! ¡Adrenalina pura!

    —Maldito imbécil…

    Pero el maldito imbécil tenía razón. Los monovolúmenes diésel de los gendarmes, junto a las precarias habilidades al volante de sus conductores, poco podían hacer frente al ritmo impuesto al Ferrari F430 Spider en aquella carretera costera que conocía como si de una extensión de mi cuerpo se tratase. A cada curva las sirenas disminuían su intensidad, y cedían el protagonismo al lamento de los neumáticos traseros del deportivo, que chillaban al ser castigados con los continuos desmadres de la zaga, mientras dejaban tras de sí una estela de humo y goma quemada.

    Al salir de Saint-Jean-Cap-Ferrat, conseguí perder de vista a la manada de policías, y, antes de entrar en Villefranche-sur-Mer, giré a la derecha en un desvío del que nacía una pequeña carretera en cuesta y con poca iluminación, que llevaba a la Moyenne Corniche. Tracé dos curvas en forma de horquilla, y detuve el Ferrari en el arcén.

    Apagué motor y luces y bajamos del coche para asomarnos con cautela al quitamiedos. Sébastien introdujo la mano en el bolsillo interior de su americana turquesa, sacó su arrugado paquete de Marlboro Light y se llevó un cigarro a la boca.

    —¿Quieres uno, socio? —Asentí con la cabeza, y, junto a mi camarada, me encendí otro cigarro, al que le di la primera calada a la vez que flexionaba mi pierna derecha para apoyarla en el guardarraíl. No nos dijimos nada. Tan solo disfrutamos de su sabor mientras contemplábamos el espectáculo de luces y sonidos que nos brindaban los gendarmes en su carrera hacia Niza.

    La noche era preciosa. El Mediterráneo otorgaba a la Costa Azul una temperatura ideal, que invitaba a recorrer descapotado los últimos metros hasta nuestro destino.

    —No te entiendo, Michel. ¿Tan nervioso que te has puesto antes, y ahora descapotas el trasto este?

    —Dame otro cigarro… y disfruta del momento.

    Encendí la radio del deportivo italiano, y empezó a sonar In the air tonight de Phil Collins. Me sentía como Sonny Crockett a bordo de su réplica de Ferrari 365 GTS/4 Spider. Transcurridos diez minutos, llegamos a la puerta de la casa de Sébastien. Una preciosa construcción de dos plantas, situada a medio camino entre Villefranche-sur-Mer y Niza. Sacó de su pantalón el mando a distancia que liberaba la puerta corredera del jardín y que a su vez permitía el acceso a la puerta del garaje, la cual abrió al pulsar el segundo botón del mismo mando. Acto seguido, se bajó para indicarme la maniobra.

    —Ponlo a la derecha del 348ts.

    Y tal como me indicó, aparqué el F430 Spider al lado de su antecesor.

    —Que bonitas eran las líneas de los ochenta, con esas carrocerías angulosas y esas entradas de aire infinitas que ocupan toda la puerta, ¿verdad Michel? ¡Ai, si Il commendatore levantara la cabeza…!

    —Déjate de romanticismos ochenteros y ayúdame a taparlos. Tenemos que esperar un tiempo prudencial a que se enfríen, para así poder entregárselos a Su Alteza Real.

    Cubrimos ambos coches con una enorme sábana blanca, preparada con anterioridad para tal menester. Con los vehículos camuflados, Sébastien arrancó su vetusta Renault Master T35D, y la estacionó delante de las máquinas de Maranello, en una maniobra que impedía cualquier posible contacto visual. Una vez el garaje estuvo reordenado, decidí que ya era hora de volver a casa.

    —¿Qué coche me prestas, Séb?

    —Llévate el R-25 —Me alcanzó las llaves con la mano—. Y cuídamelo, que ya no se hacen franceses como este.

    —Descuida. Estamos en contacto.

    —Descansa, Michel.

    Y Sébastien volvió a pulsar el primer botón de su mando a distancia, esta vez sin sacarlo del bolsillo de su pantalón, mientras yo cruzaba la puerta a bordo del Renault 25 Baccara, rumbo a mi casa.



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    Última edición: 14 Mar 2019
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  2. Basse Corniche

    Basse Corniche En Practicas

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    2- …Y primeros pasos


    Abrí los ojos despacio, aún con el cansancio acumulado de los días anteriores, y perdí mi mirada en las aspas del ventilador de techo, que giraban a mínima velocidad. Dos robos en dos noches era algo a lo que aún no estaba acostumbrado. Y desde luego, el del F430 no había sido fácil. Pero había que reconocer la razón que Sébastien tenía, pues la excitación creada por la situación era difícil de sustituir por algo semejante. Y lo peor de todo es que resultaba adictiva.

    El reloj de mi mesita de noche marcaba las siete menos diez. Los rayos de sol que de forma tímida empezaban a despuntar a través de la ventana del salón, así lo confirmaban. Me levanté, cogí mi paquete de Lucky Strike, y salí al balcón de reducidas dimensiones con el que contaba el apartamento. Me encendí un cigarro y observé el Mar Mediterráneo, del que me separaba una calle. La ausencia de bullicio confirmaba que Saint-Laurent-du-Var aún dormía. El hecho de ser domingo, atrasaba cualquier tipo de actividad habitual en la población. Así que decidí aprovechar la ausencia de gente para salir a reconocer un poco la localidad en la que residía desde hacía un par de meses.

    Me vestí con una camiseta, pantalones cortos y calzado deportivo. Salí del pequeño apartamento y bajé las escaleras comunitarias, que me llevaron al jardín donde descansaban los coches de los inquilinos de las diferentes viviendas. Y el Renault 25 que me había sido prestado.

    Nunca había sido muy amigo de los coches franceses, pero Sébastien tenía esa unidad en un estado impecable. El precioso color gris oscuro de la carrocería brillaba de forma uniforme y majestuosa, y casaba a la perfección con el lujoso interior en piel de color marrón. La guinda del pastel la ponían las hermosas llantas planas con siete diminutos brazos, que le otorgaban una línea deportiva y robusta. El restyling a este modelo fue muy acertado.


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    Dejé de observar las líneas de la berlina de la marca del rombo, y me dirigí a la salida del recinto, para abrir la pequeña puerta metálica que facilitaba el acceso a la calle. Mi apartamento estaba situado detrás de la avenida Saint-Hubert, una calle de doble sentido, con abundante tránsito, que moría en la Route du Bord de Mer, una de las arterias principales de la Riviera Francesa, pues comunicaba las poblaciones del litoral con la bella Niza.

    Los primeros ciclistas y corredores aprovechaban la ausencia de calor de las tempranas horas de la jornada para practicar sus respectivas actividades deportivas en los carriles destinados para ello. Me acerqué al puerto, situado justo en frente, y me apoyé en una de las barandillas para perder mi mirada en el horizonte, donde cielo y mar se unían. Me preocupaba el no saber cómo había llegado mi vida a tan curiosa situación laboral.

    De pronto sonaron en mi móvil los primeros acordes de Your Love de The Outfield, el tono que tenía seleccionado para las llamadas entrantes.





    —Buenos días, Séb.

    —Veo que no soy el único que no puede conciliar el sueño —me contestó Sébastien con voz cansada—. ¿Por qué no vienes a casa, nos tomamos un café y planificamos un poco el día?

    —¿Es que te ha dicho algo Su Alteza?

    —Sí. Ayer por la noche me escribió un whatsapp, preocupado por la fiesta improvisada que montamos en la costa.

    —De acuerdo. Te veo en un rato.

    Volví sobre mis pasos para regresar al apartamento y así poder ducharme antes de mi cita, pues necesitaba refrescarme debido al sofocante calor de esa época del año, sensación que se acentuaba al tener el mar tan cerca.

    Una vez aseado, decidí ponerme algo más formal, pero sin perder la comodidad. Una camisa fina, pantalón de lino y mocasines de verano. Cogí las llaves del apartamento, las llaves del Renault, acompañadas de su bonito llavero ochentero que simulaba el logotipo de la marca, y la cartera. Con todo en mi poder, bajé de nuevo al jardín.

    Dos destellos intermitentes procedentes de la berlina francesa, me indicaron que la alarma se había desconectado. Abrí la puerta y me senté en el magnífico asiento de cuero, tan cómodo como caluroso. Segunda posición en el bombín de arranque y el V6 cobró vida una vez más, con un suave y burgués ronroneo. Engrané primera velocidad y me acerqué al teclado numérico de la puerta. Bajé la ventana, y estiré el brazo para introducir el código de seguridad que liberaba la verja de salida.

    Eran las ocho y pocos minutos, lo que permitía rodar con calma entre un tráfico casi inexistente. No tenía mucha prisa y el día se presentaba soleado y radiante, lo normal en la Riviera Francesa, así que decidí cruzar Niza para llegar a casa de Sébastien, pues apenas me separaban diecisiete kilómetros de él. Tomé la Route du Bord de Mer dirección a la ciudad, y crucé el puente que salva el Rio Var, encargado físico de separar las dos poblaciones. Al dejarlo atrás, la vía cambiaba de nombre, hecho que me permitió rodar por el conocido Promenade des Anglais.

    Bajé la ventanilla y encendí la radio. Sintonicé una emisora bastante conocida en la zona, por emitir música ochentera sin apenas cortes publicitarios. Y justo en ese momento daban comienzo los acordes de Owner of a lonely heart de YES.




    Mientras tarareaba la letra de tan animado tema, dejaba atrás el aeropuerto de Niza, con su pista de aterrizaje encima del mar y su aparcamiento de jets privados ocupado por completo, debido a la cantidad de millonarios que llegaban para veranear, atraídos por el glamour de Mónaco. Me adentré en la bella ciudad, y pasé por delante de lugares tan emblemáticos como el hotel Negresco, los jardines Alberto I, el edificio de la ópera, el monumento a los muertos en la guerra mundial,…


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    Abandoné Promenade des Anglais y rodeé el puerto de la ciudad hasta llegar al fin de la misma, donde daban comienzo las primeras curvas de la Basse Corniche. Reduje dos marchas y el sonido del V6 se mostró algo más bronco. El coche empujaba con energía y entregaba bastante fuerza desde abajo, pero sin perder un ápice de la comodidad que otorgaba el barroco y lujoso interior.

    Poco antes de llegar a Villefranche-Sur-Mer, tomé el desvío previo que había a la izquierda, dirección a la Moyenne Corniche, para, en cuestión de pocos metros, detenerme en la puerta de Sébastien, donde él ya me esperaba. Pantalón de pijama corto, camiseta blanca de tirantes, taza de café en la mano izquierda y cigarro en la derecha. Estaba claro que ese tipo no se ponía nervioso por nada. Introduje el Renault 25 en la enorme parcela, cercana a los dos mil metros cuadrados, y lo estacioné justo enfrente de la puerta del garaje.

    —Buenos días, Séb —le saludé aún acomodado en la butaca del conductor.

    —Buenos días, Michel. Te queda muy bien el gabacho. Pareces alguien importante y todo.

    —Estás muy simpático para no haber dormido…

    —Demasiada fiesta ayer por la noche… ¡Aún me dura el subidón! Anda, pasa adentro, que te sirvo un café.

    Seguí los pasos de Sébastien hacía el interior de la casa, la cual era majestuosa. Ya había estado más veces, pero no dejaba de sorprenderme. Su hogar, que disponía de más de trescientos metros cuadrados habitables repartidos en dos plantas, estaba diseñado en forma de L, y apuntaba a un precioso jardín interior presidido por una piscina de forma oval.

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    El blanco era el color predominante, tanto en paredes como en la mayoría de elementos decorativos, y, junto a la enorme superficie acristalada, ayudaba a recoger la majestuosa luz que nacía del sol de la Riviera e inundaba todas las estancias, creando un clímax de serenidad irrepetible. El salón estaba presidido por una enorme mesa, y dos grandes ventanales, que permitían el acceso al basto balcón que conformaba el contorno de la casa.


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    Desplacé una de las puertas y salí a disfrutar de lo mejor del lugar: las vistas sobre la bahía de Villefranche-sur-Mer. Todo estaba construido para percibir semejante espectáculo natural con los cinco sentidos.

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    —¿Café solo? ¿Con hielo?

    —Con hielo mejor, Séb.

    Sébastien me acercó el café al balcón, entró de nuevo al salón, cogió el mando a distancia del equipo de música, activó el hilo musical instalado a lo largo de la casa, y empezaron a sonar los primeros acordes de Crockett’s Theme de Jan Hammer. Dejó el mando en su lugar y regresó al balcón, con un segundo café y un segundo cigarro.





    —¿Quieres? —Me acercó el paquete de Marlboro Light.

    —Gracias, Séb —Le cogí un cigarro—. Y bien, ¿qué te ha dicho Su Alteza?

    —Lo que te dije antes por teléfono. Me preguntó si había ido todo bien, pues llegó a sus oídos la fiesta que montamos ahí abajo —Me señaló con su cigarro a la Basse Corniche, divisable desde su casa—. Y quiere que esta noche entreguemos los dos Ferrari en una dirección que luego me facilitará.

    —¿Qué? ¡Pero si aún están calientes!

    —Son sus deseos —Sorbió las últimas gotas de la taza—. No te preocupes. Un domingo por la noche es más fácil realizar un traslado así.

    —Si tú lo dices…

    De pronto, un característico sonido interrumpió nuestra conversación. El rugir de un seis cilindros bóxer de origen germano, que se acercaba de manera fugaz hacia nuestra posición, hizo que Sébastien cruzara raudo el salón hasta la entrada. Para cuando llegó, el ronroneo a ralentí del vehículo en reposo esperaba la apertura de la puerta que le permitiera el acceso al interior de la parcela.

    Sébastien sacó el mando del bolsillo derecho de ese mini pantalón que llevaba, y la puerta empezó a descubrir un precioso Porsche 911 Cabriolet, de la generación 996, en un profundo color azul con interior en tono camel. A los mandos, una preciosa joven, de tez bronceada y larga melena rubia, cubierta en parte por un sombrero de color crema con un lazo rosa, que ocultaba sus ojos tras unas oscuras Ray Ban Wayfarer.


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    —¡Mélissa! —exclamó efusivo Sébastien.

    —¡Papá! —La bella joven bajó del coche y se dirigió a abrazar a su progenitor—. ¿Qué tal estás?

    —¡Bien, muy bien! ¿Pero cómo es que has llegado ahora? ¡No te esperaba hasta la semana que viene!

    —Porque sé que te preocupas por mí, y seguro que si te llamo para avisarte que regresaba de París, estarías nervioso hasta que llegase —le contestó una risueña Mélissa—.De esta manera ya estoy aquí, y tu sin preocupaciones innecesarias.

    —Si es que… —Sébastien acarició la mejilla de su hija—. Eres un cielo.

    Y se volvió a fundir en un abrazo con ella.

    —Mélissa, ¿te acuerdas de Michel?

    —¡Por supuesto! ¿Qué tal estás Michel? —Se acercó para darme dos cordiales besos—. ¡Cómo has cambiado!

    —No soy el único, por lo que veo…

    Hacia cerca de seis años que no veía a Mélissa, la única hija de Sébastien. La última imagen que recuerdo de ella, era la de una joven adolescente, algo tímida y cargada de sueños de futuro. Y ahora se personaba delante nuestro convertida en toda una mujer, alta y preciosa, capaz de hacer palidecer al hombre más recto sólo con su presencia.

    —¡Ei! —interrumpió Sébastien—. ¿Os apetece bajar a comer al pueblo?

    —¡Estupendo, papá! ¿Por qué no vamos a Les Palmiers?

    —Me parece buena propuesta. ¿Qué dices, Michel?

    —No tengo nada que hacer, y me gusta el sitio ¿Por qué no?

    —Genial. ¿Os importa si me doy una ducha? Estoy cansada del viaje.

    —¡Como nos va a importar! Tu habitación sigue igual que la dejaste la última vez.

    Mélissa abrió el capó delantero del Porsche y sacó una maleta de un tamaño medio. Lo cerró y se dirigió al interior de la casa.

    —Qué guapa está tu hija, Séb. Se ha convertido en toda una mujer.

    —Sí. Es el vivo reflejo de su madre. Y por cierto —La voz de Sébastien cambió de tono—, ni una palabra de nada de esto a Mélissa —Me señaló con la mirada la puerta del garaje, donde estaban guardados los Ferrari.
     
    Última edición: 14 Nov 2018
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  3. RBMK1000

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  4. Basse Corniche

    Basse Corniche En Practicas

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    Espero que la expresión sea de aprobación



    3- Su Alteza Real


    Eran las doce del mediodía y yo estaba sentado en una de las sillas que había en la zona de la piscina. En una pequeña mesa escoltada entre dos tumbonas, descansaba mi paquete de tabaco Lucky Strike, junto a un Martini suave que me había servido Sébastien, antes de subir a su habitación para cambiarse de ropa.

    No podía quitarme de la cabeza el hecho de tener que entregar los dos coches esa misma noche. En este negocio, dejar enfriar el vehículo era uno de los pasos más importantes, y podía alargarse hasta tres semanas. Pero Sébastien me pedía realizar el traslado con apenas veinticuatro horas de diferencia. Un riesgo muy elevado, que encima se doblaba al haber dos coches en juego. Y por si fueran pocos los contratiempos, su hija estaba aquí, lo que nos limitaba a la hora de sacarlos.

    —Y bien, ¿cómo te trata por aquí la vida?

    La pregunta de Mélissa se encargó de interrumpir mis pensamientos. Había sustituido su cómodo atuendo de viaje por un vestido verde claro, con el talle por encima de las rodillas, que liberaba dos larguísimas piernas depiladas, las cuales acababan en unas sandalias con cuña que la elevaban unos centímetros más de su estatura habitual. Todo el conjunto estilizaba su esbelta figura y resaltaba sus atributos femeninos. Las gafas de sol, ahora apoyadas en el voladizo del sombrero, habían dejado paso a unos ojos del mismo tono que el agua que bañaba las costas de Niza, resguardados por un conjunto de largas pestañas. Era preciosa.

    —Pues no me puedo quejar, desde luego. Esta zona de Francia es especial y cada día te sorprende.

    —Y que lo digas. Siempre echo de menos estas vistas cuando me tengo que ir a París —comentó al observar la bahía.

    —¿Cómo te va por allí?

    —Bien. Estoy estudiando en la universidad.

    —¿Sorbonne?

    —¡Si! Vaya, ¿la conoces?

    —He oído hablar de ella, pero no he tenido el placer de asistir. ¿Y qué estudias?

    —Arqueología e historia del arte.

    —Vaya, suena muy interesante.

    —Sí. Siempre me ha gustado mucho la historia. Creo que hay que aprender del pasado para poder construir el futuro.

    —¡Que, chicos! —Sébastien interrumpió la conversación—. ¿Estáis listos?

    —Si, papá.

    Bordeamos la piscina hasta llegar donde nos esperaba Sébastien, que vestía un fino pantalón blanco, junto con una camiseta azul pastel, y calzaba unos mocasines de verano con la misma tonalidad.

    —Coño, Séb, ¿dónde has dejado el Testarossa blanco?

    —Yo no tengo la culpa de que seas un joven sin estilo —Mélissa empezó a reír tras la respuesta de su padre.

    —¿Vamos con el 911? ¿Quieres llevarlo tú, Michel?

    —¿Por qué no? —Cogí las llaves que me lanzó Mélissa.

    Hacía tiempo que no conducía un Porsche. Tanto que los primeros tres segundos busqué el bombín a la derecha del volante, hasta que recordé que lo llevaba en el lado contrario. Pero Mélissa se percató y no pudo evitar esbozar una pequeña sonrisa.

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    Segunda posición y el motor bóxer cobró vida con ese sonido bronco tan característico, acompañado de la pegadiza This is how we do de Katy Perry, que empezó a sonar al encenderse la radio.



    —¿Vas cómodo ahí atrás, Sonny Cro… digo, Séb?

    Y la respuesta fue una colleja inmediata, que provocó que Mélissa se riera a carcajada suelta. Qué guapa estaba.

    Tardamos diez minutos en llegar a Villefranche-sur-Mer. Aparcamos en uno de los estacionamientos del puerto, al lado de la Citadelle Saint-Elme, una fortificación militar del siglo XVI que nació con la finalidad de defender la joya de la corona ducal de Savoie, y que ahora se limitaba a acoger a los visitantes en su nuevo rol de monumento histórico.

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    La fama de aquel precioso pueblo costero atraía un sinfín de turistas, que animados por el estupendo día, llenaban hasta el último rincón de la localidad, con el único fin de impacientarse al no encontrar una mesa libre.

    –¿Has reservado, papá?

    –Sí, mesa para tres, a la una y media. Pero vamos ya para allí.

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    Disfrutamos de una agradable comida, sentados durante más de dos horas en aquella terraza, rodeados de plantas artificiales, carcajadas de la gente y camareros afables. Degustamos una rica paella de arroz negro y frutos del mar, acompañado de dos jarras de sangría de cava, que desaparecieron debido al intenso calor. Hablamos de un sinfín de cosas, y escuchamos cómo le había ido a Mélissa durante los últimos seis años, así como su actual vida en París. Acabamos de comer cerca de las cuatro de la tarde, y decidimos ir a dar un paseo por la zona del puerto para bajar un poco la comida, con la ayuda de sendas tarrinas de helado.

    Mélissa recibió una llamada telefónica que la tuvo más de quince minutos ocupada. Hablaba distraída mientras se alejaba de nosotros, que ralentizamos el paso.

    —Séb, ¿cómo vamos a sacar los Ferrari si está tu hija aquí?

    —Tranquilo, ya se me ocurrirá algo, aunque llevo todo el rato pensando y no se bien el que. A malas, llamaré a Su Alteza y le diré que, sintiéndolo mucho, la entrega no podrá ser hoy. Pero no creo que le haga mucha gracia.

    Mélissa colgó la llamada, detuvo el paso y se giró hacia nosotros.

    —¿Papá? —Noté como el pulso de Sébastien se aceleraba—, me ha llamado mi amiga Christine. Quiere quedar conmigo para cenar y tomar algo en Niza. ¿Os importa si os dejo en casa y voy?

    —¡Por favor, hija! —Sébastien volvía a respirar—. ¿Cómo nos va a importar? Vayamos a donde está el coche y regresemos a casa.

    Esta vez era Mélissa quien conducía el Porsche. Sébastien, que iba sentado detrás, daba pequeñas cabezadas de sueño. Y yo, en el asiento del pasajero, alucinaba al ver la habilidad que tenía al volante la hija de mi amigo. No erraba ningún cambio, aún sin cortarse en llevar el motor en un régimen alto. Se notaba que sabía lo que llevaba entre manos, y que disfrutaba con ello.

    Sobre las siete y media de la tarde, llegamos a casa. Nos despedimos de Mélissa, la cual inició su camino hacia Niza. Sébastien abrió la puerta y yo me quedé aturdido con el perfume de su hija, que desapareció carretera abajo junto al peculiar ronquido del 911.

    —La llamada de Mélissa ha sido un golpe de suerte, ¿verdad, Séb?

    —Y que lo digas, Michel. Yo empezaba a estar preocupado. Ves guardando el R-25 en el garaje mientras subo un momento al servicio y a cambiarme de ropa.

    Entré al recibidor de la casa, cogí las llaves del Renault, depositadas en el lugar en las que las había dejado Sébastien por la mañana, y me dirigí con ellas al garaje. Abrí la puerta y me detuve a observar el fetiche automovilístico de mi amigo: un espectacular Alpine-Renault A310, en impecable estado, descansaba pegado a la pared derecha.

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    Metí la berlina justo delante del Alpine y en ese momento entró Sébastien al garaje.

    —Toma un cigarro —Sacó uno para él antes de acercarme el paquete de Marlboro Light—. Vamos a esperar un poco a que caiga el atardecer para empezar a movernos.

    —¿Ya sabes donde tenemos que ir?

    —Sí, Su Alteza me ha pasado la ubicación. Me ha dicho que se trata de un garaje situado en Levens, a los pies de la carretera.

    —Ese pueblo se encuentra en dirección a Sisteron, ¿verdad?

    —Sí, pero mucho antes. A unos cincuenta minutos de aquí.

    —Cincuenta minutos que se van a hacer eternos.

    —Bueno, relájate. Destapemos los coches, que ya empieza a caer el sol —Ayudé a mi amigo a retirar los disfraces a los deportivos italianos—. Por cierto, lleva tú el 348, que no me apetece pelearme con el cambio.

    —Estás hecho todo un gentleman

    Abrí la puerta del Ferrari rojo, me acomodé en su interior, y giré la llave que estaba puesta en el bombín. Y mientras Sébastien retiraba la Renault Master, el V8 italiano cobraba vida, e inundó la estancia de ese olor característico a gasolina mal quemada. Encendí las luces y los faros escamoteables, que surgieron de su escondite, pintaron de amarillo la puerta del local.

    —Será mejor que sea yo el que vaya delante, no sea que se te apaguen con el aire esas velas —Sébastien se acomodó en el interior del F430 y encendió los faros de xenón.

    Nada más asomar el morro del Ferrari por la puerta, empezó a llover. El magnífico día de sol y calor se acababa de esa forma tan abrupta, y añadía un plus de emoción a la ya delicada situación del momento. Y es que un 348 en mojado no era apto para todas las manos.

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    Circulamos por las húmedas calles de Villefranche-sur-Mer, debido al aguacero que caía. Para aplacar mis nervios, decidí poner la radio y disfrutar del paseo. Pero a cada metro recorrido, más se me aceleraba el pulso, ya que no tenía ganas de volver a montar un espectáculo como el de la pasada noche. La emisión de The show must go on de Queen, parecía hecha adrede.



    Dejamos atrás el pueblo costero y rodeamos Niza por su cara interior, mientras surcamos las carreteras que subían y bajaban por la orografía Nicense. Sébastien era un gran conductor y trazaba con tal firmeza que colocaba el Spider donde él quería. Yo me limitaba a seguirle. Aguantaba el ritmo mientras intentaba domar la violencia de la berlinetta, la cual carecía de controles electrónicos y ayudas a la conducción, y que se esforzaba por sacarme del mojado asfalto en cada curva. Por suerte, el tacto del cambio de marchas era delicioso.

    A las diez de la noche entrábamos en Levens, un pequeño pueblo, con apenas medio centenar de casas, que estaba desierto. Aminoramos la marcha para, a los pocos metros, detener los vehículos al lado de una puerta de garaje.

    Bajamos de los coches y Sébastien le indicó mediante un mensaje vía whatsapp a Su Alteza que habíamos llegado. En ese momento, la puerta se abrió, y dejó al descubierto antiguas joyas de rallye, tales como un Alpine-Renault A110, un Ferrari 308 Dino y un Lancia Stratos, que descansaban para asumir nuevos retos. Al lado un grupo de cinco hombres, tres de origen árabe, esperaban que entrásemos los coches, tal como procedimos a realizar.

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    —¡Bienvenido, amigo Sébastien! —Un hombre de origen árabe, ataviado con un excelente traje, se adelantó al resto para saludar a mi camarada.

    —¿Qué tal estás, Nasser? —le replicó Sébastien, mientras se repartían tres besos en la mejilla, como mandaba la cultura arábiga—. Michel, te presento a Nasser Bin Salman, miembro de la familia real Catarí.

    —Un placer conocerte —contestó con un marcado acento que delataba su procedencia.

    —El placer es mío, Su Alteza —me acerqué para estrecharle la mano, aún con cara de incredulidad, pues jamás pensé que Su Alteza era un miembro de la familia real, sino un simple nombre en clave.

    —Y bien, hoy no habéis tenido complicaciones, ¿verdad, Séb? —Nasser deslizó su mano por la húmeda carrocería del 348ts.

    —Hoy la lluvia te ha manchado los coches, pero nada más.

    —Bueno, pero han llegado enteros, que era lo que me preocupaba.

    Nasser sacó de su pantalón una copia de la llave del F430. Se acercó al coche y con un toque de botón condenó los seguros, que se cerraron tal y como indicaron dos leves destellos emitidos por los intermitentes.

    —¿Que cojones está pasando aquí, Séb?

    —Cálmate, Michel. Déjame que te cuente.

    —¡Que me tienes que contar! —contesté preso de la cólera—. ¡Nos jugamos ayer el tipo con los gendarmes y resulta que el F430 es suyo!

    —Y el 348ts también —interrumpió Nasser.

    —¡¿Cómo?!

    —Ya te dije que las habilidades del chico al volante eran buenas, y no hacía falta que lo pusieras a prueba.

    —Cállate, Sébastien. Yo decido quien trabaja conmigo y como consigue el puesto.

    —Yo también decido con quien trabajo, Su Alteza. Y creo que…

    —¡Shhh! ¡Silencio! Ya estás dentro, y no hay vuelta atrás —Nasser mantuvo su mirada desafiante a pocos centímetros de la mía—. ¡Víctor! ¡Llévatelos!
     
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  5. bigwave

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    Gran libro, yo ya lo leí y estoy esperando la segunda parte :)
     
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  6. Basse Corniche

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    Bueno, estos son los comentarios que a uno le llenan de alegría. Muchas gracias por adquirirlo, de verdad.
     
    Última edición: 15 Nov 2018
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  7. bigwave

    bigwave Forista Senior

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    Como ya te he comentado por otros medios la ambientación y aportación de documentación gráfica y más con la fotografía del viaje que hiciste este verano ayuda a sumergirse mejor en la historia y resultan de valor añadido.
     
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  8. Chv5

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    Que buen trabajo!! Engancha muy rápido la historia, ahora que vienen navidades ya se me está ocurriendo que pedir jeje
     
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  9. ingouriarba13

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    Puedes dejar enlace para comprar el libro en Amazon?
     
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  10. Basse Corniche

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    Muchas gracias. De verdad que es impresionante ver la acogida que está teniendo.


    Gracias por el interés. Espero no infringir ninguna norma.

    https://www.amazon.es/RPM-Revoluciones-M-Angel-Talavera-ebook/dp/B07CRL6VPT
     
    Última edición: 16 Nov 2018
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  11. Basse Corniche

    Basse Corniche En Practicas

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    4-Disculpas aceptadas


    Sentado en una de las sillas que tenía en el pequeño balcón de mi apartamento, observaba como el cigarro se consumía apoyado en el borde del cenicero. Con la mirada perdida en su interior, y los primeros acordes de Broken wings de Mr. Mister, pensaba en todo lo sucedido la noche anterior.

    No entendía porque Sébastien me había ocultado que los coches eran de Su Alteza. Tampoco comprendía como un agente retirado del servicio secreto francés, conocía a alguien de semejante rango, e incluso trabajaba para él. Estaba claro que su antiguo puesto en el DGSE tenía algo que ver.

    Entré de nuevo al apartamento, y fui directo a la nevera, para servirme un vaso de zumo de naranja, cuando de pronto llamaron a la puerta. Me acerqué sin hacer mucho ruido, y observé por la mirilla el rostro de Sébastien, que esperaba en el pasillo a que yo le abriera.

    —Buenos días, Séb —Colgué las llaves del apartamento en un gancho en la pared tras abrir la puerta.

    —Buenos días, Michel. ¿Qué te cuentas?

    —Creo que el que tiene algo que contar aquí eres tú.

    —Y por eso he venido. Vamos a dar un paseo.

    Me calcé unas zapatillas deportivas, apagué el ventilador de techo, deposité el vaso de zumo en el pequeño fregadero, cogí las llaves y salí del apartamento, acompañado de Sébastien. Bajamos las escaleras y nos dirigimos a la calle.

    —Vaya, has sacado el Alpine. Ya decía yo que me parecía haber escuchado un ruido algo diferente al del tráfico habitual.

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    —Sí. Tenía ganas de cogerlo —sonrió—. Lleva años conmigo, pero arrancarlo me produce siempre el mismo nerviosismo de la primera vez.

    —Claro, porque sabes que es un Renault y que algún día no lo hará.

    —¡Veo que has desayunado fuerte hoy! —Sébastien me dio una palmada en la espalda—. Toma las llaves, que vamos a tomar algo.

    —¿Lo llevo yo?

    —¡Claro! Quiero que experimentes el nerviosismo previo al arranque. Esos segundos de incertidumbre en los que no sabes que va a suceder, hasta que se pone en marcha.

    Abrí la liviana puerta del conductor y, con un ejercicio de fe, acomodé como pude mí metro y ochenta centímetros de altura en el angosto interior. Una vez colocado, la posición de conducción era de auténtico deportivo, con las piernas estiradas y el culo casi en el asfalto.

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    Giré la llave y el motor de arranque agonizó durante cuatro segundos, en los cuales di pequeños pisotones al acelerador para ayudar al combustible en su camino a los carburadores. Y de pronto, el motor PRV de seis cilindros cobró vida, y expulsó una ligera humareda por las salidas de escape, acompañada de un sonido bronco y el olor característico del exceso de gasolina mal quemada.

    —¿Dónde vamos?

    —Conduce hasta Niza, y una vez allí, podemos tomar algo cerca de la Place Masséna, si te parece bien.

    —Me parece correcto.Durante el trayecto de poco más de veinte minutos por Promenade des Anglais, apenas nos dirigimos la palabra. Yo me limité a disfrutar de la conducción del deportivo francés, acompañado de Out of Touch de Hall and Oates. Sébastien degustaba un cigarro sin apartar la vista de las jóvenes transeúntes, ligeras de ropa, que paseaban por la zona.



    —¡Oh, mon Dieu...! ¡Que vistas tan magnificas de Niza!

    —Deja de observar la fauna del lugar y dime donde aparco.

    —Directo a un parquin. Este pequeño no duerme jamás en la calle —y dio pequeñas palmadas en la parte superior del salpicadero.

    Entramos a un garaje subterráneo próximo a nuestro destino y estacioné el deportivo francés en una plaza entre dos columnas, ya que Sébastien era muy cuidadoso con sus coches. Una vez abandonamos el vehículo, subimos a pie las escaleras que daban a un lateral de la Place Masséna.

    La plaza mayor de Niza era lugar de reunión de los Nizardos en particular, y turistas en general. En ella confluían varios de los principales bulevares y avenidas de la ciudad, como la majestuosa Avenue Jean Medecin, y restaba a apenas unos metros de Promenade des Anglais. Su condición de zona peatonal, la convertía en un hervidero de gente que llenaba de vida el lugar.

    Siete pilares se erigían en medio de la misma, a banda y banda de las vías del tranvía, que la atravesaban por el centro. Y encima de esos siete pilares, descansaban las estatuas opacas de siete hombres arrodillados, que se iluminaban de noche con diferente color cada una de ellas, en alusión a los siete continentes. Al fondo de la plaza, una preciosa fuente contenía en su interior representaciones de varios mitos griegos, y culminaba con una estatua de Apolo situada en el centro, cercana a los siete metros de altura, testigo mudo de la vida en la ciudad, a espaldas del mar Mediterráneo.

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    Todos los edificios que delimitaban la plaza, tenían sus fachadas pintadas en rojo y sus persianas en verde, colores que creaban un contraste muy potente. No había palabras que abarcaran con su significado lo maravilloso que resultaba aquel lugar. Y más en un día soleado como del que disfrutábamos.

    —¿Nos sentamos en una terraza?

    —La que quieras, Séb, pero que esté a la sombra.

    Tomamos sitio en una de las pocas mesas disponibles a aquella hora. Las terrazas estaban situadas debajo de los arcos de los edificios, y ello las convertía en un lugar muy preciado para resguardarse del intenso calor.

    —¿Qué querrán tomar?

    —Yo quiero un vermut, Campari a poder ser.

    —A mi ponme una Guinness —replicó Sébastien.

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    Sacó el paquete de Marlboro Light del bolsillo de su pantalón, cogió un cigarro y se lo llevó a la boca, mientras con la punta de los dedos lo deslizó por la mesa hacia mi posición.

    —Primero de todo —Exhaló el humo—, déjame que me disculpe.

    —No tienes por qué hacerlo. Solo con avisarme de que era una prueba hubiera sido suficiente.

    —Es que de eso se trataba, de que no supieras que era una prueba. Si te lo llego a decir, no hubieras accedido.

    —Por supuesto que no. Realizo encargos, no yincanas. Creo que, el que me contrata, ya presupone mis habilidades. Y lo que menos esperaba era que tú dudases de ellas.

    —Y no lo he hecho. No era a mí al que tenías que convencer, sino a Nasser.

    —Pues que Su Alteza hubiese preparado un encuentro en un circuito cerrado, con pastas y té, y así podría valorar mis habilidades de conductor sin necesidad de tener a medio cuerpo de gendarmes de Niza pegados a mi culo.

    —Cálmate —me respondió Sébastien en tono sosegado—. Nasser no funciona como tú crees.

    —Pues explícame tú, que tanto lo conoces, como funciona.

    —Es un loco millonario. Nada más. Un tipo que un día abrió el grifo del jardín trasero de su casa perdida en mitad de un polvoriento desierto, y en vez de salir agua, salió petróleo. Él y los otros tantos jeques del mundo. Si no esa gente no serían más que donnadies.

    —No sé —Pausé para inhalar el humo—, no me convence.

    —Confía en mí. Creo que jamás te he engañado.

    —Ayer fue la primera vez —Exhalé el humo de la última calada, y me refresqué con el último trago de mi vermut.

    —Te dolió, ¿eh? —Alzó su mano izquierda para llamar la atención del camarero y así pedirle la cuenta—. Tranquilo que no se volverá a repetir. Verás como con Nasser nuestra vida cambia.

    —¿Y cuándo se supone que sabremos algo más?

    —Esta noche hemos quedado en su casa.

    —Me encanta, porque me facilitas la información con cuentagotas.

    —Me gustaría pasarte un parte detallado de las actividades diarias, con horarios, dibujitos y todo eso. Pero por desgracia, sé lo mismo que tú sabes —me contestó mientras pagaba la cuenta, propina incluida.

    —Seguro que si… —Me levanté de la mesa—. Anda, vámonos.

    Volvimos al garaje, y Sébastien introdujo su llave en el bombín de la puerta izquierda del Alpine. Una vez acomodado en su asiento, estiró su brazo para desbloquear el cierre de la puerta derecha, ya que este no era centralizado, algo normal en un coche de esa época.

    Recorrimos Promenade des Anglais de regreso al apartamento. Esta vez, era yo el que perdía mi mirada en un punto inconcreto, mientras pensaba en donde me había metido.

    Sébastien conducía con su brazo izquierdo apoyado en el marco de la puerta, a la vez que tarareaba con más ganas que acierto la letra de Da ya think I’m sexy? de Rod Stewart.



    Una vez llegamos al destino, detuvo el coche en la entrada del apartamento. Abrí la puerta para abandonarlo, no sin antes escuchar de su boca el recordatorio de nuestra nueva cita, prevista para esa misma noche.
     
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  12. Basse Corniche

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    Me vas a perdonar, pero no consigo acertar a saber quien eres, o con que otro nick me has comentado antes. Pero de verdad que estoy muy agradecido.

    No eres el primero que me dice lo de las fotografias del viaje en verano, y la verdad es que yo fui el primero que disfruté haciéndolas. Desde luego, me quedo con la de la puesta de sol en Saint-Laurent-du-Var

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    Última edición: 17 Nov 2018
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  13. ingouriarba13

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  14. Basse Corniche

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    Infinitas gracias a ti. A cada unidad vendida, más visualización tiene el libro. Y con las opiniones igual. Gracias de nuevo, espero que te guste.
     
  15. Basse Corniche

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    5- Mitología griega


    Apoyado en la pared de la entrada al apartamento, alcé mi muñeca izquierda, la cual sacudí para apartar la manga de la camisa, y así poder comprobar por enésima vez la hora en mi TAG Heuer Carrera. Me encantaba ese reloj, ya que fue un bonito regalo de alguien muy querido, motivo por el cual solo lo lucía en ocasiones especiales. Y esta era una de ellas.

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    Faltaban unos minutos para las diez y cuarto de la noche. Sébastien me había enviado un whatsapp, en el que me indicaba que se había citado a las once con Nasser, y unos cuarenta minutos antes de la hora acordada, pasaría a recogerme. Pero yo estaba algo nervioso y decidí bajar con anterioridad a fumar un cigarro y a disfrutar de la suave brisa nocturna que soplaba en la costa a finales de Agosto.

    Las explosiones producidas por los escapes del Alpine en la calle de atrás, me anunciaron su inminente llegada. A los pocos segundos, el precioso frontal en fibra de vidrio hacía acto de presencia al girar la esquina. Se acercó hasta mi posición, y se detuvo justo a mi lado.

    Tiré lo que quedaba de cigarro al suelo, abrí la puerta del acompañante y me acomodé en su interior.

    —Buenas noches, Séb —le saludé al sentarme.

    —¿Que tal, Michel? —me respondió algo apagado.

    —¿Ha pasado algo?

    —No, ¿por qué? —Emprendió la marcha de nuevo.

    —Te noto bastante serio, y es algo inusual en ti.

    —No, simplemente cansado. Uno ya se hace mayor para estos juegos.

    Sébastien guió el Alpine hacia un desierto aparcamiento de varias plantes situado a las afueras de Saint-Laurent-du-Var, y se detuvo debajo de un lúgubre foco que apenas iluminaba una pequeña porción de asfalto. Paró el motor y apagó las luces,

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    —¿No habíamos quedado en Mónaco?

    —Si —Se desabrochó el cinturón de seguridad, el cual empezó a recogerse—. Pero he de darte una cosa antes.

    Un sentimiento nuevo se había apoderado de mí, nacido de una mezcla de curiosidad, nerviosismo, y, por qué no decirlo, miedo. Sébastien dirigió su mano derecha a la guantera, y al abrirla dejó al descubierto una pequeña pistola.

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    —Cógela con mucho cuidado.

    El pulso se me aceleró y el sudor brotó en mi piel. Extendí mi mano derecha, la agarré por la empuñadura, y liberé el arma de su aposento con el mismo cuidado que un cirujano practicaba una incisión al lado de una arteria.

    —¿Y… y esto? —No podía evitar que se me entrecortara la voz.

    —Esto es una MAB, concretamente un modelo D, realizada en Bayona. Fabricación francesa.

    —¡No me jodas, Séb! .Ya veo que es una MAB. Lo que no entiendo es porque me la das.

    —Esta pistola perteneció a un agente que por desgracia falleció. Para mí ha sido la mejor compañera de viaje que he podido tener. He disfrutado de otras más modernas y caras, pero jamás han sido tan fieles como ella —La voz de Sébastien se entrecortaba, presa de la emoción—. Ahora quiero que sea tu compañera de viaje. Llévala siempre contigo, y siempre te será fiel.

    —No sé qué decir, de verdad, Séb. Me has dejado sin palabras.

    Me miró con los ojos aguados, me dio dos palmadas en mi muslo izquierdo, se abrochó el cinturón de nuevo y arrancó el Alpine. Engranó primera velocidad y nos alejamos de aquel lugar, dirección Mónaco.

    —¿No te importa si pongo música, verdad?

    —¡Para nada! —le repliqué.

    Y empezó a sonar Running with the night de Lionel Richie.



    —Son las once menos cuarto, ¿ya llegaremos a tiempo?

    —Nasser no se va a morir por esperar unos minutos. Aun así, iremos por la autopista, para evitar los semáforos del paseo.

    A los dos minutos llegamos al peaje que permitía el acceso a la A8, situado en la incorporación que había al lado del estadio del OGC Niza, el Allianz Riviera. El fútbol no era un deporte de mi agrado, pero me quedé embobado con la majestuosidad de aquel edifico en la noche. Su fachada transparente le otorgaba ese aspecto liviano y frágil, mientras la iluminación interior le hacía brillar con luz propia entre la oscuridad.

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    Pero mi distracción mental fue abortada por el sonido que emanaba del V6 a nuestras espaldas. Sébastien salió del peaje dispuesto a demostrar que aquel deportivo francés aún se encontraba en plena forma. Las tres primeras marchas cayeron de forma fugaz antes de llegar al corte, cerca de las seis mil revoluciones por minuto, mientras los ciento cincuenta caballos eran transmitidos a las ruedas traseras sin pérdidas de tracción, gracias al peso del motor, que restaba colgado por detrás del eje trasero, a modo de mochila. No era un Ferrari, pero tenía ese algo que los modernos electrodomésticos cargados de electrónica no eran capaces de transmitir.

    Y así, en veinte minutos, cruzamos raudos Niza por la zona de La Trinité, para ingresar en el principado a las once y pocos minutos de la noche.

    Sébastien aminoró la marcha mientras recorríamos los últimos metros por la Avenue de Monte-Carlo, calle previa a nuestro destino final. Y es que Nasser nos había citado en la Place du Casino. El Alpine entró en la plaza a baja velocidad, y consiguió despertar con el suave ronroneo de sus escapes cierta curiosidad entre los transeúntes, los cuales giraban la cabeza a su paso para admirar la belleza de sus líneas, o inmortalizarlas para el recuerdo en una fotografía.

    Daba igual la hora que fuera. En verano, la Place du Casino estaba siempre llena de gente. El noventa por ciento eran turistas de a pie que palidecían con los excesos materiales que se observaban en el lugar. Y es que solo los vehículos aparcados a lo largo de la plaza, denotaban el alto poder adquisitivo allí presente.

    Pero ningún coche podía restarle protagonismo al edificio del Casino de Monte-Carlo, que majestuoso, reclamaba de forma perenne toda la retahíla de flashes.

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    —Vamos a esperar aquí —Aparcó el Alpine al fondo de la plaza, en un lugar algo más apartado—. Voy a salir a fumar un cigarro.

    Pero no le dio tiempo. Apenas abrió la puerta e hizo el ademán de salir del vehículo, dos potentes ráfagas de xenón captaron nuestra atención. El Mercedes Benz Clase S 63 AMG, que la noche anterior nos había llevado a casa, fue el autor de los destellos luminosos que nos avisaron de su presencia justo enfrente nuestro. Víctor, el que fuera nuestro chofer puntual, nos indicó con la mano desde el interior del vehículo, que lo siguiéramos.

    Sébastien se acomodó de nuevo en el asiento del conductor, y reanudamos la marcha, sin perder de vista la zaga de la berlina alemana, que desaparecía a velocidades de vértigo por las estrechas calles del principado, en dirección a Cap-d’Ail.

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    Pocos minutos nos hicieron falta para dejar atrás las calles monegascas y enfilar la Basse Corniche. El V8 rugía entre las escarpadas paredes montañosas, mientras el Alpine entregaba cuerpo y alma, en un desafío a las habilidades de su entregado conductor, el cual domaba la trasera con precisos contra volantes a las salidas de las curvas, y dejaba tras de sí una ligera estela de humo, enrojecida por los pilotos traseros, que creaba por el retrovisor un efecto visual inigualable.

    Poco antes de entrar a Saint-Jean-Cap-Ferrat, el Mercedes viró hacia la derecha, y subió una estrecha carretera que finalizaba en medio de una zona boscosa. Al fin, el parachoques delantero de la berlina alemana se postró a escasos centímetros de una puerta de color gris titanio, la cual empezó a deslizarse en silencio, sin pausa. Ante nosotros se descubrió una enorme casa de nuevo diseño. Con el espacio suficiente, la berlina recorrió los últimos metros y estacionó en el interior de la parcela. Sébastien replicó la maniobra, y aparcó al lado del modelo germano.

    Bajamos del coche y me quedé absorto con la belleza del lugar. La despejada noche hacía posible divisar con total claridad el cabo de Saint-Jean-Cap-Ferrat, escoltado por las bahías de Villefranche-sur-Mer y Beaulieu-sur-Mer. Las luces de las villas dibujaban el contorno tan característico de cola de ballena que poseía.

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    Sébastien sacó el paquete de Marlboro Light de su americana, se llevó un cigarro a la boca y me invitó a otro.

    —En unos momentos subirá el señor Bin Salman —nos comentó Víctor—. Esperad aquí.

    La casa era espectacular. El exterior estaba construido con un gusto exquisito. El suelo de mármol blanco se compenetraba a la perfección con los elementos naturales que lo rodeaban, y la cantidad de espacio al aire libre junto a las maravillosas vistas creaba una atmósfera inigualable. No sabría decir cuántas plantas tenía, pues se mimetizaba casi de manera natural en la pared de la montaña, con diferentes alturas que interactuaban entre ellas. A mano izquierda, una larga rampa moría en una puerta de garaje custodiada por una plataforma giratoria integrada en el suelo. Y encima de esta, descansaba un precioso Porsche 911 Carrera 4S de color negro.

    —Buenas noches, caballeros —Nasser interrumpió mis pensamientos—, llegan tarde.

    —Díselo a Víctor. Mucho v8, pero tenía empujarlo por la Basse Corniche con mi chatarra francesa —Sébastien sacó su chulería a pasear.

    —Muy gracioso, Séb. Acompañadme.

    Seguimos sus pasos por la rampa que llevaba al garaje. Cuando llegamos a la altura del Porsche, se llevó la mano al bolsillo de su pantalón, sacó un mando a distancia y accionó el primero de cuatro botones, para que la puerta se abriera. Y en ese momento mi mente se colapsó.

    Detrás de esa puerta, había otro espacio abierto, que seguía el estilo de la casa. Caminé absorto por el pequeño camino de piedras que salvaba el césped, hasta quedarme entre los dos garajes que ocupaban aquella parte de la parcela. A mano izquierda, uno de construcción común, y a mano derecha, un espacio acristalado a modo de exposición, como si de una vitrina gigante se tratase, con capacidad para cinco coches. En ellos restaban máquinas tales como McLaren-Mercedes SLR Roadster, Mercedes Benz CLK AMG Black Series, Ferrari F430 Spider, Ferrari 599 GTB Fiorano, Ford GT, Porsche Carrera GT, etc…

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    —¿Te gusta mi modesta colección? —Nasser se percató de mi asombro—. Es una pequeña muestra que me sirve para pasar los meses estivales sin aburrirme.

    —Y bien, Nasser —interrumpió Sébastien—. ¿Solo nos has citado para enseñarnos tus juguetes o deseas algo más?

    —Tranquilo, amigo Séb. Vamos a la terraza a tomar algo y os explico el trabajo que tengo para vosotros.

    Dejamos atrás el garaje y volvimos sobre nuestros pasos. Bajamos una altura para acomodarnos en unas butacas de diseño moderno, realizadas en mimbre negro, que rodeaban una mesa del mismo conjunto. La suave brisa que soplaba rebajaba el bochorno de aquella noche de agosto, y transportaba aromas salinos propios del Mediterráneo.

    —¿Queréis una copa? —Nasser alzó su mano izquierda para indicar a una preciosa joven que se acercara.

    —Un trago de whisky —pidió Sébastien mientras yo indicaba con un movimiento de cabeza que no me apetecía nada.

    —Bien, como te puedes imaginar, Michel, lo que has visto abajo es una pequeña muestra de la colección de coches que poseo. Como bien sabe Séb, me encantan los deportivos, y tengo la suerte de poder comprar la mayoría de los que me gustan —Seguí atento las explicaciones de Nasser—. Pero hay unidades que se me resisten. Algunas tienen precios que encuentro ridículamente altos y otras simplemente no están en venta porque a sus dueños no les interesa deshacerse de ellas.

    —Quizás es que has ofrecido poco —le respondí.

    —Créeme que jamás me quedo corto en mis ofertas. Pero cuando intentas comprar un objeto a alguien que ya tiene un alto poder adquisitivo, y para él que el dinero queda en un segundo plano, como ese objeto le guste demasiado, no lo soltará. De hecho yo no lo haría. Pero claro, yo no acepto un no por respuesta.

    —Muy bien. Dime que coches tengo que conseguir.

    —Shhh… no corras tanto, amigo mío —le hizo un gesto a Víctor para que se acercase—. Que aquí hay mucho en juego, no solo dinero.

    Víctor acudió a la llamada de su amo, y depositó sobre la mesa un maletín. Nasser lo abrió y sacó un iPad Pro de diez pulgadas y media, en acabado oro. Lo encendió y lo deslizó por la mesa hasta mi posición.

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    —Pon la contraseña. Son tus iniciales y tu fecha de nacimiento, sin espacios —me explicó Nasser.

    Una vez desbloqueado, una sola aplicación con el icono de un templo griego se mostraba en la pantalla de inicio. Cliqué dos veces sobre el símbolo, y se desplegó un mapa de la zona que marcaba nuestra posición actual junto a cuatro puntos cercanos que parpadeaban. Al clicar sobre ellos, indicaban la distancia hasta su posición y el nombre de un dios griego, uno diferente para cada punto: Deméter, Hefesto, Afrodita y Ares.

    —¿Qué cojones es esto? —Sébastien se incorporó para ver con detalle la aplicación mientras dejaba en la mesa la copa a medio beber.

    —Muy sencillo, amigo Séb. Son dioses griegos. En total hay doce dioses, doce coches que quiero en mi olimpo. Son unidades concretas que mis hombres se han encargado de dotar con un rastreador conectado directamente a la corriente del vehículo. No ha sido un trabajo fácil, pero como podéis ver no he escatimado en recursos para tenerlos localizados. Y una vez señalados, solo me faltaba un buen conductor. Pero parece que eso también lo he encontrado.

    —Pero aquí solo hay cuatro —le respondí.

    —Correcto. El primer grupo son los cuatro más fáciles, dentro de la dificultad que conlleva robar un vehículo de semejantes características. Pero seguro que a vosotros no os suponen ningún problema. Cuando estos cuatro estén en mi poder, aparecerán cuatro dioses más, y luego un último grupo de tres.

    —Eso suma once —respondió Sébastien.

    —Luego aparecerá Zeus, dios de dioses.

    Y el silencio se apoderó del jardín durante unos largos segundos.

    —Veo que no sabremos de que modelo se trata hasta que lleguemos a ellos —afirmé para romper la tensión del momento.

    —Así es. No hay nombres de coches. Solo dioses. Y si la policía llegara a descubriros, borraría la aplicación del servidor. Y por supuesto me encargaría personalmente de que no hablarais.

    —¿Y por cuanto dinero vamos a jugarnos el pellejo, Nasser? —Sébastien se reconfortó de nuevo en su asiento a la par que recuperaba la copa.

    —Doscientos cincuenta mil euros para cada uno por los cuatro primeros. Quinientos mil por el segundo grupo. Y un millón por el último grupo de tres.

    —¿Y… y Zeus? —le pregunté mareado debido a las cifras que manejábamos.

    —Cuando Zeus descanse en el Olimpo con el resto de dioses, os recompensaré con dos millones de euros a cada uno.

    Creo que jamás en la vida se me habían aflojado las piernas como en ese momento. Notaba como no podía controlar mis extremidades, que temblaban ante tales cantidades, mientras el corazón bombeaba sangre a una velocidad que parecía querer salirse de mi pecho. Entregar todos los coches, significaba embolsarnos cada uno tres millones setecientos cincuenta mil euros. Cuánta razón tenía Sébastien cuando me afirmaba que nos íbamos a hacer de oro. Observé a mi socio de reojo y vi como su mirada se perdía en el fondo de la copa.

    —Por último, informaros que a finales de año volveré a mi país, y espero que conmigo los doce dioses. Así que tenéis poco más de tres meses para realizar el trabajo —nos avisó Su Alteza Real—. Ya podéis iros.

    Cogí el iPad y me incorporé mientras Sébastien se acababa el último trago de su copa. Nos despedimos de Nasser, que se quedó sentado con la mirada perdida en el horizonte, y nos dirigimos hacia el Alpine.

    —¡Ah! ¡Se me olvidaba! —gritó Nasser para detener nuestro paso, a la vez que llamaba a Víctor con un nuevo gesto—. No vais a ir con la chatarra esa a cazar dioses.

    Víctor se acercó hasta mí, metió la mano derecha en el bolsillo de su pantalón, y sacó las llaves del Mercedes que habíamos seguido antes.

    —Quédatelo —me dijo Nasser—. Con quinientos veinticinco caballos tenéis potencia de sobra para salir de cualquier apuro, además de espacio y comodidad para ir como sultanes.

    Le guiñé un ojo como respuesta de agradecimiento, y enfilamos los últimos escalones para salir con los coches de vuelta a casa.
     
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  16. ingouriarba13

    ingouriarba13 Forista

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    Ya me lo he terminado. Me ha gustado mucho, de verdad. El final da pie a secuela, espero. No?
     
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  17. Basse Corniche

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    ¿Te ha durado dos días? Asombroso. Me alegra muchisimo que te haya gustado.

    Sobre la secuela, el foro la tiene en primicia, en construcción:

    RPM2: Pulsaciones por minuto
     
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  18. ingouriarba13

    ingouriarba13 Forista

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    Mucho ha sido que me dure dos días. He tenido poco tiempo.
    Avisa cuando esté esa secuela.
    Mi gracias por el curro.
     
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  19. Basse Corniche

    Basse Corniche En Practicas

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    Gracias a ti, de verdad.




    6- Aperitivo


    —Ciento cinco euros con cincuenta y cuatro céntimos, por favor.

    —Tenga. Gracias.

    Apenas había podido dormir, así que decidí levantarme y aprovechar la ausencia de tráfico de las primeras horas del día para ir a pasear con mi nuevo compañero por las carreteras interiores, y de paso, conocernos un poco mejor. Hasta que se encendió la reserva de combustible y me vi obligado a repostar. Ochenta y cinco litros de gasolina se bebió mi sediento amigo alemán.

    Salí de la tienda de la gasolinera y me acomodé de nuevo en el S63. Di contacto y la aguja del combustible regresó hasta arriba. Después de conocer los encargos que me deparaban, junto a los últimos acontecimientos, prefería ser previsor, y llevar siempre el depósito lleno o lo más próximo a ello. Nuevo giro de llave y el V8 cobró vida en medio de un bronco rugido.

    El sonido, las cuatro salidas de escape y varios detalles estéticos más, eran los que diferenciaban a simple vista la versión AMG al resto de la gama. Para la mayoría de la población era un Mercedes negro más, tan común en la Riviera Francesa. Para los entendidos, una bestia con traje de gala. Un auténtico deportivo con prestaciones de infarto y todo el lujo imaginable.

    [​IMG]

    El equipo multimedia se puso en marcha y empezó a sonar Other People´s Live de Don Johnson. Resultaba cuanto menos curioso que emitieran ese tema en la radio, pues no era muy conocida la faceta de cantante del actor que daba vida a Sonny Crockett en Miami Vice.



    Abandoné la gasolinera y puse rumbo por la autopista a casa de Sébastien. No habíamos hablado desde que nos separamos la noche anterior, al salir de la mansión de Nasser, pero me apetecía verlo y empezar a planificar los encargos, pues, aunque a priori pareciera que casi cien días para mover doce coches de sitio era tiempo de sobra, la realidad es que no sabíamos ni que coches eran, ni bajo qué medidas de seguridad descansaban. De lo que no cabía la menor duda era que nuestras víctimas no iban a ser simples utilitarios al uso aparcados en un callejón oscuro.

    Al cabo de veinte minutos, llegué a su casa. Bajé del coche para pulsar el timbre que había a la izquierda de la puerta, y esperé a que me abriese. Pero no obtuve respuesta. Volví a insistir, hasta que por las escaleras que daban a la piscina, apareció la figura de Mélissa, envuelta en una toalla blanca y empapada de agua.

    —Hola, Michel —Le devolví el saludo con la mano a una sorprendida Mélissa, mientras se secaba el pelo con la toalla—, no te había reconocido con ese coche.

    Abrió la puerta y me permitió el paso al interior de la parcela. Bajé del coche mientras ella empezó a observarlo con detenimiento.

    —¿Es un AMG?

    —Así es.

    —¿63 o 65?

    —63.

    —¿Pero es tuyo?

    —No. Me lo ha dejado un amigo, que se ha ido unos meses con un yate que tiene y me ha pedido que lo cuide. Tengo permiso para usarlo sin límite.

    —Curiosos amigos gastas… —Empezó a acariciar el capó del coche con sus suaves manos—. Un 63 AMG… v8 atmosférico… y con matrícula monegasca… vaya, vaya…

    —¿No está tu padre?

    —No, ha salido a dar una vuelta. Me ha dicho que había quedado en Niza y pensaba que era contigo. Pero ya veo que no —La seguí al interior de la casa—. Sírvete lo que quieras, ya sabes dónde están las cosas. Yo voy a secarme y ahora bajo.

    Abrí la nevera y me serví un té frio. Cogí el vaso, salí a la terraza, saqué un cigarro del paquete de Lucky Strike que tenía en el bolsillo y lo encendí. Me apoyé en la barandilla y observé la bahía de Villefranche-sur-Mer, rebosante de bañistas y yates de lujo. Una parte de mi cabeza me decía que Sébastien no había ido a pasear con ningún amigo. La otra parte me recordaba lo atractiva que me resultaba su hija.

    —¿Me das uno? —Mélissa, que había cambiado la toalla por una vestimenta veraniega, me reclamó un cigarro.

    —No sabía que fumabas —Le acerqué la cajetilla para que se sirviera.

    [​IMG]

    —Sólo cuando me apetece. Te he visto y me ha apetecido —Se llevó el cigarro a la boca, se lo encendió y exhaló una bocanada de humo—. Y bien ¿tienes algo que hacer ahora?

    —No. Como te he dicho, venía a ver a tu padre, pero debido al éxito de mi visita volveré al apartamento.

    —¿Te apetece que vayamos a tomar un vermú?

    —Ya que estoy aquí, no te voy a decir que no.

    —Perfecto. Voy a por el bolso y las llaves del Porsche.

    —Si lo prefieres vamos con el Mercedes. Y el bolso no te hace falta; hoy invito yo.

    —Está bien... —y me sonrió.

    Subimos los dos al Clase S y pusimos rumbo a la bella Niza. Hicimos la mayor parte del recorrido con las ventanas delanteras bajadas, mientras disfrutábamos de la irrepetible voz de Donna Summer y su On the radio.



    —¡Tendríamos que haber vivido los ochenta, Michel! —Animada, movía sus manos al ritmo de la música—. ¡Menuda década de buenas canciones y buenos coches!

    —¡Y no te olvides de la ropa! —Y los dos nos reímos a carcajadas.

    Al poco rato, llegamos a la zona del puerto. Aparqué el Mercedes en el estacionamiento descubierto, y nos dirigimos a tomar algo en una de las muchas terrazas que había orientadas al mar, para deleite de la clientela.

    —Parece que hay un par de mesas libres en La Shounga —Me señaló Mélissa.

    —Me gusta el sitio, hacen buenas copas.

    [​IMG]

    Tomamos asiento y, pasados unos pocos minutos, Mélissa ya degustaba un Aperol Spritz, mientras yo hacía lo mismo con un Martini Bianco, acompañado todo de unas deliciosas aceitunas aliñadas, cortesía de la casa.

    —Mi padre me tiene preocupado —Me robó otro cigarro.

    —¿Y eso porque, Mélissa? —Le acerqué el mechero.

    —No lo sé. Papá ha cambiado mucho en estos años. Supongo que el hecho de tener que criarme él solo, y sin mamá a su lado, le marcó.

    —Desde luego no debe haber sido fácil para ambos.

    —Ni lo dudes. Yo era muy pequeña, apenas tenía siete años, pero me acuerdo muy bien de mamá. Y del accidente —Sus ojos empezaron a humedecerse—. La quería tanto... y el destino me la arrebató.

    —Debió ser muy duro.

    —Para mí lo fue mucho, y eso que aún no tenía consciencia plena debido a mi corta edad. Solo me quedan recuerdos borrosos. Pero para papá lo fue bastante más. Aunque jamás lo vi llorar delante de mí —sentenció el cigarro con una última calada—. Suerte que, dentro de la desgracia, al poco tiempo le tocó aquella lotería tan suculenta, que le permitió dejar su trabajo de funcionario, con lo que pudo dedicarse de lleno a mi educación y a vivir algo más tranquilo. Jamás me faltó nada en mi infancia.

    —¿Funcionario?

    —Si. Era de esos capullos que te multan cuando aparcas en doble fila —Empezó a reírse, para ocultar sentimientos olvidados a base de carcajadas—. Era policía municipal, aquí en Niza.

    —Ah… no lo sabía —Y bebí el último trago de Martini a la vez que perdía mi mirada en el fondo del vaso, mientras mi cabeza explosionaba.

    ¿Policía municipal? Estaba claro que Mélissa no sabía del verdadero pasado de su padre. Y desde luego yo no iba a contárselo. Por otra parte, era la primera noticia que escuchaba acerca de la lotería con la que había sido agraciado mi amigo. Quizá eso explicaría la bonita casa en la que residía.

    Acabamos nuestro aperitivo matinal y paseamos por la zona del puerto, mientras hablábamos de temas poco importantes y recuerdos de niñez. Pasado un rato, decidimos regresar al coche para volver a Villefranche-sur-Mer.

    Cuando llegamos de nuevo a casa de Sébastien, nos recibió la silueta del Renault 25, que descansaba en la entrada de la casa, lo que significaba que el padre de mi acompañante ya había llegado de su cita matinal.

    —Gracias por el vermut, Michel. Tenemos que repetirlo con más frecuencia —Mélissa abrió la puerta del coche para bajar.

    —Las veces que te apetezca.

    —¡Hombre, Michel! ¡No te había reconocido con ese cochazo! —Sébastien salió para demostrar que, cuando se lo proponía, podía llegar a ser un auténtico capullo —. ¿A quién se lo has robado?

    —Es de un amigo suyo —interrumpió Mélissa—. Lo dicho, Michel. ¡Hablamos!

    Y Mélissa entró de nuevo en la casa, mientras Sébastien se apoyaba en el marco de la puerta del pasajero.

    —¿Estás loco?

    —Tenía que salir y hacerme el sorprendido. No hay que levantar sospechas. Y no quiero que mi hija sepa nada.

    —Pues ya se ha quedado extrañada cuando me ha visto aquí, porque pensaba que estabas conmigo.

    —He hecho cuatro compras —me contestó un risueño Sébastien.

    —Miedo me dan tus compras.

    —Luego las verás. Vete a casa y espérame allí. ¿Tienes el iPad? —Asentí con la cabeza a la vez que le señalaba la guantera del coche—. Genial.

    Me despedí de Sébastien, y puse rumbo al apartamento. Seleccioné un nuevo álbum en el equipo multimedia y subí el volumen para deleitarme con los sensuales acordes de Sunrise de Simply Red.



    A los veinte minutos entraba con el Mercedes al estacionamiento comunitario. Lo aparqué en mi plaza, cogí el iPad y subí para darme una ducha antes de que llegara Sébastien.

    Extendí los brazos, abrí las manos y dejé que el agua fría cayera sobre mi cabeza y recorriera todo mi cuerpo. Me gustaba esa sensación que otorgaba la gélida temperatura del líquido elemento, ya que conseguía despejar mi mente y ordenar todas las preguntas que poblaban mi cabeza. Y no eran pocas. ¿Qué coches encontraríamos en el camino? ¿Quién era Nasser? ¿Y qué relación tenía con Sébastien? Y Sébastien… ¿por qué le había ocultado su pasado a Mélissa? ¿Y por qué jamás me mencionó nada de esa lotería? Ni tan siquiera un comentario… Resultaban demasiados interrogantes por resolver.

    [​IMG]

    Cerré el grifo, extendí el brazo para alcanzar la toalla sin salir de la ducha y me sequé. Me mudé con ropa más cómoda, me serví una cerveza, la rebajé con refresco de limón, me encendí un cigarro mientras se ponía en marcha el iPad y salí al balcón.

    Cliqué al símbolo del templo y en cuestión de segundos se desplegó el mapa con mi posición actual. Junto a la de los cuatro primeros dioses. Deslicé los dedos por la pantalla para ampliar el mapa y así ver con detalle la posición en la que se encontraban. Y resultaba curioso, porque los cuatro descansaban en Mónaco. Ojala tuvieran la facilidad que vaticinó Nasser.

    En ese momento, el coqueteo de unas llaves en la cerradura me alertó. Entré de un salto al salón, metí la mano debajo del cojín del sofá y saqué la MAB que el día de antes me había regalado Sébastien. La agarré con mis temblorosas manos y apunté hacia la puerta, que en ese momento se abría.

    —¡Quieto, que soy yo! —Sébastien se tiró al suelo en el acto.

    —¡Joder, Séb! ¿A qué cojones estás jugando?

    —¡Lo siento, lo siento! Venía con tanta prisa que he entrado en mi apartamento como si estuviera vacío.

    —¡Pues no pienso pagarte el alquiler de este mes! –le contesté en tono sarcástico para rebajar la tensión del momento, pues Sébastien jamás me dejó que le diera nada por usar su vivienda.

    —Entonces me veré obligado a rescindirte el contrato —Y se sentó en el sofá, resoplando, mientras dejaba un maletín negro en el suelo—. Joder, Michel… que susto me has dado con la pistola.

    —¿Y ese maletín? —Dejé la MAB en la mesa.

    —Las compras de esta mañana.

    Sébastien se levantó y lo cogió de nuevo para aposentarlo esta vez en la mesa, al lado del arma. Se trataba de un desgastado Samsonite negro, rígido y de una anchura considerable, que se cerraba mediante un código de seguridad de cuatro dígitos. Puso su mano derecha en los números y los hizo correr sin mirar, para demostrarme que no era la primera vez que introducía la combinación. Abrió la tapa y mi cara se tornó en el asombro más absoluto.

    [​IMG]

    —¿Y… y todo esto?

    —No querrás ir a robar coches así sin más.

    —Pues como siempre lo he hecho, con mis habilidades.

    —Tus habilidades estarán muy agradecidas de estos complementos. Toma, coge esto —Me acercó unos walkie-talkie con pinganillo incluido para la oreja—. Dos aparatos, un canal. No hay nada más seguro para comunicarnos.

    —Desde luego que no.

    —Toma, ves apilándolas —Y empezó a sacar una decena de matrículas falsas, de diferentes países europeos.

    —¿Y esto de dónde lo has sacado?

    —Ya te he dicho, he estado de compras —las matrículas parecían no tener fin—. Ahora las guardaremos en la caja fuerte del apartamento.

    —¿Hay una caja fuerte en el apartamento?

    —¿Pero tú que te piensas, jovencito? Anda, coge esto —Sacó dos pasamontañas negros—. Tendremos que taparnos las caras, o protagonizaremos el próximo Gran Hermano de lo famosos que seremos.

    —Son bastante gruesos. ¿No había versión de verano?

    —A partir de octubre agradecerás cualquier prenda de abrigo en esta zona, te lo garantizo —Sacó, por último lugar, un sobre—. Toma, esto es para ti.

    Lo cogí con cierta desconfianza, y lo abrí ante la atenta mirada de Sébastien, que se empezó a reír de mi cara de asombro cuando dejé diez mil euros al descubierto, repartidos en billetes de diferentes cantidades.

    [​IMG]

    —¿Y… y este dinero?

    —Es mi agradecimiento por haber aceptado el trabajo. No sé cómo acabará todo esto. Pero de lo que estoy seguro es que no podría tener otro compañero mejor para esta misión.

    —Gracias, Séb. Pero no puedo aceptar tanto dinero.

    —Cógelo, y así puedes cubrir gastos hasta que cobremos el primer sueldo —Cerró el maletín, ya vacío—. ¿Has abierto la aplicación?

    —Sí. Y he visto que los cuatro coches están en Mónaco —Le acerqué el iPad.

    —Y por lo que veo hay uno en movimiento.

    Y así era. Un punto parpadeante que se movía en el mapa, indicaba que Afrodita había sacado su erotismo a pasear por la zona del casino.

    —Coge la pistola y pongámonos en marcha. Vamos a descubrir el rostro de los primeros dioses.
     
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  20. F30LM

    F30LM En Practicas

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    el otro dia la compré...

    me has hecho pararme por donde iba y volver a releer aquí viendo las fotos y música..
     
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  21. gerbaro

    gerbaro Forista

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    Interesante relato, muy bien documentado.....salvo en el detalle de la semiautomática de la guantera. Que no es la escuálida MAB-D del 7.65 Bowning ( .32 "corto") que comenta Sèb, sin ni siquiera martillo; sino una poderosa y contundente Ruger-94, del calibre 9mm Parabellum ( .35 "largo"), como ésta que ves aquí:
    .......................[​IMG]

    ¡¡ Flaco favor le has hecho a tu protagonista Michel con ese cambio en la artillería, jejeje....!!


    Sl2.
     
    Última edición: 21 Nov 2018
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  22. Basse Corniche

    Basse Corniche En Practicas

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    Entiendo que te refieres a que la pistola de la imagen no conincide con la del relato. Puede ser perfectamente, pero no imaginas lo que me costó encontrar una fotografía con una pistola en una guantera. De hecho la guantera tampoco es de Alpine. Aun así, se agradece la aclaración, y me encanta que os fijéis en eso.
     
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  23. gerbaro

    gerbaro Forista

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    Bueno......, siempre puedes cambiar el nombre de esa pistola en futuras reediciones, y hacerlo coincidir con la de la foto, que ya sabes cuál es.

    ¡¡ Que la raquítica MAB modèle D ya era la que usaban el sargento-jefe Cruchot y sus disparatados gendarmes de Saint-Tropez, hombre....!!.
    ........................................[​IMG]

    Sl2.
     
    Última edición: 20 Nov 2018
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  24. gerbaro

    gerbaro Forista

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    ¿ Va a haber más "primera parte".....:popcorn:.....o c'est fini ?.


    Sl2......y enhorabuena.
     
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  25. Basse Corniche

    Basse Corniche En Practicas

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    Muchas gracias!

    Desconocía esa serie y ayer estuve leyendo un poco sobre ella. Me ha gustado saber que ya usaban la MAB, tiene más sentido para cuando la historia avance.

    Por supuesto, pero no voy a ponerlos todos de golpe, se perdería la emoción...
     
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  26. Basse Corniche

    Basse Corniche En Practicas

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    7- A trabajar



    Cogí el iPad, la pistola, la cartera y las llaves del coche. Salimos del apartamento y nos dirigimos al Mercedes. Lo abrí con el mando a distancia, montamos en el lujoso interior, y nos pusimos en marcha dirección a la A8, para llegar lo más rápido posible a Mónaco. Seleccioné Can’t stand losing you de The Police, ya que sabía que era un grupo del agrado de Sébastien.



    A las seis y media de la tarde abandonamos la autopista y seguimos por la Moyenne Corniche, que nos llevaba hasta la entrada de Cap-d’Ail. Atravesamos una pequeña rotonda y al fin nos adentramos en el pequeño país monegasco.

    Sébastien, que no había soltado el iPad en ningún momento, amplió el mapa para ver donde se encontraban nuestras víctimas.

    —El más cercano es Ares —Dirigió su vista a la pantalla—. Según el mapa se encuentra en Rue Suffren Reymond.

    —¿Esa no es la calle donde está ubicado Mónaco Motors, el concesionario de Ferrari?

    —Eso parece.

    Giré dos avenidas más a reducida velocidad, las cuales me condujeron a la calle que indicaba el mapa. Aparqué el coche al principio de la misma, y decidimos recorrer a pie los metros finales que nos separaban de nuestro primer destino. Al llegar a la puerta del taller, una cadena prohibía el acceso al interior a la docena de turistas que inmortalizaban la cantidad de exóticos deportivos que allí dentro había. Sébastien comprobó por enésima vez en la aplicación la posición del primer dios.

    —Está dentro del taller.

    —¡No me jodas! —contesté enfadado—. ¿El primero y ya está averiado? ¿Y cuál es de todos los que se ven?

    —Pues no sabría decirte, porque la aplicación no puede marcarlo con tanta exactitud en el mapa. Pero parece que está estacionado cerca de la puerta.

    El taller se encontraba lleno por completo. A diferencia del resto de talleres, que disminuían su actividad laboral en agosto, este la multiplicaba de forma exponencial, debido a la cantidad de afortunados propietarios que sacaban sus delicadas máquinas italianas, las cuales requerían de intensivos cuidados para seguir pavoneándose por las calles del principado en los meses estivales. En la entrada, un espectacular Lamborghini Diablo VT Roadster en un exclusivo color morado, con sus puertas elevadas, captaba todas las exclamaciones de admiración que, sobre todo los más pequeños, le dedicaban. Al lado de este, asomaba tímido el morro de un Ferrari F50 que descansaba pegado a la pared, casi escondido. La duda estaba entre esos dos coches.

    [​IMG]

    —Algo me dice que Ares va a ser el F50. Mira la capa de polvo que tiene en el morro.

    —No sabría decirte, Michel. Me gustaría pensar que tienes razón, pero hasta que no estemos dentro no lo podremos saber —Observó con atención la fachada del edifico—. La ventaja es que este taller no tiene cámaras.

    —Tienes razón. Sigamos para descubrir los tres restantes.

    Subimos al Mercedes de nuevo y recorrimos lo que nos quedaba de calle, que moría en el Boulevard Albert 1er, justo a la altura de la parrilla de salida del Gran Premio de Mónaco de Fórmula Uno. Avancé por la mítica avenida a la vez que prestaba atención a las indicaciones que Sébastien me dictaba según mostraba el mapa de la aplicación.

    —¿Sigue Afrodita en movimiento?

    —Eso parece, Michel. Ahora se ha alejado de la zona del casino.

    —¿Y Deméter y Hefesto?

    —Siguen inmóviles, uno muy cerca del otro —No apartaba la mirada de la pantalla—. Creo que lo mejor será aparcar en el parquin subterráneo que hay enfrente del Casino, y salir a andar por la zona a esperar que pase, para luego ir a por los otros dos.

    Seguí el sabio consejo proporcionado por Sébastien y subimos por la Avenue d’ Ostende, para mediante esta, continuar por la Avenue Monte-Carlo, que moría en la Place du Casino. Entramos al citado estacionamiento, y debido a que las cinco primeras plantas estaban completas, descendimos hasta la sexta, donde aparcamos el Mercedes.

    Salimos del coche para dirigirnos a uno de los dos ascensores que daban a unas escaleras mecánicas y que a su vez finalizaban en la calle, a pocos pasos de la plaza, que, como siempre, estaba atisbada de gente que observaba a los afortunados magnates llegar en sus increíbles deportivos. La atravesamos a paso lento, mientras degustábamos sendos cigarros, cortesía de Sébastien.

    —¿Te apetece un café? —me preguntó—. Hay un Starbucks ahí enfrente.

    Nos dirigimos hacia la famosa cafetería, y después de una ligera espera debido a la longitud de la fila formada por la cantidad de personas que esperaban su turno, nos sirvieron. Té de menta y limón para Sébastien y una especie de batido de vainilla para mí. Nos sentamos en una mesa situada en la terraza que disponía de unas magníficas vistas al Boulevard Louis II, y que nos permitía observar los coches a la vez que degustábamos nuestras bebidas. Hasta que Sébastien reclamó mi atención.

    —Michel, mira el mapa. Afrodita va a salir por el Tunnel Larvotto.

    Nos pusimos en pie alertados por un ruido de motor diferente a los que se escuchaban resonar por el principado. Era tan ensordecedor, que daba la impresión que del túnel aparecería en cualquier momento un avión a reacción. Y por poco no lo era. La silueta de un Koenigsegg One:1 emergió de la oscuridad y atrajo al momento la atención de las cámaras de los aficionados, que centraron sus disparos en aquella bestia rodante que se deslizaba por el asfalto para deleite de los allí presentes.

    [​IMG]

    —¿Qué cojones es eso, Michel?

    —Es un Koenigsegg One:1 —le respondí sin apartar la vista de semejante artefacto—. No tiene mal gusto Nasser. Uno de seis fabricados, todos vendidos antes de salir a la luz. Una pieza magnífica.

    El One:1 se perdió por la avenida mientras nosotros dejamos nuestra mesa libre de nuevo, dispuestos a seguir para conocer a la otra mitad del primer grupo de dioses.

    —Séb, ¿siguen Deméter y Hefesto inmóviles?

    —Exacto. Estáticos en la Avenue Princesse Grace.

    —Seguro que están aparcados.

    —Vamos a comprobarlo.

    Caminamos hasta la citada avenida, y una vez en ella seguimos hasta la posición de los vehículos, que, como la aplicación indicaba, se encontraban justo enfrente el uno del otro, a unos veinte metros de distancia. El silencio que acompañaba nuestros pasos dio pie a ofrecerle un nuevo cigarro a Sébastien, que pensativo, caminaba de forma automática hacia nuestro destino, ajeno a lo que sucedía a su alrededor. No quise indagar en sus preocupaciones a base de preguntas incómodas que resultaran en algún tipo de respuesta desagradable, pero suponía que robar sería el extremo opuesto a los principios leales para los que fue entrenado.

    —Creo que Hefesto está dentro de ese concesionario —Se detuvo para fijar la mirada en el edifico que había en la acera de enfrente.

    —¿Scuderia Motors? ¿Va a ser otro cavallino?

    —No lo sé.

    Cruzamos la calle a paso rápido hasta situarnos delante del señalado escaparate, en el cual a duras penas cabían un par de vehículos. Pero estaba claro cuál era el dios del fuego.

    —Pfff… —resopló—. Menudo ejemplar.

    —No es un ejemplar cualquiera. Este tiene pedigrí. Su dueño fue un campeón de Fórmula Uno.

    Hefesto era un precioso Bugatti EB110 SS, en un llamativo color amarillo que, combinado con un curioso interior en un oscuro tono azulado, indicaba que su antiguo dueño había sido el malogrado piloto alemán de la categoría reina del automovilismo. Si un EB110 normal ya era caro, esa unidad debía tener un precio estratosférico.

    [​IMG]

    —Este es muy preocupante, Séb.

    —¿Por?

    —Es bastante llamativo. Y en el concesionario va a ser difícil de coger prestado.

    —Nuestra baza, Michel, es que debido al reducido espacio de la exposición, renueven el stock de forma asidua, y guarden en el garaje de la calle de atrás los que sacan de aquí. Si así fuera, algo más fácil lo tendríamos.

    —Espero que tengas razón. Y bien, ¿dónde está Deméter?

    —Pues según el mapa estamos enfrente de él.

    Pero enfrente solo se encontraba el espectacular edificio del Grimaldi Forum. Cruzamos la calle y nos situamos justo en el punto exacto que el mapa de la aplicación indicaba, pero allí no había ni rastro de la diosa.

    —Deméter está en el garaje que hay debajo de nuestros pies —Sébastien señaló a la acera—. Es un parquin público, pero tiene buena vigilancia y amplias plazas. Y los propietarios de los coches de lujo lo saben.

    —Entremos por las escaleras a ver que nos depara el destino.

    —De acuerdo. Pero aquí procura dirigir la mirada al suelo. Y cuando lleguemos al coche, continua sin detenerte a mirarlo.

    —Así haré.

    Bajamos por las estrechas escaleras que daban acceso al garaje, al que accedimos por una puerta situada en mitad del pasillo. Apenas había una veintena de vehículos aparcados, pero la calidad de sus marcas confirmaba las palabras de Sébastien.

    Deméter dormía al final del pasillo, en el lado izquierdo. Seguí las indicaciones de mi amigo y caminé a su lado, a paso ligero y con la mirada baja. Nos acercamos a nuestro último objetivo, y, cuando apenas restaban una veintena de metros para llegar, reconocí el alerón que sobresalía de la pared que limitaba el espacio de su plaza. Nada más verlo, unos sudores fríos empezaron a recorrer mi espalda, causados por la emoción que me produjo visualizar semejante maravilla.

    [​IMG]

    —Maserati MC12, ¿verdad Michel? —me preguntó en voz baja Sébastien sin detener su paso.

    —Así es, Séb. Cincuenta unidades fabricadas. Acojonante.

    —Salgamos fuera. No me gusta tanta calma en este sitio.

    Avanzamos hasta completar el pasillo, y regresamos a la calle por las escaleras que había al final del mismo. El atardecer, que se desvanecía en el horizonte, nos acompañó en nuestro regreso al estacionamiento donde descansaba el Mercedes. Una vez ingresamos en el parquin, subimos de nuevo a él para emprender el camino de regreso a Villefranche-sur-Mer.

    No pronunciamos ni una palabra en la duración del trayecto de vuelta. Ni tan siquiera encendí la radio. Y es que los dos sabíamos que teníamos mucho trabajo por delante. Estaba claro que el primer sueldo íbamos a sudarlo.
     
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  27. ingouriarba13

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  28. Basse Corniche

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    Cuando lo acabe. Lo que veis en el foro es lo que llevo escrito, por eso comenté el otro día que teníais la primicia.
     
    Última edición: 21 Nov 2018
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  29. gerbaro

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  30. Basse Corniche

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    8- El Tío Phil…



    «Te espero en la puerta en veinte minutos.»

    Así rezaba el mensaje que había recibido de Sébastien al teléfono móvil, hacía quince minutos. Ante la inminente llegada de mi amigo, me calcé mis deportivas, cogí mis cosas y salí del apartamento. Caminé hasta el portal donde al final de este, vislumbré la silueta de mi socio, que esperaba de pie mientras fumaba un cigarro.

    —Buenos días, Séb.

    —Buenos días, Michel.

    —Sí que has llegado pronto. ¿Llevas mucho esperando?

    —Que va, acabo de llegar.

    —Y bien, tú dirás ¿Qué vamos a hacer?

    —Vamos a ver a un amigo —Tiró la colilla al suelo y la aplastó con la punta de su zapato—. ¿Te apetece?

    —Me apetecería más ir a bañarme a la playa, pero si no queda más remedio…

    —Que graciosillo estás últimamente. Anda, vamos.

    —¿Y con que vamos? —No veía ni el R-25 ni el Alpine—. Es más, ¿con que has venido?

    —¿Acaso estas ciego? —Sébastien me señalizó el otro lado de la calle.

    [​IMG]

    —¡No me jodas! ¡Has sacado la Renault Master! ¡Ahora sí que me voy a la playa!

    —¡Cállate y sube!

    Hice caso a Sébastien y me acomodé en el desgastado asiento de la furgoneta. La espuma que sobresalía del descosido tejido, me recordaba que en un pasado bastante lejano fue un vehículo nuevo con algo más de comodidad. Me abroché el cinturón de seguridad, acción que me sirvió para obtener una mirada de desaprobación de mi compañero, que insistía con la llave en el encendido para así poner en marcha a la vetusta furgoneta, la cual se negaba a arrancar, mientras yo giraba la manivela de la ventana con la máxima celeridad que mi muñeca me permitía, para bajarla y así poder evacuar el tremendo calor que había dentro del habitáculo. La vieja Renault arrancó al fin, en medio de una enorme humareda negra nacida de su mecánica diésel.

    —¿Y esto tiene radio? —le pregunté al ver el maltrecho aparato en mitad del salpicadero.

    —¿Lo dudas? ¡Tiene un estupendo y funcional reproductor de casete! —Subió el volumen y empezó a sonar una cinta de grandes éxitos de KC & The sunshine Band.



    —Madre mía… Shake, shake, shake… Espero que no me lleves muy lejos, o no llegaré, porque voy a tener que subir la ventanilla de la vergüenza y moriré asfixiado.

    Y la respuesta de Sébastien fue agitar el cuerpo mientras cantaba el pegadizo estribillo de la canción a la máxima intensidad que su garganta podía producir, para mofa de los viandantes, que no podían evitar reírse a su paso. Qué imagen.

    Salimos de Saint-Laurent-du-Var dirección al interior, y avanzamos por la D2085, rumbo a Grasse.

    —Y este amigo tuyo al que vamos a visitar, ¿quién es?

    —¿Te acuerdas que ayer, mientras tu cortejabas a mi hija, yo me fui de compras?

    —¡Eh! Que yo fui a verte a ti… Yo no tengo la culpa de que te fueras a probar modelitos…

    —A lo que iba. Ayer por la mañana vine a ver a mi amigo Philippe. No sé si alguna vez te he hablado de él.

    —Pues no lo recuerdo la verdad, Séb.

    —Philippe fue mi mejor compañero en el DGSE. Su especialidad era el campo informático. Y a día de hoy todavía es un auténtico experto con un ordenador en las manos. Además, tenía la capacidad de realizar cualquier tipo de cachivache que precisáramos para nuestras misiones. Una vez, instaló en un coche teledirigido un sistema de cuchillas tan afiladas, que eran capaces de reventar neumáticos por el flanco. ¡Menuda p*ta pasada era aquello! —me explicaba un eufórico Sébastien.

    —¿Y qué vamos a buscar hoy? Tiene que ser grande para venir con la furgoneta.

    —Hoy vamos a buscarlo a él. Ayer, cuando me dejaste en casa, pensé durante un buen rato en la dificultad de los cuatro coches, y creo que no estará de más que tengamos un apoyo extra en el campo informático. Dudo que al avión le puedas hacer un simple puente.

    A la media hora de trayecto llegamos a la zona de Grasse. Sébastien aminoró la marcha y se detuvo en la puerta de una pequeña parcela que descansaba a los pies de la carretera, de la que calculé una extensión cercana a los cuatrocientos metros cuadrados. En su interior descansaba una pequeña casa de una sola planta, en un destacable estado de dejadez, como el resto del terreno. No había ninguna construcción más en una distancia cercana, hecho que proporcionaba una calma total.

    Bajamos de la furgoneta y Sébastien se acercó a la verja para pulsar el timbre situado en un extremo de la pared. Transcurridos unos segundos de la llamada, la puerta de la casa se abrió, y del interior salió un hombre cercano a los sesenta años de edad, de complexión robusta y aspecto algo desaliñado, que se acercó hacia nuestra posición.

    —¡Ei, Séb! —Le saludó el susodicho mientras abría la verja—¡Dos visitas consecutivas! ¡Empezaré a pensar que de verdad me amas!

    —Pero no te acostumbres Phil, que no quiero romperte el corazón —Se fundieron en un abrazo acompañado de fuertes palmadas en la espalda.

    —Michel, te presento a Philippe.

    —Buenos días, señor Philippe. Un placer conocerle.

    —¡Llámame Tío Phil! ¡Venga un abrazo! —Y me aplastó contra su pronunciada barriga.

    —Déjalo ya, Phil, que le vas a hacer daño. ¿No ves que los chavales de hoy día están hechos de mantequilla?

    —¡Vaya! ¡Veo que has traído a Jacqueline!

    —Sí, he pensado que podíamos actualizarla un poco, para afrontar los trabajos que te comenté ayer.

    —¿Jacqueline? —pregunté extrañado—. Un momento, Séb. ¿Se refiere a la furgoneta?

    —¡Por supuesto! ¿No te ha explicado nada Séb?

    —No pensaba enseñarle nada, porque estos jóvenes no saben apreciar la calidad ochentera —Sébastien abrió las puertas traseras, y dejó al descubierto la inusual zona de carga.

    La vieja Renault escondía en su interior un centro de espionaje, algo anticuado, pero aún asombroso: monitores, videos, sensores, teléfonos y un sinfín de aparatos más de los cuales desconocía su uso.

    [​IMG]

    —¡La ostia, Séb! ¿¡Pero qué es esto!?

    —Esto es una antigua furgoneta de vigilancia del DGSE. La montamos entre Phil y yo en dos fines de semana —me explicaba orgulloso—. Funciona a la perfección, pero no le hará daño una pequeña actualización.

    —Ah, Jacqueline… sigues tan bella como siempre —piropeaba Philippe a la furgoneta a la vez que acariciaba el lateral de la misma—. Séb, ¿te acuerdas cuando vigilábamos a Jacques Chirac cuando era primer ministro?

    —Si. Fueron buenos años, desde luego.

    —Abuelos —interrumpí—, cerrad el baúl de los recuerdos y vayamos a organizar los secuestros de los dioses.

    Avanzamos por el pequeño jardín, dirección al interior de la casa, cuando un vehículo verde llamó mi atención. Me acerqué para observar con más detenimiento la maltrecha unidad de Matra-Simca Bagheera que descansaba al lado de unos arbustos, que empezaban a apoderarse de su carrocería, mientras esperaba tiempos mejores.

    [​IMG]

    —¡Vaya! ¿Es normal que a vuestra edad os gusten los coches de plástico?

    —Lleva años ahí, esperando a que le meta mano —me respondió Philippe—, pero nunca encuentro el momento, ni las ganas de gastar dinero en él.

    —No te preocupes, Phil —le reconfortó Sébastien—, que cuando esto haya acabado, tendrás dinero y tiempo de sobras para dejarlo como se merece.

    Entramos en la casa, que seguía la tónica general de dejadez, y nos sentamos en la mesa de la cocina. Philippe se perdió en el interior de una oscura habitación situada al final del corto pasillo y empezó a rebuscar, hasta que salió con un antiguo ordenador portátil bajo el brazo. Lo enchufó a la corriente, debido a la escasez de batería tras un largo periodo de inactividad, y regresó a la cocina para servir tres cervezas bien frías y unos cuantos aperitivos.

    —¿Y bien? ¿Qué pudisteis ver ayer por la tarde?

    —Pues verás Philippe…

    —Llámame Tío Phil, Michel.

    —Prefiero Phil a secas —le contesté algo serio—. Como te decía, tenemos a Ares dentro de Mónaco Motors. No pudimos asegurar si se trataba de un Lamborghini Diablo o de un Ferrari F50. Luego vimos a Afrodita, un Koenigsegg One: 1 que paseaba por la zona. Y por último descubrimos a Hefesto y Deméter. El primero se encuentra en el concesionario Scuderia Motors, y no es otro que un Bugatti EB110. La segunda resultó ser un Maserati MC12, que descansaba en una plaza de garaje del Grimaldi Forum.

    —¿Un koenig… que?

    —Yo también le pregunté ayer a Michel que cojones era… Lo único que sé es que parecía que iba a salir un Dassault Rafale del túnel.

    [​IMG]

    —¡Oh! ¡Que sublime deportivo tiene que ser si lo comparas con semejante obra de aeronáutica francesa! —Philippe dió un trago a su cerveza—. Entonces, ¿qué quieres hacer, Séb?

    —De entrada, creo que sería bueno dar los golpes con dos o tres días de diferencia entre cada uno. Y yo empezaría por Ares, ya que pienso que será el más asequible. Mónaco Motors, que yo recuerde, no tiene cámaras, y la alarma no creo que sea inconveniente para ti, Phil.

    —Un pasatiempo, ya verás.

    —Por eso —prosiguió Sébastien—. Y con toda seguridad podremos acceder por el tejado.

    —¿Crees que te dará mucha complicación el F50, Michel?

    —Hombre, si de verdad es ese, no debería propiciarme ninguna, siempre y cuando estén listos para circular, y no estén ahí por avería.

    —No lo creo. Se encuentra casi en la entrada. Seguro que está ahí para una revisión normal —replicó Sébastien.

    —¿Y después, Séb?

    —Después, Phil, atacaría a Hefesto. Pero ya tendríamos que pensar como lo hacemos.

    —Ya lo estudiaremos. Así también tengo margen para preparar algo para el Maserati y el Koenigloquesea.

    —Koenigsegg, Tío Phil.

    —¡Ja, ja, ja! ¡Así me gusta Michel, que me consideres de la familia! —Me palmeó la espalda con euforia—. ¿Os apetece un arroz para comer? Con el estómago lleno intimaremos mejor con Jacqueline. ¿Qué me dices, Séb?

    —¡Manos a la paella!
     
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