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Off Topic RPM: Revoluciones por minuto

Tema en 'Foro General BMW' iniciado por Basse Corniche, 13 Nov 2018.

  1. Basse Corniche

    Basse Corniche En Practicas

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    9-Ares


    Me encontraba estacionado en la esquina opuesta de la exposición de Mónaco Motors, sentado en el Mercedes, mientras esperaba la inminente aparición de Sébastien y Philippe a las inmediaciones del concesionario, tal y como habíamos acordado horas antes.

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    Escuchaba Go your own way de Fleetwood Mac, cuando, a diez minutos para la medianoche, aparecieron en la lejanía los focos amarillos de la Renault Master, con Sébastien a los mandos y Philippe de copiloto. Saqué la llave del contacto, lo que produjo el apagado automático del equipo multimedia, y bajé del coche para dirigirme a la puerta izquierda de la furgoneta, que aparcó a dos plazas de distancia. Me apoyé en el marco de la ventana, saqué un cigarro para mí y les ofrecí otro a mis camaradas.



    —No fumo, Michel, gracias.

    —¿No fumas, Phil?

    —No fumo tabaco, quería decir —A lo que Sébastien empezó a reírse.

    —Joder. A este ritmo no llegáis a la jubilación.

    —¡Eh! ¡Un respeto chaval! —Sébastien me propinó una ligera colleja.

    —Tranquilo abuelo, que te va a dar un infarto —le repliqué—. Y bien, ¿cuál es el plan?

    —Pues muy sencillo. Hemos visto que el acceso por el tejado es bastante asequible. Mira el mapa, lo verás más claro —Me acercó su teléfono móvil, en el que se mostraba una vista aérea del lugar.

    [​IMG]

    —Entiendo que quieres entrar por un tragaluz.

    —Así es. Y Phil ha investigado un poco y ha descubierto que el sistema de alarma solo está conectado a las puertas.

    —Pues por alguna tengo que sacar a Ares.

    —Según Phil, el sistema es bastante primitivo, ¿no es así camarada?

    —¡Hasta un niño podría petarlo! —exclamó Philippe.

    —Así que la idea es entrar por el tejado, y una vez localizado Ares, dirigirse a la alarma, para que Phil la pueda inhabilitar. Una vez desactivada, podremos salir por la puerta principal. Y con el coche en la calle, huirás dirección a Levens.

    —¿Y vosotros?

    —Yo intentaré cubrirte las espaldas con el S63. Y Phil se marchará con la Renault a casa, si no surge ningún contratiempo.

    —Vaya reliquia te ha tocado, Tío Phil.

    —¡Y yo encantado de poder intimar con Jacqueline!

    —Bueno, Michel, dame las llaves del Mercedes y procedamos.

    Sébastien salió de la furgoneta, cogió una mochila negra que había dejado en el suelo de la misma, se la cargó a la espalda, tiró lo que quedaba de cigarro al suelo, y empezamos a andar a paso ligero en dirección a la Rue Baron de Sainte-Suzanne, la calle de atrás del concesionario. Los dos íbamos ataviados con vestimenta oscura y calzado cómodo, para mimetizarnos con la noche.

    —¿Que llevas en esa vieja mochila?

    —Los dos walkies, que nos permitirán hablar con un tercero que tiene Phil. Y un par de cuerdas y arneses.

    —¿Nos tendremos que descolgar?

    —No lo creo. Por el ala oeste, los tejados tienen alturas parecidas. Pero he traído el equipo por si nos hiciera falta.

    —¿Y para acceder al interior?

    —Hace años entré, y, si no ha cambiado, en la planta superior guardan coches de clientes. Ese tipo de garaje en la buhardilla no es de techo alto.

    —Estupendo —sentencié—. A trabajar.

    Llegamos al número tres de la citada calle. Una antigua puerta de madera pintada en tono ocre daba acceso a la finca que tenía el tejado más alto, ya que la calle, y por consiguiente las construcciones, tenían pendiente hacia el puerto. Sébastien sacó de la mochila una pequeña ganzúa plegable, a modo de navaja multiusos, con diferentes terminales, que le permitió abrir la puerta en menos de veinte segundos.

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    —Vamos, subamos al tejado, Michel.

    Subimos por las escaleras las tres plantas de altura que nos separaban del tejado, y con el máximo sigilo posible llegamos a la puerta que impedía el acceso al mismo, la cual ofreció en manos de Sébastien la misma resistencia que la de la portería. Salimos de nuevo al exterior, y caminamos con cautela entre las tejas, hasta que nos colocamos justo enfrente del edificio del concesionario.

    —Espera, Michel —Me agarró del hombro para detenerme de forma abrupta.

    —¿Qué ocurre, Séb?

    —Mira que vistas tan maravillosas de Mónaco.

    —¡No me jodas! Mira en esa mochila a ver si llevas una mesa, dos sillas y unas velas con candelabros dorados, y montamos una cena romántica… ¡Que estamos en medio de un robo!

    —Un día echarás de menos estos momentos.

    —Y a ti en ellos.

    La altura hasta el tejado del concesionario, sin ser peligrosa, era lo bastante grande como para recorrerla de un salto. Así que Sébastien abrió la mochila, y en cuestión de segundos, aseguró la gruesa cuerda a un saliente. Ataviados con los arneses, descendimos por la pared hasta llegar a nuestro destino. Volvimos a guardar todo y nos situamos delante de una de las claraboyas. Sébastien esta vez sacó una pequeña pata de cabra, de unos cuarenta centímetros de longitud y punta plana, la cual hincó en la junta para hacer palanca.

    —Ayúdame a tirar, Michel.

    Los dos tiramos con fuerza hasta que la claraboya cedió a nuestro esfuerzo, y nos descubrió una altura de apenas dos metros hasta el interior del edificio.

    —Paso yo primero, Séb.

    —Te sigo —Y se adentró detrás de mí.

    —Vaya con Mónaco Motors, lo que tienen por aquí guardado.

    [​IMG]

    —¿Ahora sí que te paras a observar, eh?

    —Esto sí que no se ve cada día. Pero tienes razón, bajemos por la rampa de acceso al taller. ¿Has traído el iPad?

    —Sí, aquí está, encendido y marcando nuestra cercanía a Ares.

    Descendimos al piso inferior y nos acercamos al F50, para comprobar que Ares era aquel biplaza descapotable de quinientos veinte caballos.

    —¿Lo has llevado alguna vez, Michel?

    —No Séb. Me voy a desvirgar esta noche.

    —Comprueba que esté todo correcto mientras yo me acerco a la alarma.

    Y Sébastien se metió en la oficina, lugar donde se encontraba el cuadro de la alarma. Lo abrió y le dictó por el walkie a Philippe unos códigos que este le había pedido, mientras yo, arrodillado a modo de súplica con las manos debajo del volante, intentaba despertar al dios olímpico de la guerra.

    —¡Michel! ¡Phil ya ha desconectado la alarma, pero solo tenemos cinco minutos para salir! ¿Cómo lo llev...?—El rugido del V12 cortó cualquier intento de conversación con Sébastien—. Joder, ni Pavarotti entonaba tan bien.

    —Ya estás con los romanticismos.

    —Que quieres… soy un enamorado empedernido. Ven y ayúdame a desbloquear la apertura manual de la puerta.

    —De acuerdo Séb. Mira, esas dos barras largas servirán para elevar la puerta del garaje.

    Y en cuestión de segundos, la noche nos dio de nuevo la bienvenida.

    —Corre, Michel. Sube al Ferrari y sal fuera, que yo cierro la puerta para que Phil pueda alarmar de nuevo el local. Su Alteza ya está avisada. ¡Nos vemos en Levens!

    Seguí las órdenes recibidas y salí con el Ferrari F50 en busca de la autopista, no sin despertar la curiosidad de los pocos transeúntes que restaban despiertos a esas horas de la madrugada en Mónaco. Aun así, avancé con cierta rapidez para poder circular lo antes posible por carretera abierta. Decidí escabullirme con la nueva adquisición por la A8, pues, todo y ser de peaje, era la vía más rápida, y, si había algún aviso policial, yo ya estaría fuera de ella para cuando llegasen a interceptarme.

    A los pocos minutos llegué a la incorporación de la autopista por la entrada cincuenta y siete. No había apenas tráfico, y sabía de la posición de los dos radares fijos, así que decidí emplearme a fondo para entregarlo lo antes posible. Bajé una marcha, engrané tercera velocidad, y el corazón italiano de la barchetta empezó a latir hasta subir de forma fugaz a cinco mil revoluciones por minuto. Pisé el acelerador y los quinientos veinte caballos procedentes del V12 atmosférico empezaron a galopar al unísono, con una fuerza abrumadora que lanzó al cavallino a velocidades ilegales en cuestión de segundos. Ocho mil trescientas vueltas, mano derecha al preciso cambio de rejilla, movimiento milimétrico hacia atrás de la empuñadura, ruido metálico y la cuarta velocidad engranada disparaba al deportivo por los túneles que atravesaban La Trinité, con la maravillosa banda sonora que proporcionaban los doce cilindros del refinado propulsor italiano, coordinados a la perfección en los rangos más altos de revoluciones. Y todo a techo descubierto. Ares, que apodo tan apropiado para semejante bestia.

    [​IMG]

    La señal que indicaba la proximidad del peaje pasó como una exhalación a mi lado, y me obligó a reducir marchas de forma fugaz para evitar colisionar con la barrera, lo que propició que el motor lanzara sendas llamaradas por las preciosas salidas de escape. Me detuve en la desierta garita, lancé en la cesta los dos euros con cincuenta céntimos, y la barrera me dio vía libre para escabullirme por la M19, una pequeña carretera comarcal que unía los veinte kilómetros que me separaban de mi posición actual con Levens. Apenas pude disfrutar de quince minutos más de trayecto, pero fueron suficientes para elevar mi excitación a niveles que solo el placer sexual podía igualar. El F50 se mimetizaba con cada curva, y obedecía como una amante sumisa el ritmo que le exigía, y que cada vez era más alto. Pero estaba claro que él mandaba en esta relación, y jugaba conmigo a su antojo, ya que mis habilidades jamás estarían por encima de su bastidor. Era un Fórmula Uno legalizado para la vía pública.

    A las dos y pocos minutos de la madrugada, llegué al garaje de Levens.

    —Buenas noches, Michel.

    —Buenas noches, Víctor. ¿No está Nasser?

    —Al señor Bin Salman se le olvidó comentarte que seré yo el encargado de recepcionar los vehículos.

    —De acuerdo. ¿Lo aparco al fondo el garaje?

    —Por favor.

    Y estacioné a Ares justo donde Víctor me había indicado.

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    Al momento, Sébastien hacía acto de presencia a bordo del S63 AMG. Me subí en el coche mientras mi socio saludaba al hombre de Nasser.

    —Buenas noches, Víctor.

    —¿Qué tal estás, Sébastien? Espero que estés disfrutando del S63 —comentó con cierto sarcasmo.

    —No lo dudes. ¿Y sabes lo mejor de todo?

    —¿Qué?

    —Que el coche también está disfrutando en mis manos.

    Y salimos a toda velocidad en medio de una nube de goma quemada, a la vez que observábamos por el retrovisor como Víctor se quedaba con la boca abierta sin opción a responder.
     
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  2. Basse Corniche

    Basse Corniche En Practicas

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    10- Desayuno con diamantes


    No existía en aquel preciso momento nada más relajante que la combinación formada por el sonido que producía la resaca del mar, que se colaba entre las blancas piedras que conformaban la playa de Niza, junto con el amanecer de un nuevo día, que despuntaba en el horizonte, para crear un contraste sublime de colores en el agua. Era un espectáculo único e irrepetible, capaz de serenar al alma más atormentada.

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    Llegué a casa tarde, muy tarde, bastante después de las tres de la madrugada. Me recosté en la cama, pero me fue imposible conciliar apenas un par de horas de sueño seguidas. La excitación producida al intentar domar a Ares había hecho mella en mi ciclo de sueño, y lo alteró por completo. Así que decidí coger el Clase S y acercarme a la playa de Niza para contemplar la salida del sol.

    Y es que, en mi interior, sentía la necesidad de reflexionar sobre todo lo que acontecía a mí alrededor. Los días pasaban muy rápido y escapaban de mi control, algo que me atemorizaba de verdad. Tenía que parar, detenerme un instante a pensar, a contemplar desde una lejana perspectiva el rumbo que mi vida tomaba, y analizar cómo me afectaban los hechos que sucedían a mi alrededor. Sin yo desearlo, ni buscarlo, me había convertido en ladrón de coches de gama alta, de forma profesional. Lo que empezó como una mera distracción de adolescencia, era mi actual oficio. Jamás pensé cuando empecé a robar utilitarios por el puro placer de conducir, para evadirme de mi triste realidad y mi oscuro porvenir, que acabaría en el punto de no retorno en el que ahora me encontraba. Suponía que, en otras circunstancias, ya estaría en la cárcel, por delitos menores. Pero el hecho de conocer a Sébastien, sin duda, había desviado el rumbo que tomaba mi vida hacia ese inevitable destino.

    Una llamada entrante me rescató de mis recuerdos.

    —¿Mélissa?

    —Gírate.

    Me levanté de las duras piedras y me giré de golpe, aun con el teléfono apoyado en mi oreja. Y allí estaba Mélissa, con un espectacular vestido de noche. El reflejo naranja del temprano sol realzaba más su esbelta figura, y doraba su larga melena, que se mecía suave con la brisa marina.

    —¿Qué haces aquí? —le pregunté absorto por completo.

    —He pasado la noche con unas amigas. Hemos salido a tomar algo por el centro, pero hemos perdido la noción del tiempo por completo. Volvía a casa cuando he visto el S63 aparcado, y me ha resultado familiar. Y me he parado a comprobar si era el tuyo, ya que recordaba la matrícula. Entonces me he asomado desde el paseo y te he visto aquí sentado.

    —Vaya. Sí que eres observadora —Quedé sorprendido por su perspicacia—. Y ahora, ¿vas a casa?

    —Me dirigía a casa, sí. Pero tampoco tengo mucha prisa. ¿Te apetece desayunar?

    —Me parece estupendo. No cené mucho ayer y tengo algo de hambre.

    —Pues vamos. Pero hoy invito yo.

    Nos dirigimos hacia Place Garibaldi. Caminamos por Quai Luniel primero y giramos en Rue Casini después, para rodear la colina por la zona del puerto mientras escuchaba con atención la narración que Mélissa realizaba de su salida nocturna, mientras la ciudad se despertaba en aquel viernes de finales de agosto.

    Llegamos a la Plaza, y nos acomodamos en una de las pocas terrazas que había abiertas a aquellas tempranas horas.

    —Buenos días. ¿Qué van a tomar?

    —Póngame un café con leche por favor.

    —Que sean dos.

    Saqué el paquete de Marlboro, me serví un cigarro y lo dejé encima de la mesa, junto al teléfono.

    —¿Qué hacías tan pronto despierto y en la playa?

    —He tenido una noche difícil. No podía dormir y he venido a Niza, a intentar despejarme.

    —Te noto extraño. ¿Te pasa algo? —Mélissa se encendió un cigarro recién sustraído de mi paquete.

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    —No, creo que no… será cansancio.

    —¿Pensabas en tus padres?

    —Jamás dejo de pensar en ellos.

    —Siento mucho lo que pasó, de verdad.

    —No fue tu culpa, no tienes que sentir nada —Exhalé el humo del cigarro.

    —Debió ser muy duro a tu edad.

    —Y no te voy a negar que aún lo sigue siendo. Aquel tres de diciembre de mil novecientos noventa y seis, me arrebataron lo que más quería de un bombazo. Mi vida se partió como aquel vagón de metro de París —Notaba como se formaba un nudo en mi garganta—. ¿Sabes lo que añoro?

    —¿Qué?

    —Que mi padre me levantara los domingos, y, mientras el alba despuntaba, me llevara con nuestro Renault 11 Turbo, en busca de carreteras de interior, de aquellas por las que no pasa nadie. Y allí me enseñaba a conducir, con nueve años.

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    —Guau, no sabía que tu padre hacía eso.

    —«No corras» me decía. «Ya tendrás tiempo de exprimir grandes máquinas»… Soñaba en que algún día me convirtiese en piloto de carreras.

    —Ahora entiendo tu habilidad al volante.

    —Sí, y mira hasta donde me ha llevado mi habilidad.

    —Pues a estar aquí sentado conmigo —Mélissa apoyó su mano encima de la mía—. Todo tiene un lado positivo. Si mi padre no llega a conocerte, ahora no estaría aquí robándote tabaco.

    —¡Vaya! ¿Así que todo es por interés económico?

    —No, hombre, todo no. Que ya te he dicho que al desayuno invito yo.

    —¡Ja, ja! Que mujer… Y bien, ¿cuándo vuelves a Paris?

    —Oh… —La pregunta pareció incomodarle—. Pues la universidad empieza la última semana de septiembre. Pero a mí solo me faltan unos pocos créditos sueltos para acabar la carrera, así que puede ser que me quede por aquí hasta navidad.

    —Estoy seguro que a tu padre le hará mucha ilusión.

    —Supongo que sí. Son fechas para pasar en familia.

    —Aprovecha, tú que puedes. Tienes un padre que vale millones.

    —Sí, la verdad es que papá es muy especial —Dio un sorbo de café—. ¿Y tú hasta cuando estás aquí? ¿Has encontrado ya trabajo?

    —No, aún no. Voy a dejar que pase agosto y durante las primeras semanas de septiembre me pondré en serio con la búsqueda.

    —Si necesitas cualquier cosa, ya sabes que puedes contar conmigo para lo que quieras.

    —Lo sé.

    Terminamos los café y nos levantamos para regresar al lugar donde estaban nuestros coches aparcados. Al llegar, Mélissa sacó del bolso las llaves del Porsche, abrió la puerta, se recostó en el asiento del conductor, arrancó el coche mientras dejaba su bolso en el asiento del acompañante, encendió el equipo de música y empezó a sonar Waiting for a girl like you de Foreigner. Se incorporó de nuevo para salir a darme un abrazo acompañado de un beso en la mejilla.



    —Me ha gustado mucho desayunar contigo. Ha sido una agradable sorpresa.

    —El placer ha sido mutuo.

    —Me voy a casa, que ahora sí que empiezo a tener sueño.

    —Descansa, Mélissa.

    —Y tú también, Michel —Se ajustó el cinturón de seguridad—Cualquier cosa que necesites, ya sabes dónde encontrarme.

    Y observé embobado como la inconfundible silueta del icónico deportivo germano disminuía en el horizonte, en dirección a Villefranche-sur-Mer.

    Cuando al fin lo perdí de vista, abrí la puerta del Mercedes. Me senté sin acabar de creerme el casual encuentro que acababa de acontecer con Mélissa. Pasados unos segundos, los que tardé en asimilarlo, puse en marcha la berlina alemana y empezó a sonar Only when you leave de Spandau Ballet, que acompañó mi regreso al apartamento.



    Pero, a los pocos minutos, el equipo multimedia detuvo la canción para ceder el paso a una llamada entrante. La pantalla central del salpicadero me indicó que provenía del teléfono de Sébastien, así que pulsé el botón específico en el volante para descolgar.

    —Buenos días, Séb.

    —Buenos días, Michel. Te escucho algo alejado.

    —Te hablo por el manos libres del Mercedes.

    —¿Ya estás en movimiento?

    —Sí. No podía dormir y he venido a desayunar a Niza.

    —Bien hecho.

    —Y me he encontrado a tu hija.

    —¿En serio?

    —Mejor dicho, tu hija me ha encontrado a mí.

    —Empiezo a arrepentirme de haberte metido en mi casa.

    —¡Que capullo eres! Dime, ¿qué necesitas?

    —¿Tienes el iPad a mano?

    —Sí, lo llevo en la guantera. ¿Por qué lo preguntas?

    —¿Puedes echarle un vistazo un momento?

    —Si, espera, que me detengo —Aparqué el Mercedes en un pequeño recinto desierto que divisé a mano derecha—. Ya se está iniciando.

    [​IMG]

    —Bien. ¿Qué posición te marca Hefesto?

    —A ver…, un momento… ¡coño! ¡Pero si está en Sanremo! —Exclamé al visualizar la nueva ubicación del vehículo—. ¿Qué cojones ha pasado?

    —Esta mañana me he despertado temprano, porque no podía conciliar el sueño.

    —No me digas que…

    —¿Te piensas que soy tonto? Como tú has hecho, yo me he acercado a Mónaco, con el Alpine, a despejarme un poco. Y al pasar por delante de Scuderia Motors, he visto que el Bugatti no estaba. Así que he aparcado en la puerta y he entrado a interesarme por él.

    —¿En serio? ¿A cara descubierta?

    —¿Cómo quieres que entre? ¿Con una media en la cabeza y una pistola en la mano?

    —Anda, sigue.

    —Bien, pues le he preguntado al vendedor acerca del Bugatti EB110 que tenían, un tipo muy majo por cierto. Me hubiera dado pena robarle el coche a él…

    —¡Séb!

    —Perdón, perdón... Le he dicho que me interesaba el modelo y le he pedido de verlo. Y me ha explicado que justo ayer por la tarde se vendió.

    —Joder. Ya es mala suerte.

    —Lo sé. Y por eso te he llamado, para ver como de grande era nuestro contratiempo.

    —Pues de momento sigue parado en Sanremo. Y parece que está por la zona interior. Quizás está descansando en algún acaudalado garaje. ¿Qué quieres hacer?

    —Mi idea es ir a ver dónde está, y decidir cómo proceder. ¿Tienes algo que hacer, aparte de fanfarronear con mi hija?

    —¡Pareces celoso! —le contesté riendo—. No, no tengo nada que hacer.

    —Pues ven a Mónaco, y vamos a investigar donde está.

    —¿Dónde te recojo?

    —Te espero en el café que hay justo al lado del casino, viendo las bellezas pasar.

    —Y los coches también los verás pasar, ¿verdad?

    —¿Pero de qué clase de bellezas crees que te hablo? Me ofendes…

    —Ya… Dame veinte minutos y estoy allí.
     
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    11- Hefesto


    Colgué la llamada, y, ante el nuevo cambio de planificación, salí del pequeño recinto en busca de la autopista, ya que eran cerca de las once y media de la mañana, y a esas horas el tráfico empezaba a ser insufrible por la Basse Corniche. Atravesé de nuevo la zona de La Trinité, mientras disfrutaba de la comodidad que ofrecía rodar en aquella lujosa berlina a elevadas velocidades. Pocos minutos antes de las doce del mediodía, conseguía entrar en el principado entre un denso tráfico, y, tras callejear unos metros, logré al fin personarme en la Place du Casino.

    Sébastien, que ya me había divisado desde su privilegiada posición, se levantó para dirigirse al Mercedes, mientras yo me detuve en un lateral para no entorpecer el exótico tráfico de la zona.

    —Has venido rápido, Michel.

    —He cogido la autopista. ¿Vuelvo a ella?

    —¿No prefieres ir por Mentón?

    —Como quieras.

    Seleccioné en el reproductor Here with me de Dido, y salí en dirección a Mentón, el último pueblo francés antes de entrar en suelo italiano. La calidez de las notas de la cantante inglesa, sumado a la comodidad del Mercedes y las pocas horas que había dormido Sébastien, lograron que este se durmiera antes de salir del principado.



    Atravesamos la considerada perla francesa a una velocidad reducida, debido al intenso tráfico típico de una localidad costera en verano. Después de un largo rato, llegamos a la frontera que separaba Francia e Italia, la cual restaba, como siempre, sin apenas vigilancia. Entramos al país transalpino por Ventimiglia, para, tras cincuenta minutos de trayecto, llegar a Sanremo, famosa para la mayoría de los mortales por acoger el más importante festival de música italiana. Para los fanáticos del automovilismo, sede de uno de los rallye más carismáticos del calendario.

    Avancé sin rumbo fijo. Acompañado por los ronquidos cada vez más notorios de mi copiloto, intentaba esquivar el siempre complicado tráfico italiano, hasta que, cansado de deambular por las calles sin sentido, detuve el Clase S delante del casino de la localidad.

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    —¡Despierta, Bella durmiente!

    —¡Eh, que pasa, que…! —balbuceó Sébastien.

    —Ya hemos llegado a Sanremo. Anda, enciende el iPad, y veamos donde está Hefesto.

    —Marca que está a diez minutos de aquí, hacia el interior.

    —En el mismo sitio de esta mañana. Pues vamos a descubrir su escondite.

    Dejamos atrás el centro para introducimos en el interior de la comarca. Circulamos por espectaculares carreteras secundarias que transcurrían entre parajes bellísimos, que solo quedaban ensombrecidos por la magnificencia de las villas que nos encontrábamos a lado y lado de la carretera. Diez minutos fueron suficientes para llegar al lugar donde, según el mapa, se encontraba el segundo dios. Aparcamos en un lateral de la desierta carretera y bajamos para intentar comprobar la veracidad de la aplicación.

    —Mira que villa tan espectacular. Debe estar aquí dentro, Michel.

    —Genial, ahora nos tocará planificar el robo dentro de una casa.

    —¡No seas gafe! Vamos a rodear el muro, a ver si podemos divisar algo.

    —Mira, Séb, allí al final hay un pequeño montículo –Le señalé el lugar donde acababa el muro—. Creo que podremos alzarnos y observar con cierta seguridad.

    Con la ayuda de Sébastien, me agarré de la parte superior del muro, y en un ejercicio de dominada de pecho, me enfilé al mismo para poder divisar lo que había al otro lado.

    —¿Qué ves, Michel?

    —Pues de entrada veo una casa situada en una extensión de terreno enorme. Es alucinante.

    [​IMG]

    —Espera, que subo —Le extendí la mano para ayudarlo—. Joder con la chabola.

    —La entrada principal está al otro lado y… ¡Anda, mira allí!

    —Vaya, Hefesto descansa en el jardín.

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    —Esa verja es lo único que nos separa del coche ahora mismo.

    —Volvamos al Mercedes, he de hacer una llamada.

    Bajamos del muro, y volvimos andando al Clase S. Sébastien sacó un cigarro y me ofreció otro a mí. Se lo encendió y acto seguido desbloqueó la pantalla de su teléfono móvil, para llamar al número que había buscado.

    —¿Phil? ¿Cómo lo tienes para acercarte a San Remo?... Si, Jacqueline nos hará falta… Si, quizás si… Genial, nos vemos en el Victory Morgana Bay… De acuerdo. Hasta ahora —Y Sébastien colgó.

    —¿Piensas robar el coche esta noche?

    —¿Esta noche? No.

    —Ya me extrañaba.

    —Esta tarde.

    —¿Pero te has vuelto loco? Esas mierdas que te metes te están afectando.

    —¡Debería probarlas! —me contestó en tono jocoso—. Vamos, te invito a comer mientras esperamos a que llegue Phil.

    Subimos al Mercedes y volvimos al centro de Sanremo, para dirigirnos esta vez a la zona del puerto. Conseguimos aparcar el coche a escasos metros del Victory Morgana Bay, un restaurante de diseño bastante exclusivo con privilegiadas vistas al mar. Entramos al lugar y una amable camarera nos acomodó en una mesa en la terraza.

    [​IMG]

    Sébastien decidió degustar un plato de mejillones al vapor mientras yo deleite mi paladar con un risotto, marinado todo con una botella de vino blanco y la amena conversación de mi amigo, que me ofrecía su efusiva opinión de temas tan dispares como la progresión del mundo del automóvil y el rumbo político que Francia había tomado desde que él tenía plena consciencia.

    Mientras rebajábamos el festín con un café, Philippe apareció por la puerta.

    —¡Saludos, camaradas! ¿Qué tal han dormido?

    —Te noto algo excitado, Tío Phil.

    —¡Uh! —Me propinó una palmada en la espalda a la vez que tomaba asiento—. Tenía muchas ganas de un poco de acción a la antigua usanza, como la de ayer por la noche. ¡Y al parecer hoy se va a repetir!

    —Baja la voz Phil, ¿o ya no te acuerdas de los entrenos en el DGSE?

    —Las paredes tienen oídos… perdona Séb —contestó resignado Philippe—. Y bien, ¿qué hay que hacer?

    —Para ti será fácil. De una verja que abre con mando a distancia, coger la frecuencia.

    —¿Y el coche dónde está?

    —Detrás de la verja, Tío Phil. De ese me encargo yo.

    —Pues vámonos —sentenció Sébastien.

    Salimos del restaurante y monté de nuevo en el AMG. Sébastien subió a los mandos de la Renault y Philippe se acomodó a su lado. A las cinco de la tarde estábamos de nuevo en la posición donde descansaba el dios del fuego. Detuvimos los motores y bajamos de nuestros respectivos vehículos.

    —¿Cómo lo hacemos, Séb?

    —Hay una cámara, pero apunta a la entrada de la casa, no a la verja. ¿Te atreves a entrar en plan suicida?

    —¿Estás loco?

    —Ni te lo imaginas —interrumpió Philippe al entrar en la parte trasera de la Renault Master.

    —Hay una distancia de unos setenta metros desde el muro al coche. Abrirlo y arrancarlo. ¿Cuánto tiempo te puede suponer?

    —No lo sé… ¿cinco minutos? Jamás he arrancado un EB110 pero me imagino que podré lograrlo.

    —Yo te daré apoyo balístico desde el muro. Si hubiera que abortar la misión, corre de vuelta y tus huevos estarán a salvo —Sébastien llenó de balas la recámara de su revólver—. Dejemos los coches en marcha para una posible huida. ¿Cómo lo llevas Phil?

    —¡Mirad que monada! —Philippe nos mostró un mando a distancia de un solo botón—. Está codificado con el código de la verja. Llévalo contigo Michel, y en cuanto tengas el coche en marcha, la abres.

    —Gracias, Tío Phil.

    —Toma Michel, ponte el pinganillo, el pasamontañas, y procedamos con la misión.

    Trepamos de nuevo el muro, pero esta vez Sébastien se quedó agachado, para apuntar con su revolver en la dirección del Bugatti.

    —Estoy listo Michel, cuando quieras.

    Salté dentro de la parcela, y corrí en línea recta a la velocidad que mis desentrenadas piernas me permitían. Llegué casi sin aliento a la puerta del Bugatti, y, al intentar forzarla, vi que estaba abierta. La pivoté hacia arriba para intentar hacer un puente, pero me percaté de que las llaves estaban puestas.

    —¡Michel, sale un hombre de la casa! —me dijo por el walkie.

    —¡Las llaves están puestas, pero el cabrón no arranca!

    —¡Michel, se dirige corriendo hacia tu posición!, ¡Está a cuarenta metros!

    —¡Debe de tener algún cortacorriente, pero no sé dónde!

    —¡Treinta metros, Michel!

    —¡No encuentro nada debajo del volante!

    —¡Veinte metros! ¡Voy a disparar!

    —¡No dispares joder! ¡Tiene que haber algo!

    —¡Diez metros! ¡Arráncalo o disparo!

    —¡No encuentro… espera, espera! ¡Lo tengo!

    Mi mano tocó un pequeño interruptor alojado en la parte superior del reposapiés. Lo accioné, giré la llave por enésima vez y el V12 cuatriturbo se puso en marcha. Pulsé el mando a distancia para liberar la verja, engrané primera y los enormes neumáticos traseros de trescientos veinticinco milímetros de ancho empezaron a segar la hierba sobre la cual descansaban, para lanzar el coche hacia la salida, mientras por el retrovisor observaba como el hombre de facciones de Europa del este, que intentaba darme caza, se arrodillaba en su jardín, exhausto tras la estéril carrera cometida.

    —Michel, no cojas la autopista. Ese cabrón ha vuelto hacia dentro y seguro que la policía ya está alertada.

    —Reza, Séb. Reza todo lo que sepas, porque me estás pidiendo que cruce la frontera por Mentón en un Bugatti amarillo.

    —Confío en ti. Voy a avisar a Nasser.

    Salí a toda velocidad del lugar, mientras el equipo de música del deportivo reproducía I Ran de A Flock Of Seagulls.



    Los seiscientos caballos lanzaban a Hefesto a velocidades de infarto, mientras enlazaba curvas a un ritmo endiablado. Aún con la tracción total, la zaga se deslizaba, siempre de forma noble, y me regalaba maravillosos contra volantes a la salida de las curvas más cerradas.

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    Atravesé la frontera italiana sin ningún contratiempo y me escabullí por las calles de Mentón lo más rápido que el resto de coches me permitía. Llegué a Mónaco y decidí copiar los mismos pasos que realicé con Ares la noche anterior, y avanzar por la autopista. Esta vez, el tráfico en La Trinité era más denso, pero el característico color del deportivo francés, y el rugido de sus salidas de escape apartaban cualquier utilitario del carril izquierdo, que otorgaban espacio para que los cuatro turbos lanzaran al SS a través de los túneles a más de doscientos kilómetros por hora en cuestión de segundos, mientras sufría los efectos de la demoledora aceleración, que aplastaba mi espalda contra el cómodo semibacquet.

    Abandoné la autopista en la salida que enlazaba con la M19, y recorrí los últimos kilómetros hasta el garaje de Nasser en medio de una tímida lluvia que había decidido aparecer para complicar aún más la situación. Pero a los pocos minutos, y sin ningún contratiempo, detuve el coche a escasos centímetros de Víctor, que esperaba en la puerta mi llegada.

    —¿Dentro?

    —Como siempre

    Y el dios del fuego descubrió su nuevo hogar.

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  4. Basse Corniche

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    12- Sin palabras


    La luz del amanecer de un nuevo día, consiguió despertarme de mi sueño, al colarse por los recovecos de la persiana. Giré mi cabeza, aún recostada en la almohada, y observé como el reloj de la mesita de noche marcaba las siete y veintiséis de la mañana. Había dormido bastante bien, desde luego mejor que las noches anteriores. Me quedé unos minutos estirado en la cama, con la vista perdida en el lento giro de las aspas del ventilador de techo, mientras recordaba el robo del día anterior.

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    Sébastien era demasiado impulsivo. Y no era una cualidad que me molestase, pero me asustaba el no tener la situación un poco más bajo control. En mi cabeza se proyectaba en bucle la imagen de su mirada penetrante que, con precisión militar, seguía la carrera del dueño del Bugatti hacia mi posición. Agazapado, como un felino acecha a su presa, esperaba el momento preciso para apretar el gatillo, con la certeza de que no erraría en la ejecución. ¿Hubiera tenido la sangre fría de adjudicarle una bala a ese pobre inocente? El no saber la respuesta era otro de mis temores.

    Extendí mi brazo hasta la mesita de noche, y palpé con la mano hasta dar con mi teléfono móvil. Lo encendí, introduje el código de seguridad, y lo puse a cargar mientras me metía en la ducha. En el momento de enjabonarme, escuché como llegaron sendos mensajes que indicaban que alguien me había llamado mientras dormía. Salí del lavabo y me dirigí con cierta curiosidad a visualizar cual era el número que había probado suerte un par de veces alrededor de la una de la madrugada, y que no tenía memorizado. No le di demasiada importancia, aun no siendo una hora muy común para llamar. Pero a los pocos minutos el desconocido emisor insistió de nuevo, esta vez con éxito.

    —¿Hola?

    —¿Como que «hola»? ¿Es que no tienes mi número guardado?

    —¡Hombre, Tío Phil! —Respondí de forma efusiva al reconocer su voz—. Pues no, no tengo tu número memorizado, no te voy a engañar.

    —Ten familia para esto… Y bien, ¿cómo ha dormido mi bella flor? Porque te acostaste a horas de princesa.

    —Menudo capullo eres. La verdad es que llegué al apartamento y caí rendido.

    —Los jóvenes no estáis preparados para tantas emociones seguidas.

    —Será eso, seguro… ¿A qué se debe el honor de esta llamada?

    —¿Tienes algo que hacer hoy? ¿Te apetece venir a casa a comer, y de paso, estudiamos un poco más de mitología griega?

    —No veo porque no. ¿Se lo has dicho ya a Séb?

    —Fue idea suya. Lo comentamos después de salir de Levens. Al rato de marcharte con el Mercedes, viendo que aún era temprano, decidimos ir a tomar unas copas a Niza. Te llamamos por si te apetecía dar la vuelta y venir, pero lo tenías apagado.

    —Qué miedo dais los dos sueltos por la noche.

    —Sí, algo así nos dijeron un par de chicas.

    —En fin… ¿a qué hora quieres que vaya?

    —Cuando te apetezca. Comeremos sobre la una, pero si quieres venir antes no hay ningún problema.

    —De acuerdo. Creo que en un par de horas estaré por allí. Hasta ahora, Phil.

    —En un rato nos vemos, Michel.

    Salí del baño vestido con unos calzoncillos y ordené un poco el apartamento. Al finalizar, cumplimenté mi vestimenta con un tejano oscuro y una camiseta de color verde pastel. Cogí mis cosas y bajé las escaleras hasta el garaje comunitario, donde descansaba el Clase S. Me acomodé en él, encendí el equipo multimedia y puse rumbo a Grasse, acompañado por los acordes de Danger Zone de Kenny Loggins.



    A las once y pocos minutos, Philippe divisó a través de la ventana del salón la silueta del Mercedes conmigo dentro, motivo por el cual decidió salir a abrirme la verja.

    —¡Buenas, Michel!

    —¿Que tal estás, Tío Phil? —le saludé al bajar del coche.

    —Bien, algo cansado, pero bien. Me tenéis haciendo horas extras —Me volvió a palmear la espalda con efusividad.

    —Eso díselo a Séb, que es el que toma las decisiones. Yo me limito a conducir. Por cierto ¿no está?

    —No, supongo que llegará antes de comer. Ayer nos acostamos tarde, y como puedes deducir, él no acabó en condiciones de conducir —Philippe me señaló la Renault Master, que descansaba al lado del Matra Simca Bagheera—, así que lo dejé en su casa y regresé a la mía.

    —No fue tan mal la noche si acabaste en casa con Jacqueline.

    —¡Shhh! Jacqueline es solo mía, así que ni sueñes con ella —Y se puso a reír.

    —Toda para ti.

    Cruzamos el patio y entramos al interior de la casa. Nos dirigimos a la cocina, donde Philippe me sirvió un Martini Bianco, mientras él hacía lo propio con una cerveza.

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    —En menuda aventura os habéis embarcado —Philippe vertió el contenido de la botella en una pequeña jarra que sostenía inclinada, para así minimizar la cantidad de espuma.

    —La verdad es que es todo muy raro.

    —Confía en Séb. Jamás haría nada que pudiera causarle daño a un amigo. Y a ti te considera casi como a un hijo.

    —Un hijo…, claro.

    —Créeme, que hace muchos años que lo conozco.

    —¿Cuántos?

    —¡Más de treinta, seguro! Empezamos muy jovencitos en el DGSE.

    —Menudo trabajo interesante tenía que ser.

    —Yo lo calificaría de excitante, más bien. El peligro siempre estaba al acecho, pero era muy emocionante. Hemos pasado grandes jornadas juntos dentro de aquella furgoneta —Señaló hacia el patio en dirección a la Renault Master, que se divisaba a través de la ventana—. Misiones difíciles se han convertido en auténticas aventuras, y Séb siempre ha estado ahí cuando lo he necesitado, como el gran compañero que ha sido. Y que sigue siendo.

    —¿Y compensaba tanto peligro, económicamente hablando?

    —¡Al principio hasta nos parecía increíble que nos pagaran por ello! Pero claro, éramos jóvenes inconscientes con el patriotismo por las nubes. Nuestra integridad moral y la defensa de la nación estaban por encima de cualquier retribución económica. Cuando percibimos la primera nómina, nos dimos cuenta de que no nos haríamos ricos. Pero tampoco nos ganamos mal la vida —Se frotó la barriga al acabar la explicación.

    —¿Y en qué punto del camino se perdió dicha integridad moral?

    —¿Perdona?

    —Digo que en que mome…

    —Te he entendido perfectamente —Me cortó un muy enfadado Philippe—. No tienes ni la más mínima idea de por lo que Sébastien ha pasado.

    —Explícamelo, si tan ignorante soy.

    —No puedo.

    —¿Cómo que no puedes? —La evasiva de Philippe me alteró de sobremanera—. ¡Y una mierda Phil! ¡A mí no me vengas con medias tintas!

    —Déjalo, Michel.

    —¡No quiero dejarlo! ¡¿Cómo un agente del servicio secreto francés, tan honesto y bondadoso según tus palabras, acaba con semejante casa y al servicio de un jeque árabe de dudosa reputación?! ¡¿Le tocó una lotería?! ¡Y una mierda! ¡Esa historia se la creerá su hija, pero a mí no me engaña!

    Philippe se levantó de la mesa, se abalanzó sobre mí, me agarró de la camiseta y me estampó contra el frigorífico.

    —¡Mira, Michel! —Me chillaba con los ojos tornados en una mezcla de rabia e impotencia—. ¡Séb lo ha pasado muy mal! ¡Mucho! ¡Y lo último que necesita es que venga un piloto venido a menos como tú a cuestionar su honestidad! ¡Podrás acusar a Séb de muchas cosas, pero jamás, y repito, jamás, cuestiones su integridad! ¡Así que olvida el maldito tema de la lotería y dedícate a conducir! ¡¿Me has entendido?!

    —Suéltame, Philippe. Ahora —Apartó sus manos de mí.

    —Lo siento Michel, no pretendía…

    La conversación fue finalizada por Streets of Philadelphia de Bruce Springsteen, que emanaba del equipo de música del Renault 25, el cual acababa de estacionar delante de la puerta.



    —Buenos días, socios —nos saludaba Sébastien a Philippe y a mí, que habíamos salido a recibirle—. Tienes mala cara, Michel. ¿No has dormido bien?

    —Será el cansancio de estos días, Séb. Los jóvenes no estamos preparados para tantas emociones seguidas —Philippe clavó su mirada en mí.

    —Será eso… —Y cerró el R25—. Anda, vamos adentro a comer, y a planificar los siguientes robos, que traigo novedades.

    Entramos de nuevo en la casa, y nos sentamos en la mesa de la cocina.

    —¿Qué os apetece comer? —Philippe empezó a sacar platos y cubiertos varios.

    —No sé Phil, no te compliques mucho.

    —¿Unos tacos os parece bien?

    —Por mi perfecto. Pero no te pases con la cantidad.

    —Descuida, Séb. ¿Michel?

    —Me parece bien, Phil —le contesté con cierta desidia, mientras tomaba asiento al lado de Sébastien—. Y bien, Séb, ¿qué novedades traes?

    —Verás —Se sirvió un cigarro de la cajetilla que había dejado en la mesa—, he tirado de contactos y he averiguado quienes son los dueños de Deméter y Afrodita.

    —A ver… —resoplé—. Sorpréndeme.

    —El primero es un acaudalado empresario americano. Un respetable hombre de negocios con doble nacionalidad, y sin residencia fija en Mónaco.

    —¿Y el coche?

    —De alquiler. Es una práctica común que realizan, sobretodo, los concesionarios que disponen de buenos coches, pero que no cuentan todavía con un nombre forjado dentro del mercado. Se lo alquilan al futuro comprador durante unos días y así le ayudan a decidirse. El cliente se pasea con él, que puede verse reflejado en cualquier escaparate a los mandos de ese maravilloso deportivo de bastantes ceros, que le hará olvidar su miserable vida. Hay gente tan pobre, que solo tiene mucho dinero.

    —Joder, Séb, vas fuerte hoy —bebí lo que me quedaba de Martini—. ¿Y el segundo?

    —Esto te va a gustar —Me contestó sonriendo—. La segunda.

    —¿En serio? ¿Una chica? Quizás por eso Nasser decidió nombrar el coche como la diosa de la belleza.

    —Quizás. Es de origen portugués, y hasta donde yo sé, es una modelo retirada. Está aquí con un grupo de amigos, únicamente para disfrutar de las fiestas que se celebran en el principado.

    —¿Y de qué nos sirve esa información?

    —Déjame acabar, Michel —exhaló una bocanada de humo—. El dueño del MC12 suele salir un rato cada tarde, más o menos a la misma hora, a lucir el coche por las calles de Monte-Carlo. Y al regresar, deja siempre las llaves en la garita de seguridad del parquin.

    —Y supongo que tu idea es coger las llaves prestadas.

    —Exacto. Phil hará una copia parecida, para no levantar sospechas.

    —¿La querrás con el tridente? —bromeó Philippe mientras preparaba el relleno de los tacos.

    —¿Y el Koenigsegg, Séb?

    —Ese va a ser más divertido —presionó sonriendo la colilla contra la base del cenicero—. Esta noche hay una fiesta en el Grimaldi Fórum.

    —¿En serio? ¿Esta noche? ¿Otra vez? —Me levanté enfadado de la silla—. Y aún me dirás que planeas robar el Maserati mañana.

    —¿Lo dudabas? —replicó Philippe mientras Sébastien se reía.

    —Déjalo Phil, que le vas a amargar la comida a base de disgustos. Siéntate, Michel. Como te decía, esta noche hay una fiesta de ambiente pop o techno o la dichosa música que escuchéis los jóvenes de ahora, en el Grimaldi Fórum.

    —¿Y crees que el Koenigsegg irá?

    —¿Creerlo? El nombre de la dueña está en la lista, y estoy seguro que acudirá con ese coche.

    —¿Y cómo planeas robarlo?

    —Para estas fiestas siempre solicitan aparcacoches de los mejores hoteles de Mónaco. Jóvenes a los que les va de perlas sacarse un pequeño extra por una noche de trabajo, y que cuentan con cierta experiencia. Lo mejor de todo es que los encargados no controlan mucho al personal que contratan. Están más preocupados de reír conversaciones banales para conseguir algún contacto que les ayude a despuntar.

    —¡No me jodas, Séb!

    —Exacto. Déjate esa barba que llevas, pero en cuanto llegues a casa esta noche, después del golpe, te la quitas —El tono de Sébastien se tornó más serio—. Piensa que vas a exponerte en público durante un golpe.

    —No sé si seré capaz.

    —Por supuesto que serás capaz. ¿Te creías que todo era jugar con los gendarmes mientras cruzabas la Costa Azul a toda velocidad? Pues prepárate porque Nasser mide muy bien sus palabras, y cuando nos dijo que estos serían fáciles estoy seguro que no se marcaba ningún farol. Así que acabemos rápido el primer grupo, que el segundo dejará de ser un juego.

    —¡La comida ya está lista! —Philippe nos sirvió los tacos—. Coged fuerzas que esta noche va a ser interesante.

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    13- Afrodita


    Al finalizar la comida, salimos a descansar un rato al jardín, antes de iniciar un nuevo golpe. Philippe subió el volumen de la radio, para que, desde la cocina, los acordes de Another day in Paradise de Phil Collins nos acompañaran en nuestro breve descanso.



    Sébastien se sirvió una copa de coñac Courvoisier, a la par que se encendía un nuevo cigarro. Apoyó el vaso en una vieja mesa de plástico blanco y salió un momento hasta el Renault 25. Abrió el maletero y cogió una funda porta trajes, la agarró con su dedo índice por el gancho de la percha que sobresalía por una obertura superior, se la echó a la espalda, cerró el portón y volvió sobre sus pasos hasta donde yo me encontraba sentado.

    —Michel, ve a cambiarte.

    —¿En serio, Séb? —Recogí el testigo indignado.

    Pasados cinco minutos regresé al patio, embutido en un pantalón de traje negro, camisa blanca y chaleco plateado con una corbata magnolia a conjunto. Unos zapatos en punta, de color negro brillo, remataban el conjunto.

    —Que atractivo estás, Michel. Ahora entiendo el interés de mi hija en ti.

    —Deja de decir gilipolleces, Séb.

    —Pongámonos en marcha. —Aplastó la colilla en el suelo con la punta de su zapato—. Phil, mañana nos vemos. Cuida bien de Jacqueline.

    —Descuida Séb. Y ahora te aparcaré dentro el R25.

    —Gracias.

    —¿Hoy no viene Phil? —Le pregunté a Sébastien después de atravesar la verja.

    —No. Ya te he dicho que va a ser un robo a la antigua usanza, así que hoy no nos harán falta sus habilidades. Solo las tuyas.

    Subimos al Clase S y salimos de Grasse acompañados de la puesta de sol, dirección hacia Mónaco, en un trayecto de cuarenta y cinco minutos en el que apenas intercambiamos un par de palabras, mientras éxitos de Depeche Mode como Enjoy the silence inundaban el habitáculo de la berlina germana.



    Entrada la noche, llegamos a la avenida Princese Grâce, donde descansaba el Grimaldi Fórum, un enorme teatro inaugurado a mediados del año dos mil, que lucía actual diecisiete años después de su construcción, gracias a su parte frontal acristalada, que le ayudaba a cobrar mayor espectacularidad con las luces de la noche.

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    —No te pares aquí —me indicó Sébastien—. Da la vuelta y dirígete a la calle de atrás de Scuderia Motors.

    Hice caso a las indicaciones de Sébastien, di la vuelta al final de la avenida y me introduje en Rue Saint Jean, para estacionar el Mercedes donde me acababa de indicar.

    —Escucha, Michel —Su tono se volvió más serio—. Tendrás que actuar con rapidez y discreción. Tienes que coger ese coche, así que debes aparecer en el momento justo para que no se lo lleve otro aparcacoches. ¿Lo has entendido?

    —Por completo.

    —Bien. ¿Llevas activado el walkie?

    —Sí. Y las gafas.

    —Perfecto. Veamos donde está Afrodita —Encendí el iPad.

    —Mira, está en Cap-d’Ail. En diez minutos llegará aquí, así que voy a salir ya.

    —Espera –Sébastien me retuvo con su mano izquierda mientras con la derecha abría la guantera—. Llévatela, tienes un bolsillo en el chaleco para guardarla.

    Y a la par que salí del S63, escondí la MAB en un bolsillo interior situado en el lado izquierdo. Mientras Sébastien se acomodaba en el asiento del conductor, saqué el paquete de Lucky Strike del bolsillo del pantalón, me llevé un cigarro a la boca y lo encendí. Estiré de mi chaleco hacia abajo para colocármelo bien, y avancé unos pasos para degustar el extraordinario ambiente que allí se respiraba. Era constante la aparición de deportivos cada vez más exóticos, hecho que colapsó la avenida de fotógrafos profesionales y de curiosos, que sacaban sus teléfonos móviles para retratar a los elegantes caballeros y las majestuosas mujeres de curvas imposibles, que descendían de aquellos lujosos vehículos y entraban al interior del edificio atraídos por el ritmo de Party Rock Anthem de LMFAO.



    Pero toda aquella algarabía quedó eclipsada por un ruido ensordecedor, y de sobra conocido. Afrodita llegaba puntual a su cita. Crucé la avenida mientras observaba el avance del Koenigsegg, que se acercaba a la zona de recepción. Tiré el cigarro al suelo, aceleré el paso, y, en el momento en que el coche se detuvo, yo ya me encontraba posicionado a su lado, dispuesto a acompañar el movimiento pivotante de la puerta en su apertura.

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    —Buenas noches, señorita —le extendí mi mano a la bella propietaria para facilitar su salida del angosto interior.

    —Cuídalo y a la vuelta te daré otro —Me guardó un billete de cincuenta euros en el bolsillo a la vez que me guiñaba un ojo.

    —Descuide —Y me acomodé en el rígido semibacquet.

    Recorrí los primeros metros entre miles de flashes, nacidos de las cámaras de los spotters, que buscaban obtener la mejor instantánea de aquel hiperdeportivo, para ganar notoriedad en las redes sociales. Dado que la entrada del estacionamiento subterráneo, que era el lugar donde se debían guardar los coches, restaba unos cincuenta metros antes del Grimaldi Fórum, debía dar la vuelta para poder acceder a ella. Así que tuve que repetir la misma maniobra que minutos antes había realizado con el Clase S, hecho que comportaba pasar de nuevo por delante del edificio.

    —Michel —Sébastien me reclamó a través del pinganillo situado en mi oreja—. Veo movimiento extraño. Creo que se han dado cuenta de que no estabas contratado.

    —No me jodas, Séb –divisé como un hombre de altura considerable y corpulenta complexión, se acercaba raudo hasta mi posición, a la par que, alejada, la dueña me observaba con cara de preocupación.

    —Sal del coche, voy a sacarte de ahí.

    —Espera, Séb —Aquel hombre, que cada vez estaba más cerca, me indicaba que bajase la ventanilla.

    —¡No puedes escapar con el coche, Michel! ¡El tráfico es abundante y la avenida de un solo carril! ¡Voy a sacarte de ahí!

    —¡Espera, Séb, por Dios! —Le supliqué mientras bajaba la ventanilla con la mano izquierda, a la vez que introducía mi mano derecha en el interior del chaleco.

    —¡Oye, tú! –me alertó el hombre con voz amenazante—. ¡¿Está ahí el teléfono de la dueña?!

    Miré en mis pies y pude observar en la moqueta el reflejo de un Sirin Labs Solarin, en acabado negro. Lo cogí y se lo entregué a aquel gigante, el cual con un gesto de aprobación indicó a la dueña de Afrodita que su extraviado teléfono estaba ahí.

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    —Apárcalo con cuidado —sentenció mientras se abría paso de vuelta entre la multitud de cámaras.

    —¿Qué coño ha pasado, Michel? –me preguntó atónito Sébastien sin entender nada.

    —Se ve que Afrodita no encontraba su teléfono de quince mil euros —le contesté aun recuperándome del susto—. Tienes que templar esos nervios, abuelo.

    —Anda, te cubro las espaldas —observé por el retrovisor como el Mercedes-Benz se posicionaba detrás de mí—. Vayamos a Levens. Pero no corras.

    —Tengo mil trescientos sesenta caballos bajo el pie derecho. Intentaré resistirme.

    Pero no pude hacerlo. Los carriles vacíos de la autopista, debido a la nula existencia de tráfico a esas horas, suponían una tentación muy grande para contenerse de probar las bondades de uno de los coches más rápidos del mundo. Justo a la entrada del primer túnel, hundí mi pie derecho sin ser consciente de lo que ello significaba. La increíble relación peso/potencia de aquel deportivo, única en el mundo, me descubrió sensaciones que jamás había experimentado a bordo de ningún vehículo terrestre. La insultante forma en la que aceleraba, suponía sobrepasar los doscientos kilómetros por hora en cuestión de segundos, mientras el silbido de los turbocompresores inundaba la cabina. Si el coche llega a estar dotado de alas, hubiera logrado despegar.

    A medianoche, después de desatar la orgásmica potencia de Afrodita por los túneles de La Trinité, el maravilloso deportivo quedó estacionado en el garaje de Su Alteza, junto a las otras divinidades.

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    14- Malas noticias


    —Vaya, ¿te has afeitado? —Mélissa se sorprendió ante mi liso rostro.

    —Si. Con este calor, la barba empezaba a molestarme. Y ayer por la noche decidí quitármela antes de meterme en la ducha. ¿Qué te parece?

    —Mmm… no sé… no te queda mal… pero…

    —Ya te acostumbrarás a verme así.

    —Supongo que sí.

    —¿Está tu padre?

    —Sí, está en la piscina creo. Yo voy a subir un momento a mi habitación, que llego tarde —Y se perdió por las escaleras que subían a la planta superior.

    La puerta de cristal que daba acceso a la piscina estaba entreabierta. La deslicé un poco más para poder salir al exterior y volví a desplazarla de nuevo a su posición inicial. Me encendí un cigarro mientras llegaba a la tumbona donde Sébastien dormía. El Nice-Matin entreabierto descansaba apoyado en su pecho, y el cigarro que no había llegado a probar, consumido en el suelo. A su lado, la pequeña mesa de madera sostenía una copa de Aperol Spritz, un cenicero con tres colillas depositadas en su interior, un paquete de Marlboro Light y una pequeña radio que batallaba con los ronquidos de mi estresado amigo para hacer sonar Learning to Fly de Pink Floyd. Que bucólica estampa.



    Me senté en la hamaca contigua, y le di dos caladas más al cigarro, cuando Sébastien despertó.

    —Ei, Michel —Bostezó—. ¿Ya has llegado?

    —¡Hombre! ¿Cómo llevas tanto sufrimiento?

    —Que capullo estás hecho —Se incorporó en la hamaca—. ¿Está mi hija por ahí?

    —Está en su habitación. Ha venido a abrirme la puerta y ha subido para terminar de maquillarse.

    —Sí, creo que ha quedado con una amiga para ir a comer a Mónaco o algo así, no recuerdo muy bien lo que me ha dicho.

    —He traído lo que me pediste anoche.

    —¿Las placas de matrícula? —Sébastien se encendió un cigarro, a lo que yo asentí con la cabeza—. Hoy no nos van a hacer falta.

    —¿No?

    —Mira —Me cedió el periódico.

    —¿La Mónaco Classic Week? No entiendo.

    —La noticia en sucesos, a la derecha —Se incorporó para señalarme con su índice donde se encontraba la publicación mientras yo agarré con más firmeza el panfleto.

    —«Robado un deportivo de tres millones de euros» —leí para mis adentros—. ¡¿Pero qué coñ..?!

    —¡Shhh! ¡Baja la voz! —me interrumpió—. Sigue leyendo.

    —«El suceso tuvo lugar ayer por la noche, en la recepción de la fiesta que se celebraba en el Grimaldi Fórum. El deportivo, de la marca Koenigsegg, fue sustraído en el aparcamiento donde se estacionaban los vehículos, aunque algunas fuentes apuntan que el coche no llegó a entrar en él. La policía no descarta ninguna hipótesis. Por otra parte, la propietaria del vehículo, una conocida modelo portuguesa, ha decidido demandar a los organizadores del evento» —y se acompañaba el escrito con una imagen de archivo del deportivo—. Joder, joder, joder…

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    —Tranquilo, Michel —Sébastien apoyó su mano en mi hombro.

    —¡¿Cómo voy a estar tranquilo?!

    —¿Cómo no vas a estarlo? Has robado más coches y no te has puesto tan nervioso el día siguiente.

    —¡Por qué no sale en los periódicos!

    —¿Y te crees que porque no salga en los periódicos, no ha sucedido? Sabes perfectamente que este oficio es arriesgado. Nadie te va a regalar cuatro millones de euros por tu atractivo físico.

    —¿Y por qué este si ha salido? —Lancé con rabia el periódico a la piscina.

    —Cálmate —Dio una calada y prosiguió—. Verás. Cuando un coche de alta gama desaparece, no suele enterarse mucha gente. Los propietarios tienen contratados unos seguros que compensan con creces la pérdida de su inversión, porque para muchos estos coches son eso, inversiones, como un cuadro o una villa antigua. La diferencia es que un cuadro no te puede hacer sentir las mismas sensaciones que un buen deportivo. Y queda raro que llegues al casino montado en tu Modigliani. Y una villa no la puedes desplazar. Por eso, los coches clásicos y deportivos levantan cada día más interés como inversión.

    —Esa explicación no aclara mis dudas.

    —Perdona, que me he ido por las ramas. Como te decía, los robos de estos coches no son noticia, porque a nadie que se mueve en esas esferas le interesa que se sepa que, un vehículo que es suyo, o que se encontraba bajo su tutela, ha sido robado. Como puedes comprobar, no has visto nada del F50 ni del EB110, porque Mónaco Motors tiene un seguro capaz de asumir esa pérdida con creces, y porque el dueño del Bugatti sabrá que hilos mover para ser recompensado. Pero se ve que la chica de ayer tiene una frenética actividad en las redes sociales, y nada más enterarse de lo sucedido, lo publicó, cegada por la rabia. Su mensaje corrió como la pólvora entre sus miles de seguidores, y aunque lo borró casi al momento, supongo que alertada por su asesor personal, el asunto ya cobró notoriedad. ¿Lo entiendes ahora?

    —Sí, creo que si —le contesté abatido.

    —Tu problema es que has disfrutado al volante de esos coches. Y no está mal disfrutar mientras trabajas, pero has olvidado el enorme peligro que rodea a ese pequeño placer.

    —Entonces, ¿Qué vamos a hacer?

    —De momento voy a entrar en casa para preparar algo de comer.

    Sébastien se puso la vieja camiseta que había dejado apoyada en la otra hamaca, y entró en casa. Yo cogí un cigarro del paquete de tabaco de mi amigo, lo encendí y empecé a fumar con cierto nerviosismo. Caminé hacia la barandilla blanca que delimitaba el perímetro de la zona de la piscina y apoyé mis manos en ella para observar la bahía de Villefranche-Sur-Mer, llena de gente que paseaba, que corría por la arena, que se bañaba en unas aguas cristalinas abarrotadas por completo de pequeñas barcas pesqueras tradicionales, que trataban de hacerse un hueco entre los yates de los nuevos ricos que disfrutaban de la privacidad que la bahía otorgaba, mientras un crucero franqueaba la entrada de la misma. Y al fondo, la Basse Corniche, compañera muda de mis fantasías, del indescriptible placer que me producía el recorrer sus curvas, cada vez más rápido, cada vez más cerca de los límites orográficos, de los límites de las máquinas que domaba en ella. Y de los míos propios, lo que suponía un considerable incremento del peligro. Recordé la cita del malogrado piloto Gilles Villenueve, que rezaba: «Si todo parece bajo control, es que no vas suficientemente rápido»

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    —Michel, ¿te pasa algo?

    —Oh na… nada Mélissa. Me he quedado absorto mirando la bahía.

    —No me extraña. Es preciosa. Si quieres, podemos ir una mañana a tomar un helado ahí —Me indicó la Place Amélie Pollnais, divisable desde nuestra privilegiada posición.

    —Sí, si a ti te apete… —El sonido de un V8 italiano, acompañado de un toque de claxon, interrumpió nuestra conversación.

    —Me tengo que ir, Michel —Se despidió dándome un beso en la mejilla—. ¡Ya nos veremos!

    Corrió hacía la puerta mientras yo la seguí a un paso más lento y prudencial. Un Ferrari 458 Italia esperaba que la hija de mi amigo subiera de copiloto. Al abrir la puerta, pude distinguir un rostro masculino en el asiento del conductor, motivo que aceleró mi paso para comprobar la veracidad de mi visión. Pero Mélissa cerró la puerta y el bramido del deportivo italiano se desvaneció calle abajo, lo que impidió cualquier contacto visual.

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    —Que buenas amigas tiene mi hija —dijo Sébastien desde la planta superior.

    —Eso parece, Séb —No quise decirle lo que había visto, porque no estaba seguro de ello, y consideré innecesario preocuparle.

    —La comida ya está lista.

    —Ya subo.

    El olor a carne que emanaba del horno indicaba que había un segundo plato en cocción, pues una ligera ensalada en el centro de la mesa, cumplía las funciones de primero.

    —Te has pasado haciendo comida, ¿no crees?

    —Cuando veas el segundo, no dirás lo mismo —Y tomó asiento.

    —Entonces, Séb, ¿qué vamos a hacer hoy?

    —De momento comer, y luego descansar —Procedió a aliñar la ensalada—. Pero hoy no vamos a ir a por ningún coche. Esperaremos a que pasen unos días y entonces acabaremos la primera remesa.

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    —¿Te ha dicho algo Nasser?

    —Ha leído el periódico. Está agradecido por nuestra eficacia estos días, pero no quiere que nos arriesguemos tanto.

    —Vaya, ahora Su Alteza se preocupa por nosotros.

    —No. Se preocupa por sí mismo.

    —¿Tiene miedo?

    —Yo lo tendría, si fuera él. En su país estos delitos están penados de forma muy diferente —Y deslizó la punta de su dedo índice en horizontal por su propio cuello.

    —En fin. Supongo que tu decisión es la correcta.

    —Créeme Michel. No haría nada que nos pusiera en un verdadero peligro. Vamos a dejar que pasen unos días para que se enfríe la situación, y luego iremos a por Deméter —Me sirvió dos trozos de lomo—. Y ahora a comer, que esto frío no vale nada.
     
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  7. Basse Corniche

    Basse Corniche En Practicas

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    15- Deméter


    Habían transcurrido diez días desde la última vez que vi a Sébastien. Y a Mélissa. Rechacé tres encuentros con ella, en los que alegué estar ausente o tener que realizar algún tipo de encargo que requería mi presencia. Pero la mayoría de veces, no contestaba sus llamadas.

    Necesitaba reflexionar. Evadirme de los últimos acontecimientos de finales de agosto. Así que, durante ese periodo, empleé mi tiempo en recorrer los siete quilómetros de playas que conformaban la Baie des Anges, en horas intempestivas. Lo hacía descalzo, para sentir en las plantas de mis pies el tacto húmedo de las piedras, mientras me repetía a mí mismo una y otra vez la razón que tenía Sébastien, y lo irresponsable que había llegado a ser al no medir bien la magnitud del peligro. Ya no se trataba de robar utilitarios por diversión para, después de conducir toda la noche hasta agotar la gasolina, desecharlos a su suerte. Las consecuencias legales eran mayores que pasar un par de noches en el calabozo.

    Y ese primer miércoles de Septiembre, cerca de las cuatro de la tarde, Sébastien me llamó de nuevo.

    —Buenas tardes, Séb.

    —Michel, ¿qué tal estás?

    —Bien. Estoy bastante bien la verdad.

    —No he querido molestarte estos días. Supongo que has estado ocupado.

    —No he hecho nada más que pasear y reflexionar.

    —Mélissa está preocupada —El tono de Sébastien también denotaba cierta angustia—. Piensa que estás molesto por algo.

    —No Séb, para nada. Como te acabo de decir, necesitaba desconectar y no me apetecía ver a nadie. Ya puedes decirle que no se preocupe, y que mañana la llamaré.

    —Bueno, me alegro que solo sea eso —Su tono volvió a ser más placentero—. Así, ¿tienes ganas de seguir?

    —Más que nunca.

    —Pues en una hora te recogemos.

    —¿Viene Phil?

    —Si. Esta vez nos hacen falta sus conocimientos. Hemos planeado el golpe y nos hemos centrado en minimizar los daños y el riesgo.

    —¿Y el Maserati?

    —Solo se ha movido dos veces a lo largo de estos días.

    —Genial. Voy a prepararme y os espero en la puerta de la oficina de turismo.

    —De acuerdo. Hasta ahora, Michel.

    Me levanté del sofá, me aseé con calma, pues disponía de tiempo suficiente, y me vestí con ropa cómoda y oscura. Salí del apartamento, bajé las escaleras y llegué al jardín comunitario, donde descansaba el Mercedes. Llevaba más de una semana sin moverlo y, debido al polvo acumulado y a las lluvias que acontecieron los días anteriores, estaba muy sucio.

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    Crucé la Route du Bord de Mer, y llegué a la garita de información turística de Saint-Laurent-du-Var. Apoyé mi pie derecho en la barandilla que delimitaba el acceso a la misma, y saqué un cigarro, que fumé mientras esperaba a que Sébastien y Philippe apareciesen. No transcurrieron más de tres minutos cuando en el horizonte divisé la silueta del Renault 25. Sébastien, que iba al volante, detuvo la berlina justo a mi lado, y dejó a mi altura la puerta trasera derecha. La abrí y me recibió Chuck Berry con su Johnny B.Goode.



    —¿De vuelta a los cincuenta, eh? —Me acomodé en el asiento trasero.

    —¡Eh! —Interrumpió Philippe desde el asiento del acompañante—. ¡Un respeto al gran Chuck!

    —Aprende a disfrutar de la buena música, socio.

    —El nuevo sonido que su primo Marvin le enseñó —les contesté.

    —¿Cómo? —preguntó Sébastien.

    —Si hombre, ya sabéis. Cuando Michael J.Fox toca esta canción en Regreso al Futuro, y el supuesto primo de Chuck Berry, Marvin, le llama para decirle aquello de: «Recuerdas ese nuevo sonido que has estado buscando, pues escucha esto», y apunta con el teléfono al escenario.

    —¡Oh, qué película!—exclamó Philippe—. ¡Me encanta!

    —Te encanta porque te pareces a Doc —le replicó Sébastien—. ¡Estás igual de loco!

    —Si, si, tu ríete, camarada, pero algún día tendré un DeLorean.

    —¿Un DMC-12? —interrumpí.

    —¡Si! Con esa carrocería en acero inoxidable al desnudo, esos cuatro faros cuadrados, esas puertas de alas de gaviota…

    —Y ese terrible motor de origen Peugeot, Renault y Volvo —complementé.

    —¡Shhh! —interrumpió nuestro conductor—. Si ese motor salió malo es culpa en exclusiva de los suecos, que solo saben hacer muebles baratos. La mecánica francesa es excelente.

    —¿No lleva tu Alpine ese motor, Séb? —preguntó Philippe.

    —Y por eso es excelente —le contestó riendo.

    Debido a la animada conversación, no me percaté de que habíamos atravesado toda la Basse Corniche y entrábamos en Mónaco. Se notaba que era septiembre y que por ende, el tráfico estival había disminuido.

    —Phil, saca el iPad de la guantera y pásaselo a Michel.

    —¿Cuál se supone que es el plan? —Empezó a cargar la aplicación.

    —Oh, es muy sencillo. Entraremos en el garaje con el coche, y una vez aparcados, Séb alertará al guardia de seguridad con alguna gilipollez, y le obligará a abandonar la garita. Entonces yo aprovecharé para entrar en ella, cogeré las llaves del Maserati, y dejaré estas que son idénticas, pero no valen para nada. —Me explicó Phil mientras me enseñaba su creación– Y antes de salir, giraré las cámaras y le meteré un virus al ordenador que guarda los videos con este pequeño cabrón de aquí —Y me enseñó un USB con la forma del diablo de Tasmania, el popular personaje de dibujos animados.

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    —Eres un detallista, Phil.

    Entramos al parquin y Sébastien estacionó cerca de la taquilla, lugar desde el cual ya divisamos la sensual trasera de nuestra diosa.

    —Que empiece el espectáculo —Sébastien se enfundó unos guantes negros y bajó del vehículo.

    —Bien, ahora tenemos que esperar a que el vigilante de seguridad se aleje de la garita y entonces yo podré entrar y consumar mi malvado plan —Philippe se frotó las manos.

    A los tres minutos, el guardia de seguridad abandonó su pequeña oficina y se dirigió a la zona donde estaba la máquina de pago, reclamado por Sébastien y sus problemas con la tarjeta de crédito. Entonces Philippe salió del coche, y tal y como me había explicado unos minutos atrás, cambió el juego de llaves, giró las cámaras e inutilizó el ordenador con su pequeño diablillo.

    —Bueno —exclamó Sébastien de regreso al coche—. El vigilante no nos molestará.

    —¿Qué coño has hecho?

    —Tranquilo, Michel, que solo lo he dejado inconsciente. Algún día te enseñaré como hacerlo.

    —¡Tachán! —Philippe entró de nuevo en el R25, mientras agarraba las llaves con sus dedos índice y pulgar y las movía en vaivén—. Aquí las tienes, muchacho.

    —Michel —interrumpió Sébastien con tono serio—. ¿Estás preparado?

    —En marcha.

    Bajé del coche y me dirigí con paso rápido hacia la posición del Maserati, el cuál descansaba en el mismo sitio. Miré a los lados, para comprobar que no hubiese ningún curioso. Abrí la puerta, me senté en el bacquet, introduje la llave en el bombín, giré dos vueltas, pulsé el botón de arranque azul que estaba incrustado en medio de la consola central, justo debajo del precioso reloj analógico, y el V12 se puso en marcha con un bramido ensordecedor que llegó hasta el último rincón del edificio.

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    Engrané primera mientras Sébastien se posicionaba delante mío. Llegamos a la salida, y avanzamos pegados, a pocos centímetros de rozar entre sí las carrocerías, para que la barrera no me cerrara el paso. Poner las cuatro ruedas en la calle fue despertar la curiosidad de todos los transeúntes, que empezaron a retratar el coche a mi paso. Por suerte, la llegada de la noche, y la fluidez del tráfico, nos ayudó a abandonar el principado en dirección a la Basse Corniche, la cual empezamos a surcar a ritmos legales.

    —Oye, Michel —me reclamó Sébastien por el walkie—. ¿Por qué no me adelantas ahora en el túnel?

    —¡Pero si es continua!

    —Ya, pero hay poco tráfico. Y que cojones, ¡eso tiene que sonar a gloria!

    A los pocos minutos llegamos al túnel du Cap-Estel, un pequeño orifico en la montaña de poco más de seiscientos metros. Asomé el frontal al carril izquierdo, para cerciorarme de que ningún vehículo venía en dirección contraria, miré por el espejo para comprobar que a lo lejos solo había un Citroën C6, bajé dos marchas y retuve los seiscientos treinta y dos caballos del V12 atmosférico, que se peleaban por liberarse como mostraban las enormes llamaradas que escupía por las salidas de escape. Saqué todo el coche al carril izquierdo, hundí el pedal derecho en el monocasco de fibra de carbono, y desaté una música angelical fabricada por el propulsor de origen Ferrari, que trabajaba al unísono, mientras Sébastien bajaba la ventana para disfrutar del concierto. En cuestión de segundos, el tridente había salido del túnel y el poderoso equipo de frenos se encargó de reducir de forma drástica la velocidad. Mi amigo agradeció el espectáculo con sendas ráfagas.

    Pero lo que desconocíamos por completo, era que la berlina del doble chevrón que había dejado atrás se trataba de un coche de policía camuflado. Y lo descubrimos en el momento que las sirenas que llevaba ocultas en la parrilla se encendieron, mientras nos adelantaba, también en línea continua, para posicionarse delante del Maserati. Pocos metros antes de un semáforo, dos gendarmes bajaron del vehículo, para dirigirse hacia mí.

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    —¿Y ahora que cojones hago, Séb?

    —Aguanta socio. Déjame pensar —Observé por el retrovisor la preocupación de mis compañeros por el inesperado cambio de guión.

    —Buenas noches, caballero —me saludó el gendarme mientras su compañero visualizaba la carrocería del deportivo italiano—. Creo que no hace falta que le explique el motivo por el cual le he dado el alto ¿no?

    —No señor.

    —Documentación del vehículo y su permiso de conducir, por favor.

    —Pe… pero es que… yo… verá señor age…

    —¡He dicho que me dé su permiso de conducir! ¿Acaso no me ha entendi…? —Pero el gendarme no pudo acabar la frase.

    —¡El mundo se acaba! ¡Ja, ja, ja! ¡El final está cerca! ¡Ja, ja, ja! ¡Huid, insensatos!

    —¡Apártate, hijo de p*ta, o te pego una paliza!

    Philippe estaba delante del Renault 25, con los pantalones bajados a la altura de los tobillos y gritaba consignas catastrofistas, en una improvisada interpretación en la que simulaba estar desquiciado por completo, mientras Sébastien lo zarandeaba por los brazos a la vez que le amenazaba de muerte por impedirle el paso.

    —¡Eh! ¡Alto! —Le gritó uno de los dos gendarmes—. ¡Aléjese de ese hombre!

    —¡Este tío está zumbado y me lo voy a cepillar! —gritaba Sébastien mientras tiraba a Philippe al suelo.

    —¡Joder, vamos! —Le exclamó el gendarme a su compañero—. Y usted, ¡prosiga la marcha! ¡Pero que no se vuelva a repetir!

    Engrané primera de nuevo y me alejé del lugar a la vez que observaba por el retrovisor como los dos gendarmes intentaban separar a mis amigos. Puse rumbo a Levens, donde al cabo de cuarenta minutos, dejé a Deméter en su nuevo lugar de descanso, lo que finalizaba el primer grupo divino.

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  8. Basse Corniche

    Basse Corniche En Practicas

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    16- Día de paga


    Según me había explicado Sébastien por la mañana, durante nuestra conversación telefónica, el plan para la noche era pasar a recogerlo sobre las nueve para a continuación, ir a visitar a Su Alteza, que había reclamado nuestra presencia.

    Así que aproveché las primeras horas de la tarde de un radiante viernes para preparar el Mercedes. Me acomodé en el asiento, lo puse en marcha y el equipo multimedia dio paso a la sensual voz de Sheryl Crow y su Tomorrow never dies, tema de introducción de la película con el mismo título. Maravilloso el B.M.W. 750il de James Bond.



    Salí en dirección al parquin donde semanas atrás, mi amigo Sébastien me había entregado el arma. Empecé a subir plantas hasta llegar a la última, la cual se encontraba despoblada de cualquier vehículo o curioso. Sébastien me aconsejó sustituir con asiduidad las matrículas del Mercedes. Bajé del coche, abrí el maletero y saqué dos placas de matrícula holandesas, que intercambié por las monegascas. Con la operación realizada, abandoné el estacionamiento en dirección a un lavadero que había a unas pocas calles del apartamento. No era muy amigo de los túneles de lavado, pero tampoco tenía ganas de perder toda la tarde para lavar el coche a mano.

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    Con el S63 reluciente, puse rumbo a Villefranche-sur-Mer, pero a los pocos minutos de emprender la marcha, una llamada entrante interrumpió la música. Sin mirar en la pantalla el número, descolgué con el botón situado en el volante.

    —Diga.

    —Michel, ¿cómo estás? Me tienes preocupada.

    —Ho… hola Mélissa —Escuchar su voz fue toda una sorpresa—. Ya le dije a tu padre que no te preocuparas.

    —Sí, me lo dijo. ¿Pero crees que me va a servir para quedarme tranquila? ¿Por qué me esquivas?

    —No lo hago.

    —¡Si lo haces! —contestó enfadada con la voz entrecortada—. ¡Si no quieres verme, solo tienes que decírmelo!

    —Cálmate, Mélissa, que no es eso. Simplemente necesitaba alejarme un poco de todo.

    —¿De qué?

    —¿Quieres que nos veamos ahora? —le pregunté en un intento de despistar su curiosidad.

    —Estoy en la playa de Saint-Laurent-du-Var, justo a la altura de tu apartamento.

    —¿En la playa? Pero si ya está atardeciendo.

    No obtuve respuesta. Mélissa colgó de forma abrupta, y me dejó en la obligación moral de asistir a la improvisada cita. Me apetecía estar con ella, pues los mejores momentos de las últimas semanas habían sido las pocas veces que había disfrutado de su presencia. Pero verla con otro hombre me había afectado. El miedo de perder esos maravillosos instantes ponía en alerta a mi subconsciente, que se protegía de un futuro daño y me obligaba a alejarme del foco que lo producía. Supervivencia, cobardía, o una gilipollez enorme.

    Llegué a la zona de playa indicada, aparqué en primera fila y oteé las pocas toallas que aún quedaban en las piedras. Y de pronto la divisé dentro del agua. Mélissa también se percató de mi presencia, y decidió salir para saludarme. En ese momento mi pulso se aceleró de forma incontrolable y me quedé paralizado. Su silueta mojada se acercaba hacia mí. Los últimos rayos de un sol que se desvanecía en el horizonte francés, hacían brillar las gotas de agua que recorrían su perfecto físico.

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    —Hola Michel —No era capaz de articular palabra—. ¿Te encuentras bien?

    —Sí, perdona Mélissa —Y me adelanté para darle dos besos, uno por mejilla.

    —Pensaba que no ibas a venir.

    —Yo también lo pensaba. Pero no había motivo para no hacerlo.

    —¿Te ocurre algo conmigo? Si he dicho o hecho algo, me lo puedes decir.

    —No, de verdad que no. Ya te he dicho que he sido yo. Te pido disculpas por estos días pasados —Posé mis manos en sus hombros—. ¿Te apetece tomar algo?

    —No, gracias. Solo quería verte y asegurarme de que estabas bien —Y me sonrió—. Ahora que ya lo he hecho, voy a coger el autobús para volver a casa.

    —¿El autobús? ¿Y cómo has venido?

    —Me ha traído un amigo, pero se ha tenido que ir.

    —El del cuatro cincuenta y ocho —Aparté mis manos de sus hombros de forma abrupta.

    —Sí…. ¡Espera! —Su tono era una mezcla de enfado e indignación—. ¿No me digas que me has estado evitando por eso?

    —No, Mélissa, de verdad que no.

    —Será mejor que te vayas. Vernos no ha sido buena idea —Empezó a vestirse de forma apresurada—. Deberías haber ignorado mi llamada como has hecho con otras tantas en la última semana —Y empezó a caminar a paso ligero hacia la parada de bus.

    —¡Espera, Mélissa! —La cogí del brazo para detener su paso—. Tienes razón. He tenido más preocupaciones y se me ha juntado todo, pero no es excusa para comportarme como lo he hecho. Te pido disculpas.

    —No pasa nada —Bajó la cabeza para intentar ocultar sus ojos aguados.

    —Te acerco a casa. De hecho iba hacia allí.

    —¿Y eso?

    —He quedado con tu padre para ir a tomar un par de copas. ¿Te quieres apuntar? —Al momento me di cuenta de que mi cortesía podía devenir en un error fatal.

    —No, gracias. Yo también he quedado para ir a cenar… —Mélissa pausó la frase y me miró mientras se aguantaba la risa— …con unas amigas.

    Subimos al Mercedes y pusimos rumbo a Villefranche-sur-Mer. Yo me limité a conducir a la vez que miraba a Mélissa de reojo, para deleitarme con su belleza. Ella observaba como pasaba el majestuoso paisaje de la Basse Corniche a través de su ventana, acompañado de Chris Isaak y su Wicked game.



    Treinta minutos antes de la hora acordada con Sébastien, me presenté en su casa. Mélissa sacó el mando a distancia del bolso, y permitió que la puerta nos diera acceso al recinto.

    —Gracias por traerme —me dijo al bajar del coche.

    —No tienes que dármelas.

    Y se giró para regalarme una sonrisa, que al momento se tornó en asombro al observar la matrícula en el frontal del Mercedes.

    —¡Mélissa! ¡¿Dónde estabas?! —Sébastien se encargó de distraerla—. ¡Te he estado llamando!

    —Lo siento, papá. Tenía el móvil en silencio.

    —Bueno, si estabas con Michel me quedo más tranquilo.

    —Si, Séb. Ha estado conmigo —Le cubrí las espaldas a Mélissa.

    —Lo dicho, Michel, ¡ya nos veremos! —y se metió en casa, ante la mirada de su padre.

    —Michel, me cambio de ropa y nos vamos.

    Saqué un cigarro mientras esperaba que Sébastien bajara. Daba rápidas caladas a la vez que caminaba alrededor del coche. Si se suponía que Mélissa no había escuchado el teléfono, al menos debería haber visto las llamadas perdidas en el momento que me llamó. Y la matrícula… Estaba claro que Mélissa se fijaba en todo. Pero, ¿porque esa cara de incredulidad?

    —Vámonos —Sébastien se subió en el asiento donde había estado su hija.

    —¿Cap-d’Ail?

    —No, al puerto de Mónaco.

    —¿Pero no hemos quedado con Nasser? —Le pregunté en la incorporación a la Basse Corniche.

    —Si. En su yate. —Sébastien bajó la ventana y se encendió un cigarro— ¿Te importa?

    —Ni que el coche fuese mío.

    —Así que habéis estado juntos esta tarde.

    —Sí, hemos estado un rato en la playa.

    —Pues no te has puesto muy moreno.

    —Hemos paseado.

    —Ya… —Y exhaló el humo del cigarro.

    —No veas que perspicaz es tu hija. Se ha dado cuenta de la matrícula.

    —Si la verdad es que se fija en todo. Pero tú también te has lucido al poner una placa amarilla. Es que la vista se te va aunque quieras evitarlo.

    —¡Yo que sé, Séb! Yo no le he dado tanta importancia. Me dijiste que las cambiara y así lo he hecho.

    —No pasa nada. Por cierto, esta mañana he hablado con un amigo, y trabajaras para él.

    —Pero, ¿y los golpes?

    —Será una tapadera. Es un buen amigo y nos hará el favor. Tiene un taller de coches a las afueras de Niza. Así no levantarás sospechas y parecerá todo más normal —me dijo tras tirar el cigarro por la ventana—. Y además, suele tener coches en venta.

    —¿Qué quieres decir?

    —Que en cuanto hayamos cobrado, sería bueno que te compraras algo más mundano y dejaras el Mercedes solo para los golpes. Creo que tenía uno de esos coches chinos que te gustan.

    —Japoneses, Séb.

    —Lo que sea.

    A las nueve y media entrábamos una vez más en el principado, y, a los pocos minutos, ya estábamos en el puerto. La zona estaba llena de curiosos viandantes que soñaban con cambiar sus vidas por la de los propietarios de los enormes yates que descansaban en las aguas del principado, a escasos centímetros uno de otro, en una ficticia competición entre los acaudalados marineros para ver quien poseía el barco más lujoso.

    —Aparca en ese sitio de ahí —Me indicó Sébastien—. Creo que es el quinto yate empezando por la izquierda.

    —¿Cómo lo sabes?

    —¿No tenía Nasser un Carrera GT? Pues ahí lo tienes aparcado —Me señaló al súper deportivo germano—. Y no va a tener el yate más pequeño.

    —Ya se a quien ha salido Mélissa.

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    Sébastien no había errado al adivinar cuál era el yate. El más grande de los atracados. Una oda al exceso, con sus tres pisos de altura y su interminable eslora que se perdía en la oscuridad del mar.

    Un miembro de la tripulación, que por lo visto ya estaba avisado de nuestra llegada, nos invitó a pasar. Reclamó que le acompañáramos mientras nos abría paso por el medio de una pequeña fiesta que transcurría en la cubierta de popa. Lo seguimos hasta una sala donde había un ascensor cilíndrico de cristal, transparente en su totalidad. El amable marinero pulsó el botón y la puerta automáticamente se abrió.

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    —Adelante —Extendió desde fuera su mano al interior del ascensor para introducir una llave en el panel—. Saldrán directamente a la cubierta de proa. En unos momentos llegará el señor Bin Salman.

    El ascensor subió en silencio las tres plantas de aquel monstruo flotante, y se abrió como bien nos había indicado en la cubierta de proa. El lugar, que parecía ser de acceso restringido, disponía de un precioso suelo de parqué donde se reflejaban unos neones amarillos que nacían de sendos sofás dispuestos a cada lado, y que finalizaba con una pequeña barra americana que seguía el mismo patrón.

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    —Su p*ta madre, Séb.

    —No te dejes impresionar. Es una horterada grande como un castillo.

    —Una horterada muy cara.

    —¡Bravo, bravo, bravo! —Nasser acompañó sus palabras con aplausos—. ¿Qué te parece Víctor? De momento siguen vivos —Y su sirviente espetó una pequeña sonrisa.

    —Bonita patera, Nasser ¿Has tejido tú las velas?

    —Siempre tan gracioso, Séb —Se dirigió a la barra—. ¿Un trago, Michel?

    —No, gracias.

    —A ti no te pregunto, Séb —le sirvió una copa de whisky—. No puedo más que felicitaros. Habéis completado la primera lista más rápido de lo que me imaginaba.

    —Ya te dije que el chaval era muy bueno.

    —Ya veo ya. ¡Y hasta sale en los periódicos! —Extendió su brazo derecho por encima de mis hombros, en un gesto de falsa amabilidad—. Y dime, Michel, ¿cuál te ha gustado más?

    —¿Perdona?

    —¿Cuál te ha hecho sentir más placer de los cuatro al llevarlo? —aclaró mientras yo miraba a Sébastien ante la incredulidad de la pregunta.

    —El Ferr…

    —¡Shhh! —Coloco su dedo índice en mis labios para detener mis palabras—. Recuerda, solo dioses.

    —Ares ha sido el más especial.

    —¡Este chico sabe! —Dirigió su mirada a Sébastien—. Bueno. No os voy a hacer perder más el tiempo, y a mí me esperan abajo. Víctor, trae el maletín.

    El fiel escudero se acercó hasta la barra americana, dejó un maletín encima de ella y lo abrió. Dentro de este, descansaban dos sobres de igual tamaño.

    —Tomad —Nasser nos dio un sobre a cada uno—. No os molestéis en contarlo, me ofendería.

    —Perfecto, Nasser —Sébastien dejó la copa encima de la barra.

    Hicimos el camino de vuelta escoltados hasta la entrada por Víctor. Nos dirigimos al Mercedes y pusimos rumbo de vuelta a Villefranche-sur-Mer, acompañados por Money for nothing de Dire Straits. Durante el trayecto, Sébastien contó varias veces los billetes que contenían ambos sobres.



    —Es correcto —me dijo en el momento que llegamos a su casa—. Espera, Michel. Antes de irte, enciende el iPad.

    —¿Quieres ver los nuevos dioses? —Pulsé el botón superior de la tableta.

    —Desde luego —respondió justo cuando la aplicación se acabó de actualizar.

    —¡No me jodas!

    —Vete a casa y prepárate una maleta para una noche. Mañana saldremos de viaje.
     
    Última edición: 22 Dic 2018
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  9. tunero35

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    Toy enganchao! a tu libro;)
     
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  10. Andree_Kostolany

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    He leido un par de capitulos, he parado para comprarle en amazon, y sigo leyendo.

    Me encanta esa mezcla entre Riviera, Lujo y personajes con sindrome de la edad de oro anclados en los 80.

    Te deseo mucha suerte como escritor, aqui tienes un nuevo lector ;)
     
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  11. Basse Corniche

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    Muchas gracias!

    Muchas gracias por adquirirlo, ¡y por ser uno más! Es un verdadero honor.
     
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  12. Basse Corniche

    Basse Corniche En Practicas

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    17- La ciudad de la luz


    Faltaban pocos minutos para las siete de la mañana. Decidí encenderme un cigarro a la par que disfrutaba del amanecer y así dar tiempo a que se enfriara el café con leche que me acababan de servir. Sébastien me había citado en su casa a las siete y media, pero debido a la ausencia de tráfico de un sábado a tan tempranas horas, había llegado bastante antes a Villefranche-sur-Mer, y decidí acercarme al puerto a desayunar.

    [​IMG]

    Deposité las monedas que sumaban el coste de mi consumición en el platillo dispuesto para ello, y evité con su peso que el tique volara. Guardé el paquete de Lucky Strike y caminé de vuelta al aparcamiento donde se encontraba el Mercedes.

    A las siete y media en punto, llegué a la casa de mi amigo. Accioné la palanca del cambio automático hasta posicionarla en P, activé el freno de mano eléctrico y salí del coche. Dejé el motor en marcha, pues antes de bajar del Clase S, ya había divisado como la puerta se abría para dar paso a Sébastien, que aparecía con una pequeña maleta negra. Abrí el maletero y le ayudé a guardarla.

    —Buenos días, Séb.

    —Buenos días, Michel. Espera un momento —Se perdió de nuevo en el interior de la parcela, pero se dirigió esta vez al garaje.

    —¿Te has olvidado algo? —Me acerqué a la puerta para preguntarle.

    —Sí, esto —Me mostró dos placas de matrícula francesas, un destornillador y un bidón vacío de unos cuarenta litros de capacidad—. Vamos a cambiarlas, que el viaje es largo.

    —¿Y el bidón?

    —Nunca se sabe, Michel.

    —¿Pero a dónde vamos?

    —A París —me contestó mientras finalizaba la sustitución de las placas.

    —¿A París? —Me quedé sorprendido—. ¿Y eso?

    —Sube al coche, que cierro la casa y ahora te explico.

    Sébastien entró de nuevo en el garaje, cerró la puerta por dentro, y al cabo de unos segundos apareció por la puerta principal. Introdujo el código de seguridad en el panel dispuesto en la pared, y salió con cierta celeridad antes de que la alarma se activase.

    —¿No está Mélissa? —le pregunté al ver que conectaba el sistema de seguridad.

    —Ha dormido fuera —Se acomodó en la berlina alemana a la vez que cerró la puerta del copiloto—. Salió ayer con unas amigas, y ya me dijo que quizás se quedaba a dormir en casa de una de ellas, por si bebían, y bla bla blá.

    —Déjala que disfrute —En realidad no creía que hubiera pasado la noche con unas amigas—. Y bien, ¿cómo es que vamos a París?

    —Ayer, viste como yo, la ubicación de los nuevos dioses.

    —Si. El de Mónaco, el que estaba cerca de Sisteron, el de París y el de Suiza.

    —Así es —Tecleó la calle de nuestro destino en el navegador del Mercedes.

    —¿Y porque no hemos ido a ver el de Mónaco primero?

    —Por este motivo —desbloqueó el móvil y me enseñó una noticia en un periódico digital.

    —«El castillo de Chantilly acogerá este fin se semana el Concurso de elegancia Chantilly Arts and Elegance Richard Mille» —alterné la vista entre la pantalla y la carretera para leer la noticia.

    —El día principal es el domingo diez de septiembre.

    —Mañana. ¿Y crees que Hermes estará ahí?

    —En cuanto vi París en la aplicación, recordé que había leído en el periódico la noticia del evento, y tuve una corazonada.

    —Pues espero que no te equivoques.

    —Y si así fuera, siempre nos quedará el consuelo de haber pasado juntos una noche en París, bribón… —Y empezó a reírse mientras golpeaba mi brazo con su codo.

    Los kilómetros pasaban de forma fugaz. El Mercedes, que mantenía los ciento cuarenta kilómetros por hora que le había impuesto con el control de crucero, surcaba las autopistas francesas con la comodidad que otorgaba viajar en primera clase. Rodaba en el tipo de vía para la que había sido diseñado, y realizaba su cometido a la perfección.

    Cerca de las tres de la tarde, y después de quinientos kilómetros, la berlina alemana amenazaba con dejarnos tirados si no parábamos a repostar, tal y como indicaba la luz naranja que se había encendido al lado del medidor de combustible. Salimos del peaje de Villefranche-Limes y avanzamos unos pocos metros más hasta desviarnos para repostar en un área de servicio. Y aprovechamos el alto en el camino para estirar las piernas y comer algo ligero. Media hora después, reanudamos la marcha.

    —Séb, tengo cierta curiosidad sobre un tema.

    —Dispara.

    —¿Por qué nunca me has dicho que te había tocado una lotería?

    —¿Cómo? —La expresión de su cara cambió al momento

    —Tu hija me comentó días atrás que, dentro de la desgracia que significó la muerte de tu mujer, tuviste la suerte de ser agraciado con un premio de lotería poco tiempo después.

    —Ah… si, si… fue un gran premio —balbuceó.

    —¿Cuánto dinero te tocó? No me lo digas si no quieres.

    —No lo recuerdo bien, fue en el año noventa y seis más o menos… hace mucho tiempo ya… pero fue una buena suma de dinero.

    —Una buena suma…

    —Oye, creo que voy a descansar un rato. Me ha entrado sueño después de comer y todavía faltan cuatrocientos kilómetros para llegar a París —Y mi amigo Sébastien subió el volumen de la radio, para escuchar con más claridad Voyage voyage de Desireless, a la vez que reclinaba su respaldo hasta dejarlo en posición casi horizontal, lo que le permitía eludir cualquier pregunta más que pudiera incomodarle.



    Decidí aumentar la velocidad, pues empezaba a acusar los más de setecientos monótonos kilómetros que llevábamos realizados desde que partimos, y pese a que las autoridades francesas eran muy estrictas con los límites, los radares se encontraban bien señalizados. Y además, llevaba matrículas falsas, lo que me despreocupaba ante cualquier fotografía no deseada. Antes de las siete de la tarde, nos introducíamos en el congestionado tráfico parisino.

    La cómoda suspensión Airmatic que equipaba el AMG no pudo evitar que el asfalto adoquinado de la Avenue des Champs-Élysées, despertara a mi amigo de su descanso.

    [​IMG]

    —¿Ya estamos en París? —comentó mientras observaba el arco del triunfo aparecer frente nuestro—. Ya falta poco para llegar al hotel.

    —¿Qué tipo de antro has escogido para nuestro descanso?

    —¿Antro? Me ofendes —Devolvió el asiento a su posición inicial poco antes de entrar en la Place Vendôme—. Anda, aparca ahí, que ya hemos llegado.

    —¿En serio, Séb? —Le dije mientras un botones le abría a mi amigo su puerta—. ¿Has reservado una habitación en el Ritz?

    —Yo no me ando con nimiedades.

    —Ya veo, ya —le contesté a la vez que le cedía las llaves del coche al simpático empleado.

    [​IMG]

    —Buenas tardes caballeros —nos recibió el hombre detrás del mostrador—. ¿Me indica su nombre para buscar la reserva, por favor.

    —LeBlanc, Antoine LeBlanc —le contestó Sébastien mientras le facilitaba su falso documento de identidad.

    —Ya veo aquí su reserva —Confirmó el recepcionista, sin apartar la mirada de la pantalla del ordenador—. Serán mil dos cientos euros que, si lo desea, puede abonar a la salida.

    —Dejaré mi estancia pagada ahora —Sacó de su cartera la cantidad de dinero solicitada en seis billetes de dos cientos euros.

    —Muy amable caballero —El recepcionista empezó a contar los billetes—. Thomas, acompañe a los señores a la habitación superior con vistas a la Terrasse Vendôme.

    El afable botones nos guío hasta el ascensor, pulsó el botón de la primera planta y, una vez llegamos a la altura solicitada, lo seguimos por el pasillo hasta la entrada de nuestra habitación.

    [​IMG]

    —Disfruten de su estancia —Se despidió en el momento en que Sébastien le obsequió con una propina de veinte euros.

    —¿Qué te parece, Michel?

    —¿Vamos a dormir juntos?

    —Es una noche solo. ¿Nunca has dormido con un hombre?

    —No con uno que no conozco, Antoine… —Mi respuesta le provocó una sonora carcajada.

    —Toma, enciende el iPad, y veamos donde está Hermes —Lo sacó de la maleta y me lo cedió.

    —Pues me fastidia reconocerlo, pero vas a tener razón —le comenté al observar la posición del dios olímpico mensajero—. Está en Chantilly parado, así que sí, estará en el concurso. ¿Quieres que vayamos ahora?

    —¿Estás loco? A estas horas aquello está infestado de guardias de seguridad que custodian los coches toda la noche. Ahora vamos a cenar algo, que el bocadillo del área de servicio hace rato que dejó de alimentarme.

    Una vez mudados con vestimentas algo más elegantes, bajamos al Bar Vendôme, la brasería francesa ubicada en el interior del mismo hotel. El amable maître se encargó de acomodarnos en una apartada mesa, para que pudiéramos cenar con la máxima tranquilidad en aquel salón de predominantes tonos rojos en sus paredes y mobiliario. La selección de dos platos de una melosa carne, acompañada por una botella de un afrutado vino rojo, disparó la factura por encima de los trescientos euros, hecho que no pareció preocupar a Sébastien, que quedó muy satisfecho con la calidad de la cena.

    Después de maridar una charla de casi una hora de duración con licores variados, decidimos regresar a nuestra habitación sobre la una de la madrugada, pues intuíamos que el día siguiente iba a ser largo.
     
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  13. Basse Corniche

    Basse Corniche En Practicas

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    18- Hermes


    Era raro el día en que lucía el sol en París. Y la nublada mañana de domingo que despertaba a la capital francesa, confirmaba que aquella jornada no iba a ser una excepción. La alarma del teléfono, programada a las siete y media de la mañana, cumplió su deber y nos despertó con su repetitivo sonido. La firmeza de la cama había supuesto un bálsamo para nuestros cansados cuerpos. Y es que, por muy cómodo que fuera el Mercedes, la calidad de ese colchón estaba varios escalones por encima.

    Nos aseamos por orden, nos vestimos, y decidimos bajar a desayunar, mientras un botones diferente al de la noche anterior cargaba las maletas en el AMG. Subimos a la berlina y partimos dirección a Chantilly, una población situada a una hora del centro de París, en dirección norte. Sobre las nueve de la mañana llegamos al majestuoso castillo de la localidad, en cuyos jardines se celebraba el evento.

    —Esto está abarrotado de gente, Séb.

    —Tranquilo Michel —me contestó a la vez que abonaba el coste de la entrada—. Vamos a disfrutar del espectáculo y ya planearemos a medida que avance el día.

    Accedimos al recinto y, una vez dentro, tardé en asimilar el paisaje que se vislumbraba delante de nosotros. Los preciosos jardines que rodeaban al enorme castillo del S XVII, estaban decorados con la presencia de las mejores obras de la historia del automovilismo, de todas las épocas y todas nacionalidades. Ferrari, Lamborghini, Lancia, Maserati, Jaguar, Aston Martin, Austin-Healy, Mercedes, B.M.W, Porsche… la lista era interminable.

    [​IMG]

    El placer de pasear entre aquellas joyas se acentuaba gracias a la música que sonaba por los altavoces repartidos por todo el recinto. Clásicos del Jazz, como Take Five de Dave Brubeck, nacían de los instrumentos de la banda que tocaban en un escenario montado cerca de una de las escalinatas del castillo.



    —Michel, ¿has cogido el iPad?

    —Sí —Lo desbloqueé para comprobar la posición de nuestra próxima víctima—. Mira Séb, se acerca.

    —Por aquella entrada acceden los participantes —me señaló—. Vayamos a primera fila a ver si aparece Hermes.

    Y a los pocos minutos, el dios de los viajeros y las distancias hizo su esperada aparición entre miles de flashes y exclamaciones de sorpresa.

    [​IMG]

    —¿Bizzarrini?

    —Mejor, Séb. Un Iso Rivolta.

    —¿Es lo mismo, no?

    —Es casi idéntico. Tienen sutiles diferencias, como los pilotos traseros o las branquias laterales. Pero si, son el mismo coche.

    —Vayamos a disfrutar del evento.

    Caminamos entre los centenares de coches que se posaban sobre el césped, para deleite de nuestros sentidos en aquel paraíso automovilístico. A lo lejos observamos como Hermes descansaba rodeado de una docena de aficionados, así que decidimos acercarnos para observar mejor su línea.

    —¿Qué habrá visto Nasser en este coche, Michel?

    —No sabría decirte con exactitud. Pero es un modelo muy raro. Pertenece a una marca ya desaparecida, Iso Rivolta, y fue desarrollado por Bizzarrini.

    —¿Y que hizo exactamente ese hombre?

    —Giotto Bizzarrini era el genio en la sombra. Trabajó primero con Alfa Romeo y con Ferrari después. ¿Te gusta el 250 GTO?

    —Y a quien no le gusta.

    —Pues es casi todo suyo —explicaba a un atento Sébastien—Así como el V12 que montaba el Lamborghini Miura y que la casa de Sant’Agata Bolognese ha evolucionado durante años, hasta el Murciélago.

    —¿Y entonces este coche?

    —Este coche fue la obra maestra de Bizzarrini. Lo que pasa es que primero nació como Iso Rivolta A3/C, pero la relación entre Renzo Rivolta y Giotto Bizzarrini acabó mal. Renzo tuvo que cerrar y Giotto se quedó con la marca, lo que propició que estos coches fueran nombrados de diferentes formas. Pero en el fondo son el mismo coche.

    El dueño del deportivo, un hombre de unos cincuenta años, de peinado perfecto y clásica indumentaria, se acercó a su coche para abrir el capó, y de esa manera dejar el corazón de la máquina al descubierto, para deleite de los presentes, que se agolparon a fotografiar semejante belleza mecánica.

    [​IMG]

    —Mira que trompetas de admisión ¡Ni Louis Armstrong! Un momento —Sébastien detuvo sus palabras, extrañado—. ¿Un V8?

    —De Corvette.

    —¿Cómo? ¿En un coche italiano?

    —Bizzarrini se dio cuenta de que la respuesta del V8 era más directa que la de los V12 de origen Ferrari. Por no hablar de la diferencia de mantenimiento. Piensa que estos coches se diseñaron para competir en las trepidantes carreras de resistencia de los años sesenta. Y lo mejor de todo es que fue el primer coche con motor central delantero.

    —¿Qué quieres decir?

    —Que buscando el mejor reparto de pesos, el V8 en posición longitudinal está colocado lo más cerca del centro posible. Fíjate si está atrasado respecto al eje delantero, que esa tapa que ves en el salpicadero permite acceder al distribuidor.

    —Están locos estos italianos.

    —La línea que separa la genialidad de la locura es muy delgada, y este coche nace en esa línea —respondió al momento el dueño del coche a mi amigo—. Joven, no he podido evitar oír su explicación sobre el coche, y es muy acertada.

    —Bueno… me gusta mucho la historia del automovilismo.

    —Perdonen, no me he presentado. Me llamo Guillaume. ¿Y usted?

    —Mi...

    —¡Jean! Se llama Jean, Y yo Antoine —interrumpió Sébastien de forma abrupta a la vez que le estrechaba la mano.

    —Y bien, ¿qué coche han traído ustedes?

    —¡Oh!, Hemos venido como meros espectadores.

    —¡Cariño! —Una elegante mujer reclamó la atención de nuestro nuevo amigo.

    —Me reclama mi mujer —se excusó—. Un placer conocerles.

    —El placer ha sido mutuo —le contesté mientras se alejaba.

    —La línea que separa la genialidad de la locura nanana nana nana… —se mofó Sébastien—. Menudo snob.

    —Anda, vamos a comer algo.

    De entre las diferentes propuestas culinarias, para todos los bolsillos, escogimos los perritos calientes que una joven cocinera preparaba dentro de una Renault Estafette, remozada para servir como foodtruck. Nos sirvió un par de bocadillos y unas cervezas frías que nos ayudaron a continuar nuestra andadura por el recinto. Paseamos entre aquellas bellezas sobre ruedas para, al fin, disfrutar de la entrega de premios, ceremonia que se inició cerca del mediodía, y que finalizó alrededor de las cinco de la tarde, con un desfile de los ganadores como broche final a tan animada jornada.

    —Mira, Michel. El Iso se mueve.

    —Voy a sacar el iPad.

    —Lo cargan en ese camión —Me señaló Sébastien.

    —Pues tenemos un problema —Observamos estupefactos como el camión partía con el Iso cargado en la parte superior.

    —Vamos al Mercedes —Me reclamó las llaves con su mano derecha—. Yo conduzco.

    [​IMG]

    Seguimos al precioso camión de la Scuderia Bizzarrini y al Maserati Quattroporte que lo escoltaba, conducido por el señor Guillaume. Mantuvimos una distancia prudencial durante más de doscientos kilómetros, hasta que pasado el peaje de Fleury-en-Bière, se desviaron hacía un desierto polígono industrial. El séquito se detuvo delante de un restaurante y los pasajeros de ambos vehículos, entraron en él.

    —¿Habrán parado a cenar, Séb?

    —Vamos a averiguarlo —Se bajó del coche y abrió el maletero. De su maleta sacó unas gafas de sol y un elaborado bigote falso, del tono de su cabello—. ¿Qué te parecen las manualidades de Phil?

    —Cada día me sorprendéis más.

    —Espérame aquí. Voy a entrar —Y mi amigo se perdió tras la puerta del restaurante.

    Después de cinco eternos minutos de espera en el asiento del copiloto, Sébastien salió y me indicó con la mano que le siguiera.

    —¿Qué ha pasado?

    —Se han parado a cenar. Están en un salón interior. Y si han pedido el menú que me ha parecido escuchar, tienen para rato.

    —¿Entonces?

    —Ni nos ven ni nos oyen, así que vamos a por Hermes —sentenció mientras nos acercábamos al camión.

    Bajamos las dos rampas traseras. Sébastien se reclinó sobre el Bizzarrini P538 Barchetta que descansaba en el piso inferior. Soltó su freno de mano, aflojó las eslingas que lo retenían y lo dejó caer, para detenerlo a una distancia prudencial que nos permitiera bajar el Iso Rivolta.

    —Trepa hasta el coche —me indicó a la vez que manipulaba el hidráulico del basculante.

    —La puerta está abierta… ¡y las llaves en el asiento!

    —Perfecto. Déjalo caer.

    E hice caso a mi compañero, y dejé que el coche rodara por las rampas hasta que tocó el asfalto. Sébastien corrió dirección al Mercedes, pero interrumpió su carrera al pasar al lado de la barchetta.

    —¿Qué coño haces?

    —¡Ganar tiempo! –Y pinchó las ruedas del lado izquierdo— ¡Vamos, Vamos, Vamos!

    El V8 yanqui despertó con un ruido ensordecedor. Engrané primera, liberé el duro embrague con mi pie izquierdo y Hermes empezó a avanzar entre una nube de polvo y pequeñas piedras, proyectadas por sus enormes neumáticos traseros. Abandonábamos raudos aquel polígono en busca de la carretera.

    [​IMG]

    Los kilómetros caían mientras surcábamos las carreteras nacionales del país galo en medio de la noche. Meterse en la autopista era jugarse el alto de los gendarmes en cualquier peaje, ya que a esas horas estarían avisados, con total seguridad, de la sustracción del vehículo.

    El Iso se mostraba eficaz en aquellas carreteras bacheadas y de asfalto maltrecho, debido al magnifico comportamiento de la suspensión, de tipo De Dion en el eje trasero, que ayudaba a su estabilidad, pero no así al confort. Y es que, los cerca de quinientos kilómetros que llevábamos recorridos se filtraban a mi columna vertebral.

    —Michel —Sonó el walkie—. ¿Estás bien?

    —¿Por qué lo preguntas?

    —Llevas un rato dando bandazos y conduces de forma errónea.

    —Tengo sueño, me duele el cuerpo de sufrir todos los baches en este incómodo asiento y ahora me doy cuenta de que el coche se está quedando sin gasolina.

    —La verdad es que llevamos un buen recorrido hecho. Vamos a parar en Gap, que está a unos pocos kilómetros. Te adelanto.

    El AMG me rebasó de forma instantánea, y lo seguí durante los ocho minutos que tardamos en llegar al pueblo que me había indicado Sébastien. Una vez en él, accedimos a una pequeña área comercial que tenía un supermercado, cerrado a esas horas, una gasolinera de autoservicio y un aparcamiento subterráneo gratuito y desprovisto de vigilancia. Nos introdujimos en él y avanzamos hasta el final del mismo, para aparcar los coches en las pocas plazas que quedaban disponibles, pues parecía que los habitantes lo usaban como estacionamiento particular. Detuve el motor y el silencio se adueñó del lugar.

    [​IMG]

    —Toma —Me lanzó Sébastien las llaves del Mercedes, mientras sacaba el bidón del maletero—. Ahora vengo.

    Me encendí un cigarro y observé como mi amigo se perdía por unas escaleras que daban a la calle, con el bidón en la mano. Me apoyé en la aleta trasera del Iso Rivolta, agotado, mientras esperaba el regreso de mi amigo. Pasados doce minutos volvió a aparecer con el bidón casi lleno de combustible.

    —¿Ves cómo nos ha sido útil el bidón?

    —Ya veo, ya —Y le ayudé a llenar el tanque del deportivo.

    Metámonos en el Mercedes a descansar un rato. Luego, haremos los últimos kilómetros de día.

    —¿Estás seguro?

    —No nos queda otra opción, Michel. Seguir ahora significa arriesgarse a tener un accidente, y quedarse todo el día aquí supondría llamar la atención de la gente que venga a comprar. Espero que, en los doscientos kilómetros que faltan hasta Levens, no nos crucemos con ningún gendarme.

    Recostamos los asientos de la berlina y nos pusimos a dormir. Sébastien había programado la alarma de su móvil para que sonara un cuarto de hora antes de las siete en punto, que era la hora a la que el supermercado abría sus puertas. Así que disponíamos de algo menos de tres horas para descansar un poco.

    Transcurrido ese tiempo, la alarma del teléfono sonó, y nos puso en pie. Medio dormido, bajé del Mercedes, saqué las llaves del Iso Rivolta, y abrí la puerta mientras Sébastien ponía en marcha la berlina. Me acomodé en el interior, me abroché el arnés de seguridad, arranqué y reanudamos la marcha, dispuestos a recorrer los últimos kilómetros hacia Levens. Surcamos preciosas carreteras y puertos de montaña. Esta vez la noche había dejado paso a un día radiante que no nos ayudaba en nuestra intención de pasar desapercibidos.

    [​IMG]

    Sobre las diez y media de la mañana entrábamos en Levens. Acerqué el morro a la puerta del garaje, que restaba entreabierta, y Víctor, que esperaba junto a otros dos hombres, pues ya había sido avisado de nuestra llegada, la levantó con celeridad para que entráramos a Hermes junto con el Mercedes.

    —¡Vaya viajecito! —Sébastien bajó del coche y se desperezó.

    —A Nasser no le gusta esto —exclamó Víctor con su característico acento de Europa del este.

    —¿Qué acabas de decir, Víctor? —respondió malhumorado Sébastien.

    —Qué a Nasser no le gusta que os expongáis de día con los coches —la voz de aquel ruso de metro noventa titubeó.

    —Escúchame, gilipollas —Sébastien puso su cara a escasos centímetros de la de Víctor. Después de más de dos mil kilómetros, aquí está el quinto coche. Así que me importa una mierda lo que a Nasser le guste o le deje de gustar ¿me has entendido? ¡Me has entendido!

    —S… sí.

    —¡Si que! —Preso de la cólera, lo agarró de las solapas de la camisa, mientras uno de los hombres metió la mano en su americana, pero Víctor abortó cualquier malvado intento al mostrarle la palma de su mano, aún sujetado por Sébastien.

    —Sí, Sébastien.

    —Así me gusta —Y lo soltó de nuevo—. Michel, vámonos de aquí. ¡Ah! ¡Y dile a Nasser que me debe una noche de hotel!

    Y Sébastien le lanzó la factura del Ritz desde la ventana del AMG.
     
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  14. Basse Corniche

    Basse Corniche En Practicas

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    19- Fat Fab


    Las dos rebanadas de pan que había introducido un par de minutos antes, saltaron de la tostadora, en un aviso de que mi desayuno estaba listo. Las saqué, y, aún humeantes, unté mermelada en ellas. Las acompañé con un vaso de zumo de naranja, recién exprimido, que bebí en dos tragos. Iba con el tiempo justo a mi cita con Sébastien, pues el cansancio producido por el agotador fin de semana que acababa de acontecer provocó que las sábanas se me pegasen.

    [​IMG]

    Hoy habíamos quedado para conocer a su amigo mecánico, del que me había hablado el viernes pasado. Por una parte no tenía muchas ganas de trabajar. De hecho, nunca había tenido un trabajo como tal. Pero por otro lado me serviría, como bien me había indicado, de tapadera a ojos ajenos.

    Bajé los escalones de dos en dos, a la vez que me ponía la camiseta. Accedí al jardín comunitario donde estaba aparcado el AMG. Pulsación del botón del mando a distancia, puertas liberadas, dos ráfagas de intermitentes, llave en el bombín, media vuelta en el contacto, breve sonido del motor de arranque que dio paso al bronco V8, y en cuestión de minutos surcaba Promenade des Anglais a velocidades poco legales, mientras esquivaba el denso tráfico matutino de un martes. Hiperactive! de Thomas Dolby me acompañaba en mi alocada carrera.



    Pasaban nueve minutos de las once de la mañana cuando llegaba, de nuevo, a la casa de mi amigo. Pero esta vez, él degustaba un cigarro en el exterior mientras esperaba mi llegada, el cual tiró al suelo en cuanto me detuve a su lado.

    —Buenos días, Séb, ¿lo llevas tú? —le dije a través de la ventana del copiloto.

    —No, llévalo tú, ya que estás ahí sentado —me contestó al abrir la puerta—. Ya te indico desde aquí, que es fácil llegar.

    —¿Dónde vamos?

    —Al Boulevard Princesse Grace de Mónaco. ¿Sabes dónde está? —A lo que asentí con la cabeza—. Pues empezamos mal si llegas tarde el primer día de trabajo.

    —Disculpa, pero me he dormido. Me acosté tarde, me puse a pensar y sin darme cuenta me dormí. Y no programé el despertador. Cuando me he levantado, ya tenía el tiempo justo —me excusé.

    —Bien, ¿en qué pensabas?

    —¿Perdona?

    —Ayer por la noche. Me lo acabas de decir ¡Despierta Michel! —Empezó a sacudir mi brazo derecho.

    —Pues en los coches que quedan.

    —Si. La verdad es que nos va a tocar correr, porque ahora las distancias son mayores.

    —¿Y qué vamos a hacer?

    —Pues ir a buscarlos, no nos queda otra solución. Tendremos que planificar bien los viajes, porque el que está en Mónaco y el que está cerca de Sisteron, aún los podremos hacer en un día —contestó con voz preocupada—. Y suerte que la corazonada de París resultó ser correcta.

    —Pues la verdad es que sí. ¿Y el de Suiza?

    —¡Ja! Ese sí que va a ser divertido. Robo con frontera incluida.

    —Ya pasamos una frontera, cuando regresamos de Sanremo con el Bugatti.

    —Por favor… La frontera entre Italia y Francia por Mentón es una broma. Si ni siquiera tiene vigilancia. Entre Italia y Suiza va a ser otro cantar —se desesperaba Sébastien—. En fin, ya llegamos.

    —¿Y quién va a ser mi nuevo encargado?

    Fat Fab.

    —¿Cómo?

    —Se llama Fabien. Es un antiguo compañero del DGSE. Es más o menos de mi edad, y está algo gordo. Siempre lo ha estado. Por eso lo llamábamos así. Él se encargaba de la parte mecánica. Un verdadero experto con todo lo relacionado con la mecánica. ¿Nunca has escuchado que los coches de policía corrían más que su homólogo de calle?

    —Pensaba que era una leyenda urbana.

    —De leyenda nada. Este tipo hacía magia.

    Dejamos la carretera y nos metimos en un pequeño camino de tierra situado entre dos edificios. Recorrimos unos veinte metros por él y aparecimos en la puerta del taller, que estaba formada por dos persianas, una cerrada y la otra a medio levantar.

    —Esto está muy escondido, ¿no, Séb? Si no sabes de su existencia, no te piensas que aquí hay un taller.

    —Ahora lo entenderás. Y por cierto, no le llames por el apodo que te he dicho antes. Lo odia.

    —¡Séb! ¡Cabronazo! ¡Cuánto tiempo sin verte! —Un hombre de complexión fuerte, con una pronunciada barriga que intentaba escapar de un mono de trabajo azul lleno de grasa, salió a recibir a mi amigo—. ¡No has cambiado nada!

    —¡Fab! ¿Qué tal estás? —Se abrazaban, se reían y se golpeaban la espalda con las manos a la par—. Mira, te presento a mi amigo Michel. Es el joven que te dije.

    —Un placer, señor Fabien.

    —El placer es mío, hijo. —me estrechó la mano—.Entremos a la oficina para charlar con más tranquilidad.

    Pasamos dentro del local y al momento entendí el motivo de la apartada situación geográfica del taller, que disponía de dos secciones bien diferenciadas. La más visible era la zona de mecánica, donde nada más entrar, un Ferrari F430 de color negro, descansaba en suspensión sobre los cuatro brazos de un elevador de columna, en reposo hasta que realizaran en él una intervención en el sistema de frenos.

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    Avancé entre la sorprendente pulcritud del lugar, algo inusual al tratarse de un taller, mientras observaba la cuidada decoración del local, con unas paredes llenas de cuadros que contenían fotografías de diferentes deportivos, la mayoría tomadas por la zona, y firmadas por la misma autora.

    Me adentré algo más y llegué a la zona de carrocería, donde la suciedad y el polvo estaban más presentes. Pasé por delante de la cabina, y observé como en su interior catalizaba la pintura recién aplicada sobre las diferentes partes de la carrocería de un Lancia Stratos. Al fondo, justo detrás de esta, el frontal desprovisto de ruedas de un Bugatti EB 110, descansaba sobre dos caballetes. Los restos de pintura en su carrocería desmontada casi al completo, mostraban que con anterioridad había sido azul.

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    —¡Michel! —Sébastien me sacó de mi asombro—. ¿Vas a pasar a la oficina o hemos de esperar más?

    —Te has quedado embobado, chico —me comentó Fabien al tomar asiento.

    —Es increíble lo que hay aquí dentro. Ahora entiendo por qué está tan escondido —Fabien empezó a reírse.

    —No muchacho. Es faena. Son coches, igual que el resto. Se pintan igual, se reparan igual y se montan igual.

    —Si usted lo dice…

    —Bueno, Fab —interrumpió Sébastien—. ¿Cómo ves mi propuesta del viernes?

    —Séb me ha comentado que buscas trabajo, pero que necesitas ausentarte con cierta asiduidad. Bien. No sé en qué andaréis metidos, y sinceramente, tampoco me importa. Pero hace muchos años que conozco a este capullo de aquí, y su palabra me vale —el comentario de Fabien provocó la risa de Sébastien—. ¿Sabes lijar?

    —Si. Y algo de mecánica básica.

    —Me vale. Estás contratado —Se levantó de la silla y me dio la mano—. Pero no pienses que te voy a pagar mucho.

    —Muchas gracias por el favor, Fab. ¿Quieres tomar una cerveza o algo?

    —No, Séb, gracias. He de acabar el Ferrari antes del mediodía —contestó mientras salíamos del taller.

    —Gracias de nuevo señor Fabien.

    —Llámame Fab, a secas.

    —¡Ah, se me olvidaba! —Sébastien, que ya había iniciado el camino hacia el Mercedes, detuvo su paso y se giró de nuevo—. ¿No me dijiste que tenías un coche japonés en venta? El chaval busca uno.

    —Sí, lo tengo en el patio de casa, justo aquí detrás. Aunque no sé si te gustará algo así.

    —¿Qué coche es? —le pregunté con curiosidad.

    —Ahora lo verás —Abrió una puerta enorme de color gris oscuro, que ocultaba el vehículo que descansaba en el patio trasero—. Vale Set, deja de ladrar.

    —¿De dónde has sacado esto, Fab? —Sébastien acariciaba al Setter inglés de su amigo a la vez que observaba el deportivo de color rojo.

    —Es de un cliente. Después de dejarse una pasta en repintarlo y acondicionarlo, se ha comprado un Nissan GT-R nuevo. Y ahora este le sobra en el garaje, y me ha pedido por favor que se lo venda. Ya sabes cómo es este tipo de gente.

    —Que me vas a contar. Unos capullos todos.

    —¿Cuánto piden por él, Fabien? —le pregunté desde el asiento del conductor, mientras acariciaba con mis manos el volante de cuero.

    —El cliente quiere dieciocho mil euros, pero me dijo que si había alguien interesado de verdad, podía bajar a quince.

    —Me lo quedo —le contesté convencido—. Mañana vengo y te lo pago.

    —¡Ah no! Mañana me lo pagas, pero el coche te lo llevas hoy, que aquí me molesta. Y como siga aquí, este peludo saltará encima del capó y lo rallará.

    —Menuda porquería te acabas de comprar, chaval. Ahí dentro, pareces un proxeneta venido a menos —se burlaba Sébastien—. ¡A disfrutarlo!

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  15. Basse Corniche

    Basse Corniche En Practicas

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    20- Apolo

    Faltaban apenas unos minutos para las diez de la mañana, y después de haber trabajado toda la semana en el taller de Fabien, me encontraba a la salida de Sospel, a los mandos de mi Nissan 300ZX TwinTurbo de reciente adquisición, dispuesto a coronar el Col du Turini y descubrir las bondades del deportivo japonés. Una de las ventajas de residir en la Costa Azul era que en menos de una hora podías llegar a una de las mejores carreteras del mundo, famosa por albergar uno de los tramos más asombrosos y peligrosos del mundial de rally, la noche del Turini, donde los pilotos se peleaban con la oscuridad, el hielo y la nieve, solo con la ayuda de las notas de su copiloto y las poderosas fareras, con la única aspiración de cruzar la meta en tan ansiada cima en el menor tiempo posible.

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    En mi caso, las condiciones climatológicas me eran más favorables, pues el sol lucía de manera radiante. Y el hecho de que fuese sábado hacía que el tráfico fuera casi inexistente. Los primeros kilómetros pasaron a un ritmo sosegado, mientras las últimas casas desaparecían por el retrovisor y yo aprovechaba para seleccionar en el equipo aftermarket el tema de The Midnight, Days of Thunder. En ese momento llegaron las primeras curvas.



    No llevaba ni una semana con el coche, pero quería ver de lo que era capaz. Aumenté el ritmo, en búsqueda de las bondades del chasis. Me resultaba difícil creer como, un coche de veinticinco años y más de mil quinientos kilos, podía ser tan ágil. Era como si un luchador de sumo fuera capaz de hacer un triatlón. Y ganarlo. Los trescientos caballos se transmitían al eje posterior, y, al no contar con ningún tipo de ayuda electrónica, abandonaba las salidas de las curvas cruzado por completo. Pero el sistema HICAS, que otorgaba dirección a las ruedas traseras, lo devolvía de nuevo a la trazada, mientras el soplido de los dos turbos, que se colaba en el habitáculo, me catapultaba en busca de la siguiente curva.

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    En cuestión de treinta minutos coronaba la cima de mil seiscientos siete metros. Había realizado una ruta que a velocidades legales se recorría en cuarenta y cinco minutos. Aparqué justo en la entrada del Hotel des Trois Vallées, salí del deportivo japonés, saqué un cigarro, lo encendí y me dediqué a observar su línea, sin creer todavía el envidiable estado de salud del que gozaba aquella unidad. En su diseño, solo algún elemento recordaba su procedencia noventera, pero en conjunto aun parecía moderno. Jamás me había planteado tener uno de los cinco samuráis que forjaron la leyenda en Europa de los deportivos japoneses en la década de los noventa. Aquel coche exótico era capaz de poner en apuros a máquinas más modernas, que duplicaban su valor. Y eso me encantaba.

    Descendí del Col du Turini por el mismo camino de subida, esta vez a un ritmo más tranquilo, cuando Sébastien me llamó.

    —Buenos días, Michel.

    —Hola Séb, ¿cómo estás?

    —Te escucho algo entrecortado. ¿Dónde estás?

    —Oh, estoy bajando del Col du Turini.

    —¿En serio? Lo tuyo es puro vicio. Escucha, deberíamos empezar a movernos. No olvides que aún nos quedan siete coches, y estamos a mediados de septiembre.

    —Muy bien ¿Qué propones?

    —Propongo salir esta tarde dirección Sisteron. Según me marca la aplicación, allí se encuentra Apolo.

    —¿Y el resto?

    —Como el otro día. Poseidón sigue en Mónaco y Artemisa en Suiza.

    —Joder, tienes razón. Más vale que espabilemos —le contesté al llevarme un baño de realidad—. Ahora mismo pongo rumbo a tu casa.

    —Perfecto. ¡Ah!, una última pregunta.

    —Dime.

    —Por casualidad, ¿no estará Mélissa contigo?

    —N… no, ¿por?

    —No está en casa, ha vuelto a pasar la noche fuera y, para variar, no responde a mis llamadas... Esta hija mía me matará de un disgusto.

    —Relájate, Séb. Si salió ayer, viernes por la noche, seguro que se fue de fiesta con sus amigas, bebería más de la cuenta y se habrá quedado a dormir en casa de alguna de ellas, tal y como hizo el fin de semana pasado.

    —Sí, quizás tienes razón. Gracias, Michel, ahora nos vemos.

    Mis palabras sirvieron para reconfortar a mi amigo, pero algo en mi interior me decía que no tenía razón. No entendía la actitud que parecía adoptar Mélissa los últimos días. ¿Sentía algo por mí, como me dejaron entrever sus ojos humedecidos días atrás, o solo jugaba conmigo? ¿Y el conductor del Ferrari? Quizás debería alejarme de ella, y evitar confundir sus sentimientos con mi presencia.

    Cerca de la una del mediodía llegué a casa de Sébastien, que ya tenía una deliciosa fideuá con sepia servida en la mesa. Nos sentamos a comer con cierta celeridad, tomamos sorbete de limón como postre, y finalizamos con dos cafés, para emprender el viaje dirección Sisteron con la máxima celeridad.

    —Aparca el electrodoméstico ese en lugar del AMG, que subo un momento al servicio y nos vamos —me indicó Sébastien mientras yo cogía las llaves de los coches para realizar las maniobras.

    Una vez fuera, sentado detrás del volante de la berlina germana la cual Sébastien había traído aquí el día que adquirí el 300ZX, esperé a que conectase la alarma, cerrase la puerta y se subiera en ella para partir.

    —¿Qué has querido decir con electrodoméstico? —le pregunté al iniciar la marcha.

    —¿Tú has visto que interior? ¡Si tiene más botones que mi lavadora!

    —Pues no te imaginas como centrifuga esta lavadora.

    —Todo lo eficaz que quieras, pero tiene demasiada electrónica —Abandonamos la zona de Niza—. Prefiero antes la sencillez de mi Alpine.

    —Va, no seas talibán —le contesté riéndome—. Por cierto, Séb, hay un tema que lleva días en mi cabeza, y que si te incómoda no hace falta que me respondas.

    —¿De qué se trata?

    —¿Por qué sigues soltero?

    —¿Cómo? —El gesto de su cara cambió.

    —Creo que hace cerca de veinte años que perdiste a tu mujer.

    —Veintidós —me corrigió—. Hace veintidós años que Marie falleció en un accidente de tráfico.

    —Más a mi favor. No eres mal tipo, y las cosas te van bien ¿Qué necesidad tienes de estar solo en esa casa tan grande?

    —Ninguna.

    —¿Entonces?

    —El amor que sentía, y que aún siento por Marie, es tan grande que jamás podré involucrarme sentimentalmente con otra mujer. Me iré a buscar sexo, pagaré por el si hace falta, ¿pero enamorarme? Mi corazón es de Marie.

    —¿Cómo sucedió?

    —¿El accidente? Ocurrió en la Moyenne Corniche —Sus ojos se humedecieron—. Un coche invadió nuestro carril, y ya no recuerdo nada más.

    —Lo siento mucho.

    —No pasa nada —Subió el volumen de la radio para escuchar mejor Eye in the Sky de The Alan Parsons Project.



    Circulábamos por la N202 entre enormes valles, pasos a nivel y pueblos bucólicos. Los ronquidos de mi acompañante, que se había quedado dormido, variaban en intensidad, mientras los kilómetros caían sin apenas esfuerzo. El Mercedes era capaz de rodar a velocidades elevadas por aquellas carreteras formadas por asfalto roto y llenas de curvas, a la vez que mantenía un enorme nivel de confort, en una muestra de habilidades que justificaban el alto coste de un vehículo así, similar al de un piso de tamaño normal.

    Sin darnos cuenta, después de tres horas de viaje, y en pleno atardecer, entrabamos en Sisteron. Un pequeño pueblo perteneciente a la región de Alpes-de-Haute-Provence, presidido por una enorme y a su vez extraña formación rocosa, de espectacular visualización.

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    —Séb, despierta —Le di pequeños toquecitos en la pierna—. Ya hemos llegado.

    —¡Que cómodo es este coche! —Se desperezó entre halagos al Mercedes—. Hay que reconocer que los alemanes trabajan bien.

    —Mejor que los franceses —le contesté a la vez que encendía el iPad—. Veamos donde se encuentra Apolo.

    —Pues mira, está a unos doce kilómetros, y se aproxima a nuestra posición por aquella carretera comarcal —E iniciamos de nuevo la marcha.

    Después de recorrer apenas cinco kilómetros más, y con la ausencia casi total de luz natural, nos detuvimos en un pequeño apeadero de tierra, en el lateral de la carretera, en medio de un silencio tan sepulcral que convertía el lugar en un remanso de paz. Pero el aullido de un motor que se acercaba a gran velocidad nos alertó.

    —Ferrari.

    —¿Qué dices, Michel?

    —Que el sonido es de un Ferrari.

    —Joder, que oído tan fino tienes.

    Y no me equivocaba. A los pocos segundos pasaba por delante de nuestras narices una preciosa unidad de 288 GTO, en un brillante Rosso Corsa, que se encargó de deleitar nuestro sentido auditivo gracias a un hermoso sonido que se desvaneció en la profundidad de aquel valle.

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    —¡Mondieu! Un GTO, ¿verdad?

    —Así es.

    —¿Vas a disfrutar, eh?

    —Disfrutaré más cuando lo deje en Levens. Vayamos a ver dónde va a pasar la noche.

    Montamos de nuevo en el Mercedes y avanzamos hasta las afueras de Sisteron, mientras las luces de xenón nos abrían camino en la noche. Recorrimos más de treinta kilómetros, tal y como marcaba el punto parpadeante en movimiento de la aplicación, que indicaba por donde acababa de pasar el Ferrari. Hasta que, de pronto, se detuvo en mitad de la nada.

    —Estamos a quinientos metros del coche. ¿Qué hacemos, Séb?

    —Aparca el AMG en el arcén de la carretera, e iremos a pie.

    Realicé la maniobra que me indicó Sébastien. Bajamos del coche, abrí el maletero y mi socio sacó un par de potentes linternas, de iluminación mediante led, dos pasamontañas, los walkie-talkie y sus respectivos pinganillos, y un estuche del fondo del maletero, que contenía una pistola.

    —Nunca se sabe —me justificó.

    Nos colocamos los artilugios e iniciamos la marcha. Avanzábamos entre los campos, agachados. Apuntábamos con las linternas al suelo, en un intento de minimizar el ruido que producíamos al romper pequeñas ramas con nuestros pasos. Después de unos minutos, llegamos a la entrada de una enorme masia

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    —¡Mira que sitio, Séb! —le dije en voz baja.

    —Tiene que ser algún tipo de casa de alquiler —Empezó a reconocer el lugar con la ayuda de su linterna—. No parece que tenga cámaras y la puerta es una verja metálica sin más. No creo que tengamos complicaciones. Aun así no nos confiemos.

    Caminamos unos pasos más hasta que llegamos a la puerta.

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    —Ahí tienes a Apolo. Descansando justo en la entrada.

    —Dime Michel, ¿lo hacemos ahora?

    —¿Para qué hemos venido?

    Sébastien trepó por el muro, y oteó el interior del recinto antes de descolgarse con sumo cuidado. Yo seguí sus pasos mientras me indicaba con las manos que disponíamos de vía libre. Agachado, avancé hacia la posición del Ferrari y abrí la puerta, que se encontraba sin el seguro. Palpé la parte inferior del volante hasta que encontré los cables que me permitieron dar el contacto. Sébastien, por su parte, abrió la verja con sumo cuidado, y dejó vía libre para sacar el GTO.

    —¿Por qué no lo arrancas? —me dijo en voz baja por el walkie.

    —Si arranco esto aquí, van a tener el despertar más salvaje de sus vidas.

    —¿Y cómo pretendes sacarlo? ¿Empujando hasta Niza?

    —Mira la bajada que hace el camino. Tiene que haber unos cincuenta metros de ligera pendiente, y es casi toda recta. Tengo los cables del contacto empalmados, y el volante liberado de su bloqueo, así que puedo dejarlo caer en punto muerto, y frenarlo con el freno de mano. Y cuando estemos lo bastante alejados, engrano segunda, y suelto el embrague.

    —Cada día estoy más enamorado de ti.

    —Anda, sube, que vamos a liberar a esta belleza.
     
    Última edición: 12 Ene 2019
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  16. Basse Corniche

    Basse Corniche En Practicas

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    21- Resaca

    Unas leves sacudidas producidas por la compresión de los cilindros en su negativa a trabajar, previas al arranque, y el V8 italiano volvió a despertar, después de haber descendido la pendiente de acceso a la casa en punto muerto para alcanzar la velocidad adecuada y así poder engranar la segunda velocidad para arrancarlo.

    Salimos de nuevo a la carretera donde estaba el Mercedes estacionado. Nos detuvimos a su lado para que Sébastien, de forma apresurada, abandonara el deportivo italiano. Se acercó a la berlina, y abrió el maletero mediante el botón que el mando a distancia tenía para dicha función.

    —Michel —me dijo mientras guardaba los pasamontañas en el maletero—, regresamos a Levens por la N202. Yo iré delante, ¿de acuerdo?

    Subí la ventana, y pusimos rumbo al garaje de entrega, que se situaba a unos ciento setenta kilómetros de nuestra posición. El problema residía en que los bucólicos pueblos del viaje de ida, de noche daban paso a una carretera traicionera, oscura, y que aumentaba su peligrosidad con la aparición intermitente de agua, como había sucedido a lo largo de la tarde.

    Abandonamos Sisteron y empezamos a rodar a ritmos elevados. La iluminación del Mercedes era muy superior a la del Ferrari, lo que facilitaba bastante el camino de vuelta.

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    A los pocos minutos, las primeras gotas hacían acto de presencia. Primero cayeron de forma tímida sobre el cristal del 288 GTO, pero en cuestión de segundos, incrementaron el ritmo hasta convertirse en un importante aguacero. Intenté mantenerme concentrado y aplacar mis nervios. Disfrutaba con la conducción de semejante máquina en esas condiciones, pero en mi cabeza resonaban las palabras que Sébastien me dedicó dos semanas atrás con el robo de Afrodita. Cualquier error haría que el precio a pagar fuese muy elevado.

    De la radio original asomaba una cinta de casete de color blanco hueso. La empujé con suavidad y empezó a sonar Riders on the Storm de The Doors.



    Rodábamos a velocidades constantes, sin perder de vista la estela del Mercedes, que me servía de guía para no acabar en la cuneta. Pero de pronto, cuando faltaban unos cien kilómetros para llegar, Sébastien empezó a aminorar la marcha.

    —¿Ocurre algo, Séb?

    —Pues se acaba de encender la luz de motor y el coche da tirones. Parece como si fuera con uno o varios cilindros menos.

    —Por lo que me dices, tiene pinta de que algunas bobinas han dicho basta.

    —¡Malditos alemanes!

    —Para en cuanto puedas y lo miramos.

    —¡No, no, no! —me gritó—. Dentro de cinco kilómetros llegamos a Saint-André-les-Alpes. Yo me pararé y ya me buscaré la vida, pero tú sigue hasta Levens.

    —Pero no quiero que te quedes aquí solo, de noche y lloviendo.

    —Y yo no quiero que por un casual pase una patrulla de gendarmes, y vea un Ferrari de ese calibre y un Mercedes AMG aparcados en un pueblo perdido, de noche. Una feria llamaría menos la atención.

    —Tienes razón.

    Seguí detrás de mi amigo hasta que entramos en el pequeño pueblo de montaña. El AMG viró a la izquierda en la primera bifurcación, y se adentró en un vasto aparcamiento público, casi desierto.

    —Ve con cuidado —sentenció mi amigo antes de que la cobertura de los walkies se desvaneciera a la par que aumentaba la distancia entre los dos coches.

    Por suerte había dejado de llover, y el cielo se despejaba cada vez más. Una majestuosa luna llena iluminaba de azul aquella solitaria carretera de montaña, y hacía que transitar por ella a los mandos de semejante máquina fuera una delicia. Los dos turbocompresores IHI de fabricación japonesa soplaban en mi nuca, y se encargaban de aumentar la potencia hasta los cuatrocientos caballos, que galopaban en la noche con la fuerza de un pura sangre, mientras intentaba domarlos mediante la precisa palanca de cambio y su rejilla desnuda en aluminio, símbolo inequívoco de los Ferrari de finales de siglo pasado.

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    Poco antes de las tres de la madrugada, entraba en Levens. Aminoré la marcha para no romper con el ruido que emitían las cuatro salidas de escape el silencio que reinaba y así no molestar a aquel pequeño pueblo que dormía. Al llegar a la altura del garaje, divisé a Víctor que, apoyado en la puerta, miraba la pantalla de su teléfono móvil. Alzó su mirada al percatarse de mi presencia, y levantó la persiana al momento, para facilitarme la entrada.

    —¿Te ha avisado Sébastien? —le pregunté mientras bajaba del coche.

    —Sí, me ha enviado un mensaje. También me ha escrito que el Mercedes ha sufrido una avería y que no tienes medio de volver a casa.

    —Así es.

    —Te acercaré.

    —Gracias.

    Víctor cerró la puerta del garaje por dentro. Cruzamos el interior del edificio, accedimos a una minúscula oficina, y salimos por una pequeña puerta situada en la parte trasera, que daba a una estrecha calle. Antes de cerrar, observé por última vez la musculosa silueta de Apolo, inmóvil en su nuevo hogar.

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    —¿Quieres uno? —le acerqué el paquete de tabaco.

    —No fumo.

    —Oye, siento mucho lo que sucedió el otro día con Sébastien –Me encendí el cigarro.

    —Olvídalo –Pulsó el mando a distancia de su coche, que con dos señales luminosas nos indicó su posición, y heló mi corazón en una fracción de segundo—. ¿Subes?

    —S… si —le contesté antes de abrir la puerta de aquel Ferrari 458 Italia con la misma placa de matrícula que el que vino a recoger a Mélissa días atrás.

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    —¿Dónde te llevo?

    —Déjame en Niza.

    Y esas fueron las últimas palabras que crucé con Víctor durante el trayecto. Nos abrochamos los cinturones, arrancó el coche, empezó a sonar Gruppa Krovi de Kino, y salimos dirección a la bella ciudad.



    Al cabo de treinta minutos llegamos a la zona del Aeropuerto Niza-Costa Azul, lugar donde le había indicado a Víctor que me dejase, ya que estaba a tres kilómetros del apartamento. Yo necesitaba caminar y pensar. Se apartó en un lateral de la calzada, y me bajé de la berlinetta italiana, ante la curiosa mirada de una joven pareja que se besaba en un solitario banco de piedra. Le agradecí el gesto y me respondió con su dedo pulgar levantado desde el habitáculo. Segundos después, los dos pilotos redondos se perdieron en la distancia.

    Eran las cuatro de la mañana y soplaba una ligera y fría brisa. Pero algo ardía en mi interior. La angustia que me atormentaba desde hacía dos semanas, por ponerle cara al misterioso acompañante de Mélissa, quedó resuelta. Pero a la vez se abrían un millón de interrogantes que agitaban mi cabeza y me resultaban imposibles de responder. ¿Qué hacía Mélissa con Víctor? ¿Desde cuándo se conocían? ¿Conocería también a Nasser? ¿Y aquella mirada a la matrícula del Mercedes? ¿Y la forma tan extraña de actuar de los últimos días, sin contestar las llamadas de su padre? ¿Y si Sébastien se enterase de todo esto? ¿O quizás sabía algo? Demasiadas preguntas con difícil respuesta.

    Llegué a mi apartamento, agotado, mientras sentía como me faltaba el aire. Solté mis cosas sobre la mesa, cogí un vaso de la encimera, la botella de Ron Clement del mueble bar, y empecé a beber hasta perder la noción del tiempo.

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    Abrí los ojos y lo primero que divisé fue la botella en el suelo, a mi lado, con el resto de su contenido derramado. Lo que no estaba en el suelo, debía estar en mi organismo. Eso explicaría el enorme dolor de cabeza que tenía. Me levanté de mi improvisada cama algo mareado, recogí la botella del suelo y junto con el vaso, los dejé en la encimera de la cocina. Fregué los restos de locura de la noche anterior y me metí en la ducha, para intentar despejar mi cuerpo y mi mente bajo el agua tibia que emanaba del grifo.

    Algo más despejado, abandoné el apartamento. Cerré la puerta y bajé las escaleras en busca de la calle, pero al pasar por delante de mi vacía plaza de aparcamiento, recordé que tenía que ir a buscar el Nissan a casa de Sébastien, el cual esperaba que hubiese podido solventar el problema con el Mercedes. Así pues, sin coche, y sin ganas de conducir, me dirigí a la parada de autobús que había en Route de Vespins, justo en dirección opuesta al mar. Esperé a que llegara el número doscientos de la compañía Lignes d’ Azur, que era el que mejor me iba para llegar a mi destino. Me senté en la parada y apoyé mi cuerpo en el cristal de la misma, mientras una señora mayor me observaba de reojo. A saber qué barbaridad pensaba de mí y mi aspecto. Al cabo de diez minutos, el autobús hizo su aparición.

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    Me incorporé y el conductor abrió las puertas de acceso al vehículo. Espere a que un par de personas bajaran del mismo y subí. Saludé al conductor, sin obtener respuesta, y validé el billete para acabar sentado en la parte de atrás, mientras el vehículo retomaba la marcha de nuevo. Saqué mi teléfono, conecté los auriculares y busqué en mi lista de reproducción hasta que encontré Is this love de Whitesnake, que empezó a reproducirse mientras perdía mi vista en algún punto indeterminado del recorrido.



    Después de más de una hora de viaje, dos trasbordos y un pequeño paseo, llegué al taller de Fabien.

    —Buenos días.

    —O buenas tardes mejor.

    —No sé ni qué hora es.

    —Las tres y media. Oye, tienes mala cara —preguntó con cierta preocupación—. ¿Os ha pasado algo esta noche?

    —¿Nos?

    —Sébastien me llamó ayer por la noche y me dijo que se había quedado tirado con un Mercedes Clase S, en un pueblo perdido de la Route de Grenoble. Y ahora entras tú con esa cara de zombi y ese olor a whisky…

    —¿El Mercedes?

    —Sí, ahí está, en el elevador.

    —¿Qué le pasa?

    —Que le pasaba —me corrigió Fabien—. Todas las bobinas de la bancada derecha han fallado. Pero ya está arreglado. Las tenían en el servicio oficial y Dominique las ha ido a buscar en un momento.

    —¡Ei, Domi! —Me devolvió el saludo el hijo de Fabien, desde el fondo del taller, con las manos puestas en la carrocería del Bugatti—. Entonces, entiendo que no llegó aquí por sus propios medios.

    —Que va. Séb me dijo que el coche no era suyo y me contó no sé qué historia con el seguro, que si no le cubría, que si iban a tardar, y no recuerdo que cosas más. Además, con la pésima cobertura que tenía allí, le escuchaba entrecortado. Así que al final me presenté con el camión y lo trajimos hasta aquí.

    —Un momento, ¿tienes un camión?

    —¡Bueno! ¿Qué pasa con mi camión? ¡Si es un Daf antiguo! —contestó riendo—. Ayer, Séb, igual. Cuando me vio llegar con el camión, empezó a decirme que si no sabía que lo tenía, que porque no le había dicho nada y blablablá… yo estaba más pendiente de no tocar los espejos con las paredes al entrar.

    —¿Cómo con las paredes? ¿Es cerrado?

    —Pues claro que es cerrado. No me interesa que se vean los coches que traigo aquí.

    —Increíble —le contesté asombrado—. Voy a cambiarme.

    Me puse a lijar, junto con Dominique, la carrocería del Bugatti. Mientras realizaba la monótona tarea que se me había encomendado, la resaca se desvaneció, y me permitió pensar con más claridad en lo que había visto la noche anterior. Aceptaba que Víctor fuese un tipo atractivo, tanto como para captar la atención de Mélissa, pero me costaba creer que el ayudante de Nasser y la hija de mi amigo estuvieran juntos por simple casualidad. Con la cantidad de jóvenes que hay en el mundo, y tenía que ser él. Y si Mélissa iba en busca de dinero, estaba en la zona perfecta para encontrar a cualquier otro idiota millonario. Pero no me parecía ese tipo de mujer. Por otra parte, no estaba tan convencido de que Víctor no supiera que Sébastien era el padre de Mélissa, pero visto el aprecio que este le tenía, se exponía mucho yendo a buscarla a su casa. Y a mí no se me ocurrió otra cosa que pedirle disculpas la noche anterior. Maldito idiota.

    —Michel. Vamos a cerrar.

    —¿Ya son las siete? —enfrascado en mis pensamientos mientras lijaba el EB110, había vuelto a perder la noción del tiempo.

    —Si quieres quedarte, por mi perfecto, pero no te pienso pagar las horas extras.

    —Gracias por la generosa oferta, pero me marcho. Por cierto ¿te ha comentado algo Sébastien de cuando vendrá a por el Mercedes?

    —No. Simplemente me dijo que no le corría prisa. Y la verdad, se me ha olvidado avisarle.

    —No te preocupes, se lo llevo yo ahora, que voy a verle —le dije mientras montaba en el coche.

    —De acuerdo. Así lo pruebas, y ya mañana o cuando vengas de nuevo, me dices que tal va.

    —Descuida, que mañana estoy aquí con la lija en la mano. ¡Nos vemos! –me despedí de él mientras salía de nuevo a la Basse Corniche.

    El coche se sentía más fino que nunca. No era muy común que con sesenta mil kilómetros tuviera esa avería, pero no dejaba de ser una máquina. A los pocos minutos, enfilaba de nuevo la carretera que conducía a casa de Sébastien, cuando a unos trescientos metros para llegar, el Porsche 911 de Mélissa, con ella a los mandos, pasó en sentido contrario como una exhalación. Era tal la velocidad que llevaba, que no se dio cuenta de que yo subía con el AMG.

    Llegué a casa de mi amigo y llamé al timbre, pero esta vez no salió él a recibirme.

    —Hombre Michel, ¿Cómo estás?

    —¿Qué haces tú por aquí, Phil? ¿No está Séb?

    —Si está dentro —Philippe se acercó y bajó su tono de voz—. Se acaba de discutir con Mélissa. Se han gritado fuerte. Ella se ha ido enfadada y él se ha quedado dentro, algo disgustado por la situación vivida.

    —Eso explica por qué la he visto bajar como un rayo.

    Entramos de nuevo en la casa de mi amigo, que se encontraba absorto, con la mirada perdida en un punto indefinido de la pared. Ajeno al transcurso de la película Ronin, que emitían por televisión, sujetaba un cigarro en su mano, que se consumía sin apenas degustarlo. Que persecución más emocionante protagonizaba el M5 por París.

    [​IMG]

    —¡Hola, Séb!

    —Hola, Michel. No te he escuchado llegar —levantó la cabeza y me miró—. Vaya ojeras tienes, muchacho.

    —No he dormido bien. He venido con el Mercedes, que ya está arreglado.

    —¿Te ha dicho Fabien cuanto le debo por la reparación?

    —No te preocupes, ya me encargo yo de eso —Me senté a su lado.

    —Pues has llegado en el momento oportuno.

    —¿A… así? —Empecé a asustarme, por si Sébastien me decía cualquier cosa que no quería escuchar.

    —Si —contestó Philippe—. Séb me ha enseñado la aplicación y hemos pensado que quizás este fin de semana vamos a por Artemisa.

    —El que está en Suiza.

    —Exacto. Poseidón sigue en Mónaco, y si lleva tres semanas ahí dudo que se mueva a otro lado —contestó Sébastien—. Prefiero ir a buscar primero a Artemisa.

    —Y hemos pensado aprovechar el viaje y hacer algo de turismo.

    —¿Cómo?

    —Lo que dice Phil es que, por lo menos a mí, me apetece desconectar un poco. Llevamos un mes bastante duro. Y al mirar la aplicación, hemos visto que el coche está en Romanshorn. Hemos buscado información acerca del pueblo, y parece bastante tranquilo —Me acercó su teléfono móvil para enseñarme una fotografía del lugar.

    —Tiene pinta de ser muy placentero —le devolví el teléfono—. Pero ir vosotros solos.

    —¿No quieres venir?

    —No me apetece, la verdad. Yo, cuando me digáis, os acerco al aeropuerto, y el viernes o el sábado, o cuando decidáis, voy yo con el Mercedes.

    —No, mejor ven tú en avión, y nosotros te vamos a buscar al aeropuerto de Zúrich, que me parece que está a una hora más o menos.

    —De acuerdo. Entonces, ¿subís vosotros con el Mercedes?

    —No, con la Renault Master, por si fuera necesaria.

    —¿Y llegará?

    —¡Eh! —interrumpió Philippe—. ¡Demuestra más respeto por Jacqueline! ¡No es de esas mujeres que te dejan tirado!

    —Eres un cachondo, Phil —me levanté de nuevo de la silla—. Pues así lo haremos. La visita ha sido un placer, pero vuelvo a casa.

    —¿No te quieres quedar a cenar? —preguntó Sébastien.

    —Sí, estoy haciendo unas tostadas al horno, de lomo, con queso fundido por encima y sazonado con finas hierbas y un poquito de orégano.

    —Joder, Phil. Así no puedo negarme.
     
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  17. bigwave

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    Como va la 2a parte?
     
  18. Basse Corniche

    Basse Corniche En Practicas

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    A ver si vuelve la musa
     
  19. Basse Corniche

    Basse Corniche En Practicas

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    22- Calma tensa


    Le di las últimas caladas al cigarro, lo apagué en la papelera habilitada para ello que estaba justo a mi lado, y me adentré en el aeropuerto de Niza. Eran las nueve y media, y mi vuelo hacia Zúrich no despegaba hasta dentro de dos horas. No tenía que facturar equipaje, pues solo llevaba una maleta de mano, pero los nervios producidos por un ligero temor a volar, provocaron que la noche anterior fuera un constante ir y devenir al servicio con nauseas. Salí de casa después de ver pasar casi todas las horas en el reloj. Me resultaba incomprensible ver cómo era capaz de arriesgar mi vida a altas velocidades a bordo de aquellos deportivos de ensueño, y temer a uno de los transportes más seguros del mundo, si no el que más.

    Pasé el control de seguridad y me adentré en la zona reservada para pasajeros. Me dirigí a un quiosco, donde adquirí la revista Octane, atraído por los Lancia de competición que salían en portada con decoración Martini. Espectaculares. Me senté en una de las mesas de la cafetería que había en el enorme hall, y pedí un café con leche y un croissant, que degusté mientras ojeaba la interesante revista sobre clásicos.

    [​IMG]

    Cuando faltaban treinta minutos para las once, emprendí mi camino hacia la puerta de embarque de EasyJet, que era la compañía encargada de operar el vuelo. No parecía viajar mucha gente en el avión, pues la cola no era muy larga. Le entregué mi billete adquirido dos días atrás a la azafata que me lo solicitó para poder validarlo, y permitirme así el paso hacia la aeronave. Entré en el aparato, me acomodé en el asiento más próximo a la ventana derecha de la tercera fila, y saqué los auriculares para escuchar música e intentar relajarme. La casualidad quiso que la canción que empezó a sonar fue Space Oddity de David Bowie.



    Una vez todos los pasajeros a bordo, y realizadas por parte de la tripulación las explicaciones de seguridad obligatorias, el avión empezó a realizar las maniobras pertinentes para situarse en el principio de la pista de despegue, la que abordó en cuestión de segundos en una carrera para alcanzar la velocidad suficiente que le permitiera levantar el vuelo. Ya en el aire, los afortunados poseedores de asiento con ventana disfrutaron de unas magníficas vistas del aeropuerto y sus pistas, que parecían flotar en el mar.

    [​IMG]

    Sobre la una del mediodía, la aeronave aterrizaba en el aeropuerto de Kloten sin ningún tipo de incidencia en el viaje. Tras veinte minutos, después de caminar por el interior del edifico unos cuantos metros, llegué al vestíbulo. En él se agolpaban decenas de personas que esperaban la llegada de sus familiares, clientes o amigos, tal y como suponía que harían Sébastien y Philippe, mientras intentaba divisarlos entre un mar de cabezas.

    —¡Jean! ¡Jean! —gritaba un eufórico Sébastien.

    —Que capullo estás hecho —Y nos fundimos en un abrazo.

    —¿Jean?

    —Si, Phil. Que te lo explique él.

    —Lo llamé así delante del dueño de Hermes, para ocultar su identidad.

    —¡Venga un abrazo, primo Jean! —Me apretó contra su barriga mientras Sébastien se reía.

    —Ya veo que os han sentado bien los aires de Suiza.

    Nos dirigimos los tres al enorme estacionamiento exterior del aeropuerto, y fuimos en busca de la Renault Master, que se encontraba a apenas unos metros de la salida. Sébastien se puso al volante y Philippe se sentó en el asiento central, para dejarme a mí el más cercano a la ventana. Nos pusimos en marcha acompañados de The Look de Roxette.



    —¡Hombre! Por fin ponéis buena música.

    —Claro, estamos en Suiza, y ponemos cantantes suizos.

    —¡Pero si Roxette son suecos!

    —Suecos, suizos… qué más da —contestó Phil—. ¡Es buena música igual!

    —En fin… ¿Habéis averiguado algo?

    —Si. Artemisa está en una casa museo llamado Autobau, que se encuentra a un kilómetro y medio de nuestro hotel.

    —Genial. ¿Y habéis entrado?

    —¿Para qué?

    —¿Cómo que para que, Séb?

    —Hemos estado de vacaciones. Y el coche no se ha movido ni un ápice en estos días, porque está en un museo.

    —¿En serio?

    —No. Pero me encanta ponerte nervioso —Y empezó a reírse.

    —Michel —interrumpió Philippe—, no hemos entrado porque solo abren miércoles y domingo. Cuando nosotros llegamos, ya habían cerrado.

    —Exacto. Así que ahora, Michel, relájate y disfruta de tu estancia en Suiza. Y mañana por la mañana iremos a ver de qué coche se trata.

    Al cabo de unos minutos, entramos en el tranquilo pueblo de Romanshorn. Mis amigos habían seleccionado un antiguo castillo del S XV a orillas del lago Constanza, y que había sido acondicionado en un lujoso hotel de reciente apertura.

    [​IMG]

    —Qué lugar tan increíble. Ahora entiendo porque estáis tan relajados. Si solo el ambiente ya reconforta.

    —Vamos al interior a dejar tu maleta, y salgamos a pasear un poco.

    Deambulamos por el pueblo, donde las bien conservadas casas de finales del S XIX de estilo centro europeo se mezclaban con construcciones más modernas. Entramos en diferentes bares y degustamos variadas cervezas mientras escuchaba como mis amigos me explicaban su agotadora semana de turismo suizo. Antes de caer la noche, de camino al hotel, nos detuvimos en un restaurante llamado Panem. Atraídos por la modernidad del edificio, con sus paredes de cristal, y la minimalista pero cálida decoración que se observaba desde el exterior, decidimos entrar a cenar.

    Al acceder al interior, nos recibieron los acordes de Black Magic woman de Santana, interpretada de forma magistral por la banda que amenizaba la cena de los comensales desde el pequeño escenario instalado de forma permanente al fondo del local.



    —Acompáñenme, por favor —nos indicó en nuestro idioma una preciosa camarera de bella silueta y preciosa sonrisa, que nos guió hasta nuestra mesa.

    —Y bien, Séb ¿ya estás más relajado? —le pregunté al tomar asiento.

    —¿Qué quieres decir?

    —Qué el otro día en tu casa estabas cabizbajo. Como abatido. Y tú mismo lo dijiste, que necesitabas unas pequeñas vacaciones.

    —El otro día discutí con Mélissa.

    —Por alguna tontería, supongo.

    —¡No! —Se alteró—. ¡El hecho de que no conteste a mis llamadas no es ninguna tontería!

    —Relájate, Séb…

    —Perdona Phil —Moderó de nuevo su tono de voz—. No sé qué le pasa, no sé porque últimamente actúa así. Quizás yo me estoy haciendo mayor, pero creo que no cuesta nada decir a donde va, o contestar una llamada de teléfono. Si sabe que por mi parte tiene libertad total para hacer lo que le plazca y hablar de lo que quiera…

    —No se lo tengas en cuenta, Séb.

    —Además. Estos días hablando con Phil, creemos que…

    —Que Mélissa tiene una relación, ¿verdad? –contesté ante la sorprendida reacción de mis amigos.

    —¿Lo sabías?

    —No Séb, no lo sabía. Pero ¿recuerdas el día que vino aquel Ferrari a buscarla a casa?

    —Si

    —Pues lo conducía un hombre

    —¿De mi edad?

    —¡No! Me refiero que no era ninguna amiga.

    —Joder, de verdad que no entiendo a mi hija —Sorbió de la copa de vino que nos habían servido—. ¿Y porqué no me ha dicho nada?

    —Dale tiempo, Séb –interrumpió Philippe—. No creo que tu hija te oculte nada. Simplemente no estará preparada. Quizás se están conociendo, quizás solo es un amigo. Quién sabe.

    —Phil tiene razón, Séb. No le des más importancia.

    —¿Me permiten, caballeros? –El camarero hizo espacio para servir los platos.

    Una vez terminada la cena, nos dirigimos al hotel, que se encontraba a apenas cien metros del restaurante. Accedimos a nuestras respectivas habitaciones para descansar bien antes del encuentro con Artemisa. En el momento que sacaba mi pijama de la maleta y me disponía a meterme en la cama, observé desde la ventana de mi habitación con vistas al lago, como Sébastien había salido a fumar un cigarro. Así que decidí bajar y hacerle algo de compañía.

    [​IMG]

    —¿Alimentando los fantasmas?

    —¿No deberías estar acostado, Michel? —me contestó tras dar una calada.

    —Eso no responde mi pregunta.

    —Me preocupa Mélissa. Eso es todo.

    —¿Seguro que solo es Mélissa tu preocupación?

    —¿Quién sino?

    —Quién no. Que.

    —¿Qué quieres decir Michel?

    —Creo que, dejando a un lado tu malestar con tu hija y su pequeña rebeldía, tu verdadero tormento es el pensar si has sido buen padre para ella.

    —Y luego soy yo el que se fija en los detalles.

    —Deja de pensarlo, porque te aseguro que te tiene en un pedestal. ¿De acuerdo?

    —Si —Tiró la colilla y se levantó de la arena de la orilla donde se había sentado—. ¿Sabes una cosa?

    —Dime, Séb.

    —Estaba convencido que Mélissa sentía algo por ti. Me hubiese encantado veros juntos.

    —Te faltaba a ti eso, aguantarme a mí de yerno —y empezamos a reírnos—. Anda, vamos a dormir, que mañana será un día duro.

    Al día siguiente me desperté con los primeros rayos de sol. Me dirigí al baño para ducharme y mudarme con ropa limpia. Guardé todo en la maleta y la dejé preparada. Bajé al restaurante del hotel, y pedí un café, mientras esperaba que mis amigos aparecieran, hecho que no tardó en suceder. Me acompañaron en mi desayuno y salimos a visitar el escondite de Artemisa.

    —¿Vamos a pie?

    —No, Michel. Vamos con la furgoneta.

    —¿No dijisteis que estaba cerca?

    —Sí, pero Jacqueline siempre nos será más útil allí, que no aquí aparcada.

    Subimos a la Renault Master y en poco más de siete minutos recorrimos los mil quinientos metros que separaban el hotel del museo. Accedimos a un enorme recinto, la estacionamos en una de las plazas habilitadas y, al bajar, nos quedamos asombrados ante la magnitud del lugar. Lo que parecía una vieja y enorme fábrica, había sido transformada en un museo, y al lado de esta, habían construido un nuevo edificio, que cumplía las funciones de taller de coches clásicos y de alta gama.

    [​IMG]

    Faltaban unos minutos para las diez, momento en el que el museo abría sus puertas.

    —Vamos a comprar un par de entradas, Michel.

    —¿Tu no vienes, Phil?

    —No. Voy a alejarme con Jacqueline para estrenar este nuevo juguetito —sacó de una maleta enorme que había en la parte de atrás un dron de generosas dimensiones, equipado con una cámara—. Así estudiaré el lugar, y las posibles entradas desde el aire.

    —Míralo, Séb. Es como un niño.

    —No tiene remedio… Michel, saca el iPad.

    Encendí la tablet, y, antes de alejarnos de la furgoneta, esperé a que la aplicación cargara. Pero al momento me di cuenta de que teníamos un gran problema.

    —Artemisa no está.

    —¡¿Que?! —contestaron al unísono mis estupefactos compañeros.

    —Déjame ver —Sébastien me quitó la tablet de la mano para comprobar con resignación el contratiempo que nos había surgido.

    —Séb, ¿no me comentaste que Nasser os explicó que los localizadores de los coches se alimentaban de la corriente del mismo?

    —Sí, ¿por?

    —Porque esos aparatitos llevan una batería especial, que es capaz de aguantar dos y hasta tres meses sin carga. Pero si el coche lleva más tiempo parado, se habrá agotado.—¡Maldita nuestra suerte, joder! ¡Si lo llego a saber, venimos antes!

    —No te pongas nervioso, Séb. No es culpa tuya —Intenté aplacar su enfado—. Vamos a seguir tal y como teníamos planeado y una vez estudiado el lugar, ya se nos ocurrirá algo.

    —Tienes razón. Vamos a comprar las malditas entradas de una vez, que están a punto de abrir.

    Dejamos a Philippe entretenido con su nuevo juguete, mientras Sébastien y yo nos dirigimos a la puerta para adquirir las entradas. Faltaban un par de minutos para la apertura, y con ellas en nuestro poder, nos pusimos detrás de un grupo de tres adolescentes que esperaba con impaciencia el momento para entrar. Y no había nadie más. La ubicación del lugar, lejos de cualquier gran urbe, en un pueblecito perdido en un extremo de Suiza, no facilitaba su visita de forma regular. Quizás por eso solo abrían dos días a la semana.

    —Vamos, Séb, que ya han abierto —Y accedimos al edificio.

    —¡Madre del amor hermoso! ¿Tú sabías de la existencia de este sitio, Michel?

    —Para nada. Estoy tan impresionado como tú.

    El lugar albergaba más de medio centenar de coches de toda clase y épocas, repartidos a lo largo de dos plantas. Míticas joyas de rally de los setenta, campeones de resistencia de los sesenta, súper deportivos actuales, clásicos americanos, y hasta prototipos se reunían en el interior de aquel edificio, expuestos con sumo cuidado. Algunos colocados en dioramas que representaban tramos de circuito, otros ordenados según su año de fabricación, y todos documentados a la perfección mediante un pequeño atril que contenía el nombre, el año de fabricación y otros datos de interés del vehículo al que escoltaban.

    [​IMG]

    —Cualquiera de estos coches podría ser Artemisa —le comenté en voz baja—. Vamos a tardar en averiguarlo.

    —Quizás no tanto Michel. Fíjate en esta planta.

    —¿Qué le pasa?

    —Están todos los coches muy limpios, los decorados son nuevos, y, pese a haber fregado el suelo, quedan marcas de rodadas recientes.

    —¿Quieres decir que los han movido?

    —Exacto. Y de ser así, al ponerlos en marcha hubieran cargado la batería del localizador, quizás para aguantar una semana más. Piensa que hasta el viernes, el coche estuvo marcando su posición.

    —¿Crees que está arriba?

    —Subamos a comprobarlo —Le seguí por la escaleras que daban acceso al piso superior.

    [​IMG]

    —Pues tienes razón, aquí tienen más polvo. Pero tenemos el mismo problema. La mayoría de estos coches es un firme candidato.

    —Terminemos de ver la colección y salgamos a la calle.

    Después de deambular por el interior durante casi dos horas, regresamos de nuevo a la Renault Master, en la que Philippe nos esperaba sentado en el puesto del conductor con el motor en marcha.

    —¿Qué os ha parecido la colección?

    —La colección es espectacular —le contesté al subir a la furgoneta.

    —Tan espectacular que cualquiera podría ser el elegido.

    —¿Tantos coches hay, Séb?

    —Y a cada cual más raro, Phil. Vamos a comer, que son cerca de la una. Con el estómago lleno pensaremos mejor como actuar.
     
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  20. Basse Corniche

    Basse Corniche En Practicas

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    23- Artemisa



    Nos dirigimos al mismo restaurante de la noche anterior. Esta vez, la música en directo había sido sustituida por un hilo musical que en ese instante emitía el famoso Baker Street de Gerry Rafferty, apenas audible por el murmullo de las conversaciones.



    —Y bien chicos, ¿Qué habéis visto?

    —Allí hay cerca de cincuenta coches metidos, Phil.

    —Sí. Y estoy seguro de que Artemisa se encuentra en el primer piso, cosa que reduce nuestra búsqueda a unos veinte coches —comentó Sébastien a la vez que degustaba su plato.

    —Quizás diez, según los gustos de Nasser.

    —No sé, Michel. A estas alturas ya no me sorprende nada. ¿Y tú que has averiguado, Phil?

    —He aprovechado bien la mañana —Acercó la cabeza al centro de la mesa, bajó la voz y ojeo un par de veces a su alrededor antes de hablar—. Hay un sistema de video vigilancia por todo el recinto. Hay cámaras instaladas en cualquier esquina, tanto en el exterior como en el interior. No existe un maldito punto ciego.

    —No me extraña. Con la cantidad de dinero que hay en ese edificio. ¿Podrás hacer algo, Phil?

    —¿Es que después de tantos años, Séb, aún dudas de mis habilidades? He podido acceder al sistema de vigilancia, y he recuperado las grabaciones del sábado, donde se ve que no pasa nada. Y esas serán las imágenes que emitirán las cámaras. Artemisa estará virtualmente en el mismo lugar.

    —Joder, eres un crack, Tío Phil.

    —¿Has visto algún acceso?

    —Hay una puerta en la parte de atrás. Es una salida de seguridad, cerrada mediante imanes, que solo se abre en caso de incendio.

    —¿Y la alarma?

    —Ahí está el problema. Para desbloquear la puerta, tengo que engañar al sistema indicando que hay un incendio. Pero si hago eso, la alarma tardará un minuto en activarse antes de poder resetearla, y la única forma de hacerlo consiste en introducir el código de forma manual en el panel habilitado para ello. Una vez apagada, tenéis toda la noche para encontrar el coche.

    —¿Y cuál es el código?

    —Esta es la parte más graciosa. El código solo puedo obtenerlo durante esos sesenta segundos, ya que es el único momento en que el sistema me lo muestra.

    —¿Y dónde está el panel?

    —Estaba al lado de la puerta, Séb. Lo he visto cuando hemos entrado esta mañana.

    —Y la puerta de emergencia en el lado opuesto al edificio. Menuda misión suicida —contestó desanimado.

    Acabamos de comer y nos dirigimos de nuevo al hotel. Nos pusimos a dormir para obtener el mayor descanso posible y afrontar el robo y el posterior viaje de vuelta con garantías, ya que no queríamos repetir los errores cometidos con Hermes a causa del cansancio.

    Me desperté cerca de las siete de la tarde. Cogí mi maleta y bajé a la recepción, donde esperé que mis amigos hicieran acto de presencia. Y a los cinco minutos aparecieron por las escaleras. Acompañé a Philippe fuera mientras Sébastien usaba su identidad falsa para abonar la estancia y explicarle al recepcionista que nos había surgido un contratiempo inesperado por el cual teníamos que regresar, para justificar así la inusual hora en que abandonábamos el hotel. Cargamos las maletas en la Renault y nos dirigimos de nuevo al museu.

    —¿Y las cámaras Phil? Van a grabar la furgoneta.

    —Tranquilo Michel. Ahora mismo somos invisibles. No hace falta que os pongáis los pasamontañas.

    —Pero si los guantes y las linternas —contestó Sébastien—. Y también nos hará falta esto.

    —¿Un arrancador? ¿Qué pretendes hacer?

    —Enchufarlo en la batería de cada coche, uno por uno. Así, al darle corriente, activaremos el localizador y lo mostrará en la aplicación.

    —Yo me quedo con el iPad —interrumpió Phil—. Os evito el tener que cargar con él.

    —Estupendo, Phil. ¿Listo Michel?

    —Vamos.

    Abandonamos a Philippe, que se acomodó en la parte de atrás de la Renault, y atravesamos el aparcamiento a paso ligero, hasta que llegamos a la puerta de emergencia.

    —Ya estamos en posición, Phil.

    —Muy bien. Procedo a abriros. Recordad, solo tenéis sesenta segundos.

    El sonido producido por la puerta al ser liberada por los imanes, nos avisó de que Philippe había conseguido engañar al sistema. La abrimos y nos adentramos a toda velocidad en busca del panel de la alarma.

    —Ya estoy delante del panel, Phil. Dime el código.

    —Espera Michel, Aún no he conseguido descifrarlo.

    —Treinta segundos, Phil.

    —¡Cinco, uno, cero, ocho y cinco!

    —Cinco, uno, cero, ocho, cinco —repetí en voz baja mientras marcaba los dígitos en el panel—. ¡No funciona, Phil!

    —¡Vuelve a introducirlo!

    —Cinco, uno, cero, ocho, cinco. ¡Diez segundos y esto no para, Phil!

    —¡Una vez más, Michel!

    —¡Cinco, uno, cero, ocho, cinco! —Y la pantalla mostró un mensaje que indicaba que el sistema había sido desactivado.

    —Joder, Michel… —Sébastien respiraba con dificultad tras la carrera y el nerviosismo—. Me vais a matar de un infarto.

    —En cuanto acabemos los golpes, dejo de fumar.

    —Harás bien. Toma, sube con el cargador arriba que yo voy a buscar una cosa.

    Accedí al piso superior y observé los vehículos que allí había. Intentaba adivinar cuál de todos podría ser Artemisa, cuando Sébastien apareció con un puñado de llaves en las manos.

    —¿Y eso? —pregunté sorprendido.

    —Estaban en un armario metálico, dentro de la oficina. Las llaves nunca suelen estar lejos de los coches.

    —Muy bien. Empecemos por el Porsche 911 naranja —Y abrí el capó.

    —Arrancador conectado. ¿Phil?

    —Nada.

    —Probemos el 300 SL negro.

    —Conectado de nuevo. ¿Phil?

    —Sigue igual.

    —No creo que sea este pero, vamos a probar. Déjame la llave, que voy a abrir el capó.

    —Batería conectada. Eh, ¿de dónde viene esa música?

    —Parece Flower, de Moby. La radio del coche se ha encendido al poner el arrancador.



    —¡Bingo! ¡Artemisa ya parpadea!

    —No me jodas. Michel, ¿qué cojones es esto?

    —Un espectacular Vector W8 Twin Turbo.

    —¿Y tan codiciado es?

    —Solo una veintena de unidades fabricadas de un coche capaz de superar los trescientos cincuenta kilómetros por hora, pues creo que sí, que puede ser interesante. De hecho desconocía la existencia de ninguna en Europa.

    —Pues saquemos a este unicornio de aquí.

    —Nos va a tocar hacer unas cuantas maniobras hasta que situemos el coche en el elevador.

    Conectamos el arrancador a los tres coches que se interponían en nuestra salida, para así ponerlos en marcha y dejar el espacio suficiente para que el deportivo americano pudiera pasar. Una vez el camino despejado, me acomodé en el interior del Vector y al arrancarlo recibí la bienvenida de la aún hoy futurista pantalla, que indicaba todos los valores del motor.

    [​IMG]

    Después de una hora dentro de aquel edificio, por fin poníamos a la diosa de los animales salvajes en la calle, y huíamos raudos de aquel lugar entre la complicidad de la noche.

    A los pocos minutos rodábamos por la A13, la autopista que bordeaba las fronteras de Austria primero y Liechtenstein después, sin llegar a adentrarse en su territorio. Manteníamos una increíble velocidad constante que oscilaba entre ciento treinta y ciento cuarenta kilómetros por hora. Y digo increíble porque era Jacqueline, la que, con mis dos amigos a bordo, imponía el ritmo. Resultaba poco menos que sorprendente ver como la vetusta furgoneta de escasa potencia podía mantener esos cruceros. A pocos centímetros de distancia, rodaba yo con el maravilloso Vector W8 Twin Turbo.

    [​IMG]

    La instrumentación del vehículo era espectacular, con aquellas pantallas e indicadores iluminados en ese color naranja tan ochentero, de inspiración aeronáutica, como todo el coche en general. Pese a tener más de seiscientos caballos, gracias a sus dos turbocompresores, su entrega de potencia era aprovechable. Su suspensión no resultaba rígida en exceso, y sus asientos llegaban a ser cómodos, algo raro en un súper deportivo de los años noventa, donde la forma estaba siempre por encima de la función. La cinta de casete que había olvidada en el equipo no paraba de sorprenderme con éxitos como Sunglasses at night de Corey Hart, y ayudaban a amenizar los kilómetros.



    —Michel, ¿me recibes?

    —Adelante, Séb.

    —Faltan menos de cinco kilómetros para la frontera con Italia ¿Por qué no pasas delante?

    —De acuerdo —Y con una ligera insinuación al pedal del acelerador, rebasé a la Renault Master en una fracción de segundo.

    Habíamos decidido ir por la autopista para intentar que, de alguna manera, no se repitiera la escena vivida semanas atrás entre Sébastien y Víctor, por entregar el coche de día, aunque el joven ruso no tuviera culpa de ello, ya que solo cumplía las órdenes de su amo. Además, confiábamos que Philippe tuviese razón y el bólido americano continuara mostrándose por las cámaras del museo.

    —Bien, Michel. Relájate —me dijo Sébastien a trescientos metros de la frontera—. Y deja el walkie abierto.

    El Carabinieri que custodiaba el paso a Italia por el carril que transitábamos, se quedó sorprendido al ver llegar aquel deportivo, negro, ancho, bajo y con aquella batería de luces que le otorgaba el aspecto de platillo volante.

    Me dio el alto con la baliza luminosa que sostenía con su mano izquierda, la cual colocó en posición horizontal a la altura del parabrisas. Sacó una linterna e inspeccionó el coche mientras se acercaba a mi posición, para, cegarme al levantarla a la altura del habitáculo

    —Buenas noches.

    —Buenas noches —le repliqué por la minúscula ventanilla.

    —¿Italiano?

    —Francés.

    —Me refiero al coche.

    —¡Ah! Es americano.

    —¿Americano? —Volvió a mirarlo, esta vez de forma despectiva—. Entonces no es mejor que un Ferrari. Ya puede continuar.

    —Gracias. Buenas noches —E inicié de nuevo la marcha.

    A los pocos segundos, hacían lo propio Philippe y Sébastien.

    —No te ha dicho ninguna mentira, ¿eh, Michel?

    —No sabría decirte, Séb. Esto no es tan refinado como un Ferrari, pero no creo que se quede muy atrás.

    —Sinceramente, no pensaba que nos resultase tan sencillo.

    —¿Habéis visto como tenía razón con las cámaras?

    —Eres un maestro, Phil.

    La calidad del asfalto de las carreteras italianas, cambiaba de forma radical. El pavimento, bastante deteriorado, dificultaba la tarea de mantener las velocidades constantes que habíamos disfrutado, y repercutía en el confort, que se veía comprometido, hasta transmitir, sin filtros, los baches más acusados al cuerpo.

    A medio camino, paramos a repostar en una desierta área de servicio. Sébastien y yo llenamos los tanques de combustible de nuestros respectivos vehículos mientras Philippe entró a comprar dos pares de latas de Coca Cola, para retrasar la aparición del sueño.

    Cerca de las tres y media de la madrugada, a falta de pocos kilómetros para la llegada a la frontera francesa, Philippe, que era ahora quien gobernaba la furgoneta, me indicó que abandonáramos la autopista para entrar al país galo por la frontera de Mentón, ya que, tal y como el suponía, atravesamos sin complicación al carecer de vigilancia.

    —Phil.

    —Dime, Michel —contestó en voz baja para no despertar a su agotado compañero.

    —Faltan pocos kilómetros para llegar a Levens, y he pensado en avanzarme. Así ganamos tiempo, y evito confrontaciones.

    —De acuerdo Michel, ve con cuidado.

    Quería evitar confrontaciones, sí. Pero también me apetecía probar las bondades de aquella rareza en las desiertas carreteras que conducían a Levens. A cualquier insinuación del acelerador, el coche aceleraba como si no tuviera ningún tipo de resistencia para ello, y alcanzaba velocidades de cárcel en muy pocos segundos. El ancho de vías conseguía mantenerlo firme en el paso por curva, y solo una suspensión no muy rígida mancillaba el conjunto, ya que no acababa de aportar la confianza necesaria. Aflojé el ritmo a pocos kilómetros de llegar a Levens, pues tampoco era cuestión de romper el nuevo juguete de Nasser.

    Minutos antes de las cuatro de la madrugada, el exótico deportivo, hacía su aparición en la pequeña localidad. Víctor, que descansaba en el interior de su Ferrari, salió para abrirme la puerta del garaje al verme llegar, y, después de unos segundos, Artemisa quedó en su nuevo hogar.

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    —¿Otra vez vienes solo?

    —No, ahora vendrán a buscarme.

    —De acuerdo —Y el gigante rubio se montó en su deportivo italiano para perderse en la noche.

    —A los pocos minutos, dos haces de luz amarillos en la lejanía, me indicaban que Jacqueline se acercaba a recogerme

    —¿Ya has entregado el coche? —me preguntó Sébastien medio dormido.

    —Si —le contesté mientras montaba atrás—. Ya solo nos queda uno para cerrar el grupo.

    —¿Te ha abierto el capullo de Víctor?

    —Si —y ya no obtuve respuesta.

    Después de treinta y cinco minutos, Philippe me dejó en la Route du Bord de Mer, a escasos metros del apartamento. Me quedé observando como ponía rumbo a Grasse, con un Sébastien tan dormido que no se percató de que yo había abandonado la furgoneta.

    Me encendí un cigarro que me acompañó en los últimos metros que me quedaban antes de llegar a casa. Abrí la puerta de acceso al recinto, lo lancé antes de entrar, subí las escaleras tras pasar por delante del 300ZX, que seguía en su plaza tal y como era de esperar, y entré al apartamento.

    Una vez dentro, solté la maleta encima del sofá, y me quité la ropa. Rebusqué un pijama en el armario, apagué las luces y me metí en la cama. Eran las cinco de la mañana y pensaba dormir hasta el día siguiente.

    Pero pocos minutos antes de las siete, una llamada me sacó de mi sueño y me metió de lleno en una pesadilla.
     
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  21. Basse Corniche

    Basse Corniche En Practicas

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    24- La noche más oscura



    —¿D… diga? —contesté aún dormido.

    —¿Michel?

    —¿Phil?

    —Michel, Séb ha tenido un accidente.

    —¡¿Cómo?! —Me incorporé sobresaltado—. ¿Qué ha pasado? ¿Cómo está?

    —No sé nada más, Michel. Ha tenido un accidente con el Renault 25. Me acaban de avisar. Lo llevan de camino al hospital de Niza.

    —¡Joder! ¡Voy para allí!

    —¡No, espera! Su hija no me coge el teléfono.

    —No te preocupes, Phil. Yo me encargo de eso.

    Me vestí con la misma ropa que había dejado tirada en el sofá horas antes. Salí del apartamento y apenas pisé cuatro peldaños de los resbaladizos escalones a causa de la lluvia. Desbloqueé el Nissan, lo puse en marcha y me acerqué a la verja de salida. Una vez que se abrió, las ruedas traseras empezaron a patinar en el mojado asfalto. Ni siquiera había cogido temperatura, pero poco me importaba. Cruzaba Promenade des Anglais a una velocidad endiablada, mientras sorteaba el tráfico matinal de finales de septiembre, a la vez que intentaba contactar con Mélissa, sin resultado. Aumenté la velocidad mientras sonaba Push it to the limit, tema de la banda sonora de Scarface.



    En cuestión de minutos llegué a casa de Sébastien. Aparqué en la puerta y vi como el Porsche de Mélissa descansaba en la entrada. Llamé al timbre varias veces con insistencia, pero obtuve la misma estéril respuesta.

    Acerqué la trasera del Nissan a la puerta corredera, subí al maletero y salté al otro lado. Corrí hacía la puerta de la casa y la aporreé con fuerza mientras gritaba su nombre.

    Después de tres minutos, y al creer que no estaba, decidí dirigirme de nuevo al coche, cuando de pronto la puerta se abrió, y dejó al descubierto una recién levantada Mélissa, que contaba, como yo, con pocas horas de sueño en el cuerpo

    —¿Que son esos golpes, Michel? —preguntó con los ojos medio cerrados.

    —Tu padre ha tenido un accidente con el coche.

    —¡¿Qué?! —Su voz se volvió temblorosa—. ¿Qué ha pasado? ¿Dónde está?

    —No lo sé, Mélissa, pero lo llevan al hospital Pasteur. Vístete y nos vamos.

    —Voy corriendo.

    Saqué un cigarro y lo encendí para intentar aplacar mis nervios, pues las manos me temblaban. No llegué a acabármelo que Mélissa ya apareció cambiada de ropa, lista para salir.

    Montamos en el 300ZX, ante la cara de sorpresa de Mélissa al verlo, y nos dirigimos a toda velocidad al hospital que me había indicado Philippe, en medio de una lluvia que caía con más intensidad en Niza.

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    —¿Qué ha pasado, Michel?

    —No lo sé. Me ha avisado Philippe. Se ve que salía de su casa y ha tenido un accidente.

    —¿Conoces a Philippe?

    —Sí, hemos salido alguna noche a tomar algo.

    —Joder, papá, tú no... —exclamó Mélissa ahogada en llanto.

    —Tranquila, Mélissa, no te pongas en lo peor. Quizás ha sido un golpe sin importancia y tiene un par de huesos rotos.

    Sin darme cuenta, la carpeta del USB había cambiado, y dejó paso a Una Mattina de Ludovico Einaudi.



    Eran las ocho y media cuando entramos al estacionamiento del recinto hospitalario. Aparcamos el coche en el primer sitio libre y corrimos por las escaleras de acceso hasta que llegamos al mostrador de información situado al lado de la entrada, donde un abatido Philippe hacía lo imposible para contener las lágrimas. Su rostro confirmaba que el estado de nuestro amigo no era como yo le quería hacer creer a Mélissa.

    —Está muy grave. Está en la UCI.

    —¡No! ¡Papá, no! ¡Tú no! —Abracé a una desconsolada Mélissa, que gritaba presa del dolor.

    —¿Qué ha pasado, Phil? —En mi garganta se formó un nudo.

    —No lo sé, Michel. Salía de mi casa despu… —Le interrumpí al dirigir mi mirada hacia Mélissa, que lloraba entre mis brazos—, después de salir a tomar unas copas. Pero ya hacía mucho rato que no había bebido nada. Le dije que se quedase a dormir, pero me dijo que prefería ir a casa, que no tenía sueño y estaba bien para conducir. Y a los treinta minutos me ha llamado la policía, preguntándome si lo conocía y me han indicado que lo traían aquí.

    —Joder…

    —Solo nos queda esperar, Michel —me comentó Philippe en el preciso instante que apareció Fabien por la puerta.

    —¿Qué ha pasado, Phil? —Y se fundió en un abrazo con su viejo amigo.

    —¿Los familiares del señor Cluzet? —Un médico con tono serio se dirigió a nosotros y reclamó nuestra atención.

    —Si —contestó Mélissa entre sollozos.

    —El pronóstico del señor Cluzet ahora mismo es de carácter reservado. Debido a las heridas provocadas por el accidente, el neurocirujano ha decidido inducirle al coma y proporcionarle respiración asistida. De momento solo les puedo pedir que tengan paciencia, y en cuanto haya novedades, les informaremos.

    Acto seguido, Mélissa, debido a la gravedad de la situación, cayó de rodillas, al perder todas las fuerzas y ser incapaz de sostenerse en pie por sus propios medios. En un acto reflejo, los tres nos agachamos, para evitar que se lastimara. Jamás pensamos que sucedería algo así, y desde luego, no estábamos preparados para ello.

    —Ya has escuchado lo que ha dicho el doctor, Mélissa —Seguía con la mirada perdida, sentada en una de las sillas de aquella sala de espera, en un esfuerzo por recuperarse del bajón sufrido—. Solo podemos esperar.

    —Michel tiene razón, Mél. Tu padre es fuerte y saldrá de esta —Philippe acariciaba su cabello—. Vamos, acompáñame a tomar un café, que te hará bien.

    Mélissa se fue con Philippe, agarrado a él como si su vida dependiera de ello. Yo, por mi parte, le propuse a Fabien salir un rato fuera, pues era incapaz de acostumbrarme al ambiente que se respiraba en un hospital, ya que solo despertaba en mí recuerdos pasados. Y no eran agradables.

    —¿Quieres, Fabien? —Le ofrecí un cigarro mientras nos resguardábamos de la incesante lluvia.

    —No, gracias, no fumo. ¿Qué ha pasado exactamente Michel?

    —No lo sé, Fabien. Yo dormía cuando Phil me ha llamado y me ha dicho lo que había sucedido.

    —¿Se habrá dormido?

    —No lo descarto, Fabien, pero me cuesta creer.

    —¿Por qué?

    —Verás —Exhalé el humo del cigarro—, no lo comentes con Mélissa, que no sabe nada de esto, ¿de acuerdo?

    —Entendido.

    —Volvíamos de viaje, y sí, llegamos tarde a casa. Yo me acosté cerca de las cinco de la mañana, y calculo que ellos llegarían a casa de Phil a esa hora. De hecho, el accidente tuvo que ocurrir no mucho rato después. Pero a lo que iba, me cuesta creer, porque Séb durmió cerca de tres horas en la furgoneta.

    —¿Jacqueline?

    —¿Tú también la llamas así?

    —Pues no le he metido horas de llave inglesa —Sonrió Fabien al recordar tiempos pasados—. Entonces, ¿dices que había dormido?

    —Si. Bastante rato. Aunque todo es posible, la verdad.

    —Michel —Se acercó a la par que disminuía el tono de voz— ¿tiene que ver con lo que sepa Dios estéis metidos?

    —No lo creo, Fabien. Créeme.

    —Quizás tengas razón. Sébastien jamás pondría en peligro a un amigo. Bueno, Michel, he de volver al taller. Tu ven cuando quieras, ya lo sabes.

    —De acuerdo.

    —Tengo el teléfono activo las veinticuatro horas, así que si surge cualquier novedad, llamadme por favor.

    —Descuida, Fabien —Y se perdió entre los coches del parquin, no sin antes lanzar una mirada al 300ZX, que mojado, esperaba mi regreso.

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    Entré de nuevo en el hospital, y me dirigí a la sala de espera. Mélissa y Philippe, que ya habían regresado de la cafetería, estaban sentados.

    —Haces mejor cara, Mélissa.

    —Me ha sentado bien el café.

    —¿Ya se ha ido Fabien?

    —Si. Se ve que tiene trabajo, pero me ha dicho que lo avisemos a la mínima novedad. Por cierto Phil, deberíais descansar. ¿Por qué no te llevas a Mélissa y ya me quedo yo aquí?

    —No —interrumpió Mélissa—. No me moveré de aquí.

    —Pero Mélissa, Michel tiene razón. Necesitas descansar y ya estamos él y yo…

    —Phil, no insistas, que no me pienso mover de aquí.

    —Déjalo, Phil. ¿Por qué no te vas tú a casa y descansas? Ya me quedo yo con ella.

    —De acuerdo, Michel. Voy a dormir un rato y luego volveré.

    Estuvimos en aquella sala un par de horas más, con constantes idas y venidas a la calle para fumar, en un intento de aplacar los nervios del momento, sin ningún tipo de resultado. Mis súplicas para que Mélissa comiera algo fueron en balde, y, cerca de las cuatro de la tarde, el cansancio producido por el viaje de la noche anterior, sumado a las pocas horas de sueño, hicieron que, una vez relajado el cuerpo, cayera rendido en un profundo sueño.

    Dos horas después, desperté con bastante malestar en la zona lumbar, debido a la incomodidad de las sillas de aquella sala. Miré a mi derecha y vi como Mélissa aún dormía. Era preciosa. Ataviada con un jersey, unos tejanos y calzado deportivo, y desprovista de cualquier tipo de maquillaje, resultaba aún más hermosa. Belleza al natural.

    Me levanté y me dirigí al servicio, situado en mitad del pasillo. Me lavé la cara con agua fría, para espabilarme un poco, y salí de nuevo a la calle a fumar, cuando en la entrada me encontré a Philippe, que regresaba de nuevo.

    —¿Has descansado, Phil?

    —Apenas una hora. Y dando vueltas en la cama como un imbécil. ¿Se sabe algo?

    —Todavía no. ¿Tú qué crees que ha pasado?

    —No lo sé. Cuando llegué al hospital, me pareció escuchar entre murmullos que los médicos decían que se había dormido, pero durmió horas en la furgoneta, aunque claro, tampoco descansa mucho el cuerpo apoyado en la ventana. Pero al marchar de casa, yo lo vi bien… no lo sé de verdad —Suspiró a la vez que se llevó las manos a la cabeza—. Debí haber insistido para que se quedara en mi casa.

    —Bueno, no te tortures. Ahora nada podemos hacer.

    Entramos de nuevo a la sala y nos saludó Mélissa, que acababa de despertarse. Philippe se dirigió a darle dos besos, cuando un doctor diferente al de la mañana, e igual de serio, reclamó de nuevo nuestra atención, al solicitar de nuevo la presencia de la familia del señor Cluzet.

    —¿Cómo está, doctor?

    —Bien. Las primeras horas después de un accidente tan grave son cruciales para ver cómo avanza el paciente. La presión en el cráneo, que aumentó debido a un fuerte traumatismo ocasionado por el impacto, y motivo por el cual decidimos inducirle al coma, ha disminuido. Sus constantes se han normalizado y por ello hemos decidido sacarlo del coma inducido, manteniéndolo, eso sí, sedado. Su vida ahora mismo parece estar fuera de peligro —Rompimos a llorar en un mar de lágrimas mientras escuchábamos las explicaciones del sanitario—. Aun así, le mantendremos con respiración asistida toda la noche, y esperaremos a ver como evoluciona. Las siguientes horas son cruciales.

    —Muchas gracias, doctor —exclamó Philippe.

    —Esperen, que aún no he terminado. Su brazo izquierdo quedó seriamente dañado, con cortes severos producidos por los hierros del vehículo. Pese a que lo hemos intervenido de urgencia, es pronto aún para determinar el alcance de la lesión, pero quizás pierda la movilidad en esa extremidad de forma parcial e incluso total.

    —¿Podemos verlo? —preguntó Mélissa con la voz entrecortada.

    —Ahora, en cuanto salga el enfermero —Señaló al interior del box—, podrán pasar a verlo, un máximo de dos personas. Huelga decirles que, pese a la mejoría experimentada, el estado del señor Cluzet sigue siendo delicado, así que les pido por favor que intenten en la medida de lo posible no alterarse, y por ende, alterarlo. Si mañana sigue en esta evolución favorable, consideraremos su traslado a planta. Por último, les aconsejaría que fueran a casa a descansar, pues aquí no pueden hacer nada.

    —Gracias de nuevo, doctor —contestamos los tres.

    No pasaron ni dos minutos cuando el enfermero salió, y nos indicó con un gesto que ya podíamos pasar. Avanzamos Mélissa y yo primero, hasta el lado izquierdo de la cama donde descansaba nuestro amigo. Y el panorama que se presentaba era devastador.

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    Un montón de cables que monitorizaban sus constantes vitales, rodeaban el magullado cuerpo de Sébastien, lleno de contusiones, heridas y restos de sangre producidos por el accidente, mientras que el vendaje de su brazo izquierdo dejaba entrever la gravedad de la lesión que el doctor nos había explicado. Los sonidos producidos por las pantallas y el respirador artificial se clavaban como cuchillas en los oídos.

    Las lágrimas empezaron a recorrer las mejillas de Mélissa, entre tímidos sollozos que intentaba contener mientras con la mano izquierda acariciaba la frente de su padre, que yacía ajeno al sufrimiento que su estado causaba a su alrededor.

    —Mélissa —Sequé su mejilla con la yema de mi pulgar—, voy a salir para que entre Phil.

    Abandoné la estancia donde se encontraba mi amigo, y cedí el turno a Philippe. Me asomé a la ventana del pasillo en un intento de ocultar mis ojos, que empezaban a humedecerse. Sébastien era como un padre para mí. Su inestimable ayuda en las horas más bajas de mi juventud, evitaron que diera con mis adolescentes huesos en la cárcel, o peor aún, en el cementerio. La vida de mi amigo parecía estar fuera de peligro, pero ya nada iba a ser igual.

    A los pocos minutos, Philippe sostenía entre sus brazos a una desconsolada Mélissa que caminaba errante entre lágrimas, mientras abandonaba el box. Nos dirigimos a la salida del hospital, y comprobamos que, tras un largo día de lluvia, esta había cesado para dejar paso a una noche despejada.

    —¿Quieres que te acerque a casa, Mélissa?

    —No te preocupes. Michel. He pensado que voy a ir unos días con ella. Así no estamos solos y de paso vigilo la casa y le ayudo a tenerlo todo listo para el regreso de Séb. Porque Séb va a volver —afirmó con la voz entrecortada.

    —Me parece estupendo, Phil. Id a descansar a casa y mañana nos veremos.

    —Michel.

    —¿Si, Mélissa?

    —Gracias por estar mi lado —Y se fundió en un abrazo conmigo.

    —No tienes que dármelas. Sabes que siempre que me necesites, ahí estaré.

    Philippe se dirigió con Mélissa a la Renault Master de Sébastien, que se había convertido en su vehículo casual, al no disponer este de otro.

    Yo subí de nuevo en el 300ZX, y puse en marcha una vez más el V6 biturbo. El equipo multimedia, que continuaba con mi selección de pianistas contemporáneos, hizo sonar los primeros acordes River flows in you, de Yiruma. Me puse el cinturón, accioné los limpiaparabrisas para despoblar el cristal de gotas y me alejé del hospital rumbo al apartamento.



    En el trayecto, de poco más de veinte minutos, no dejaba de pensar en el delicado estado de salud de mi amigo, y en sí era culpa de un desafortunado accidente, o, por el contrario, había algo más. Las luces de las farolas quedaban atrás mientras surcaba las húmedas calles de la costa azul, acompañado por la dulzura de las notas que nacían de las manos del compositor surcoreano, y que con tanta fidelidad reproducía el equipo del deportivo japonés.

    Pero pocos minutos antes de llegar a casa, mientras transitaba una desolada carretera, me derrumbé. Detuve el Nissan en el lateral y rompí a llorar. Apoyé mis manos y mi cabeza en el volante, mientras el dolor me destrozaba por dentro.
     
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  22. Basse Corniche

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  23. Basse Corniche

    Basse Corniche En Practicas

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    25- Eternamente amigos




    —¿S… si? —pregunté medio dormido sin obtener respuesta.

    —Mi… Mich…

    —¿Mélissa? ¿Qué ocurre?

    —P… papá… —no logró terminar la frase, que Philippe se puso al teléfono, en el mismo estado que Mélissa, pero con más entereza.

    —Michel… Sébastien ha fallecido.

    —¿Q…qué? —Noté como durante cinco angustiosos segundos me quedaba sin respiración—. Salgo hacia allí.

    De nuevo, una llamada de teléfono interrumpía mis sueños y me trasladaba de golpe a la cruda realidad, tal y como había sucedido el día anterior. Me di una ducha rápida, y me vestí con la celeridad que la situación requería. Aunque esta vez ya no importaba cuán rápido fuese. Ya no había prisa. Mientras me abrochaba los botones de la camisa, observaba como las gotas de lluvia corrían por las ventanas del salón. De nuevo el día había amanecido gris y lluvioso en la soleada costa azul, y ponía el broche tétrico a una jornada que de por sí, ya se presentaba oscura.

    Cogí el paraguas que descansaba apoyado al lado de la puerta y cerré el apartamento. Bajé al parquin comunitario con la precaución de no resbalarme con la lisa suela de aquellos zapatos en las mojadas escaleras, y llegué en tres saltos a la puerta del Nissan.

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    Lo puse en marcha y apagué el reproductor Sony, pues no me apetecía escuchar nada. El ronroneo del propulsor junto al repicar de la lluvia en los cristales del techo, fueron los únicos acompañamientos musicales que disfruté en los poco más de veinte minutos que empleé en llegar.

    Accedí de nuevo al parquin, saqué el paraguas y salí a la calle. Una vez dentro del hospital divisé al fondo del pasillo la figura de Philippe, que caminó hacia mi al verme avanzar por el pasillo, para fundirse en un abrazo conmigo.

    —Lo siento mucho, Michel —me decía entre lágrimas mientras yo trataba de contener el llanto.

    —Yo también, Phil, yo también… —Y ya no pude aguantar más–. Pero, si ayer parecía que lo iba a conseguir, ¿qué ha pasado?

    —De madrugada le volvió a subir la presión intracraneal. El golpe en la cabeza le provocó una hemorragia cerebral, que ayer no tenía, o no supieron ver… que más dará ya…

    —Joder… Phil, ¿dónde está Mélissa? —Me señaló con un movimiento de cabeza la sala de espera.

    Avancé unos pasos hasta que llegué a ella, y nada más entrar Fabien y Dominique se pusieron de pie para mostrarme sus condolencias, mientras Mélissa lloraba desconsolada entre los brazos de la mujer de mi encargado. Alzó la mirada al percatarse de mi presencia y se levantó para abrazarme.

    —¡Michel! —La pobre se ahogaba en su dolor— ¡Papá no! ¡Papá no!

    —Mélissa, ya ha pasado, ya está —Intenté consolarla sin éxito, abrazándola con fuerza a la vez que acariciaba sus cabellos—. No llores más, por favor.

    A las nueve en punto de la mañana siguiente, llegué a la casa de mi difunto amigo. Aparqué cerca de la puerta, paré el motor y me bajé del coche. Me encendí un cigarro y empecé a fumar, mientras perdía mi vista en el jardín de la casa, en ningún punto en concreto. Después de dos días de intensa lluvia, esta había cesado, y dejó a su paso un cielo nublado, que arrastraba una brisa bastante fría, para recordar que los primeros días de otoño habían llegado. En mi mente aparecieron las palabras pronunciadas por Sébastien meses atrás, en las que me recomendaba el uso de ropa de abrigo a las puertas de octubre.

    Llamé al timbre y a los pocos segundos salió Philippe a recibirme.

    —Que elegante estás, Michel —Me halagó a la vez que me abrazaba— nunca te había visto así.

    —Nunca había tenido oportunidad de ponerme el traje, aunque hubiese preferido hacerlo en otra ocasión. ¿Cómo está Mélissa?

    —¿Cómo va a estar? Se ha levantado algo más calmada, pero ayer por la noche, hasta pasadas las dos no consiguió dormirse. Tuve que prepararle una tila para paliar sus nervios, y acostarla.

    —Y tú, Phil, ¿cómo estás? —Apoyé mi mano en su hombro, mientras el agachaba la cabeza para disimular la lágrima que recorría su mejilla— Está bien, Phil, está bien…

    —Pasemos dentro, Michel.

    —Por cierto, el AMG sigue aquí ¿verdad? —A lo que Philippe asintió—. ¿Quieres que lo saque y vamos con él a la iglesia?

    —No te preocupes, Michel. La misma empresa de pompas fúnebres disponía de servicio de taxi privado, y lo he solicitado. Nos recoge y nos deja aquí, así no tenemos que preocuparnos de nada en un día como hoy.

    —De acuerdo.

    —Bueno, vuelvo a dentro, que he de acabar de preparar las cosas.

    —Muy bien Phil, si necesitas ayuda con algo estoy aquí fuera.

    Me quedé en el jardín, Me encendí otro cigarro y bordeé la piscina. Me apoyé en la barandilla que limitaba el perímetro de la casa, y observé una vez más, embobado, la bahía de Villefranche-sur-Mer. Recordé cómo le gustaba esta tranquilidad a mi amigo, a la vez que deseaba que nada de esto fuera real. Pero la mano de Mélissa en mi espalda me recordó que así era.

    —Ei, guapísima, ¿cómo estás? —Me volteé para interesarme por su estado.

    Pero no me contestó. Solo me abrazó y escondió su cabeza en mi pecho, para empezar a llorar de nuevo.

    —Perdona, Michel, que te mancho el traje —Apartó su cara y sacudió la solapa de mi americana—. Estás muy guapo.

    —Tú también estás muy elegante, Mélissa.

    —Gracias por venir. De verdad. Eres muy importante para mí —Y le regaló un beso a mi mejilla izquierda.

    —Chicos —Philippe se acercó dónde nos encontrábamos—. El coche ya ha llegado, así que, cuando queráis, nos vamos.

    —Dile que se espere cinco minutos —contestó Mélissa mientras entraba en casa.

    Salí a transmitirle el encargo verbal de mi amiga al joven chofer, que a duras penas pasaba la mayoría de edad, y que me ofreció sus condolencias por respuesta. Pasados cinco minutos, Mélissa y Philippe salieron de casa mientras el atento conductor abrió la puerta trasera del elegante Mercedes Clase S de mecánica diésel con el que había venido, e invitó a la afligida huérfana, con el gesto de su mano a acceder al interior.

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    Philippe la acompañó en la parte de atrás, y yo monté en el asiento delantero. En poco más de diez minutos, llegamos a la iglesia de Saint Michel, en Villefranche-sur-Mer, donde Fabien, su esposa y su hijo esperaban nuestra llegada, acompañados de medio centenar de personas, entre vecinos, conocidos, amigos y amigas de Mélissa y antiguos compañeros de oficio, que se acercaron a mostrar sus condolencias a la hija de mi malogrado amigo.

    Accedimos al interior de la iglesia, donde el cuerpo sin vida de Sébastien descansaba en el interior de un bonito ataúd, de madera de pino, que se encontraba cerrado, escoltado por dos enormes coronas de flores, preparado para recibir su último adiós. Philippe se había encargado de organizar esos detalles que quedan en un segundo plano y que todo el mundo olvida cuando, por desgracia, llegan estos momentos.

    La ceremonia, oficiada por el cura del pueblo, fue bastante corta, y duró poco más de veinte minutos, en los cuales Philippe y yo acompañamos a Mélissa sentados en primera fila, la cual, en ocasiones, interrumpía el discurso con su llanto, sin apartar la mirada del féretro que contenía el cuerpo de su padre. Verla llorar en aquella situación encogía el alma.

    Pasados unos minutos de las doce del mediodía, y con la misa finalizada, volvimos a montar en el Mercedes, y partimos rumbo al Cimetière du Château, situado en Niza, en la colina del mismo nombre. Abordamos la Basse Corniche detrás del coche fúnebre que transportaba los restos de mi amigo, por aquella carretera que tantas veces habíamos recorrido juntos. Perdí mi mirada en el retrovisor exterior y observé como Fabien y su familia nos seguía, junto tres coches más, a la vez que disimulaba una lágrima furtiva.

    Veinte minutos después, la caravana llegaba a su destino. Los dos primeros coches ingresaron en el cementerio, mientras el resto aparcaron en las afueras del mismo. Bajamos del Mercedes y observamos como los ocupantes del vehículo fúnebre abrían la puerta trasera, y se preparaban para ayudar a los operarios del lugar, que acababan de abrir el nicho donde los restos de su esposa Marie yacían, ante la atenta mirada de la veintena de personas allí presentes. En apenas siete minutos, los restos sin vida de Sébastien quedaron sepultados de nuevo junto a los de su amada, esta vez para toda la eternidad.

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    Nos despedimos de los amigos y conocidos que habían acompañado a Sébastien hasta su último adiós. Philippe y yo les agradecimos su asistencia mientras Mélissa lloraba desconsolada. Empezaba a entender que jamás volvería a ver a su padre.

    Subimos al Mercedes, que se encargó de dejarnos en el mismo lugar donde horas antes nos había recogido. El servicial joven aparcó en la entrada y bajó raudo para abrir la puerta a Mélissa. Se despidió de ella mientras Philippe le ofrecía una pequeña gratificación en agradecimiento por el ejemplar servicio realizado en aquella fría mañana de miércoles de finales de septiembre.

    Entré en casa a la par de Philippe, justo después de Mélissa, que subió directa a su cuarto.

    —¿Subo, Phil?

    —Déjala. Necesita su espacio. Ahora es cuando empezará a asimilar todo lo que ha pasado.

    —Supongo que tienes razón.

    —Voy a ver si preparo algo de comer. Me imagino que te quedas ¿no?

    —Si, desde luego, Phil.

    —A mí no me prepares nada, Phil —interrumpió Mélissa desde las escaleras, mudada de ropa—, he quedado con mis amigas. Necesito desconectar.

    —Está bien, Mélissa. Pero por favor, ve con cuidado. Yo no me voy a mover de aquí en toda la tarde, ¿de acuerdo?

    —Si, Phil. Gracias de nuevo por todo de verdad. Y a ti también, Michel. Luego nos vemos, ¿de acuerdo?

    Y Mélissa se subió a su Porsche 911, para perderse calle abajo, mientras la puerta volvía a cerrarse.

    Philippe preparó una ensalada con las pocas verduras que había en la nevera, y la acompañó con un plato de pasta precocinada para cada uno. Comimos con la compañía de las noticias que emitía el canal FT1, que repasaba los resultados de las elecciones alemanas, celebradas tres días antes, en las que destacaba la pérdida de fuerza de la actual canciller alemana.

    Una vez acabamos de comer, Philippe sirvió un par de vasos de whisky, y los sacó a la zona de la piscina, donde tomamos asiento tras comprobar que había salido el sol. Se acercó a la radio que había en la mesita y la encendió, para dar paso a Forever Young de Alphaville.

    —¿Me das uno, Michel?

    —No sabía que fumabas.

    —Y no lo hago. Hace más de diez años que lo dejé —me explicaba mientras se encendía un cigarro—. Pero después de estas setenta y dos horas de locura, créeme, lo necesito.

    —Por uno no te va a pasar nada —le contesté mientras me estiraba en la tumbona—. ¿Te vas a quedar aquí?

    —Sí. Ayer Mélissa me pidió si podía estar un tiempo aquí. Total, no tengo nada que hacer en casa y si la hija de mi amigo necesita ayuda, ahí estaré. ¿Sabes lo que más me duele de todo esto?

    —¿Qué?

    —Que la última vez que Sébastien y Mélissa se vieron, acabaron enfadados. Luego nos fuimos a Suiza y después…

    —La discusión por Víctor

    —¿Qué Víctor? ¿El tipo del Ferrari? ¿Así se llama? ¿Cómo lo sabes?

    —Porque cuando entregué a Apolo, fue el quien me acercó a casa.

    —Espera, espera, espera,… ¿me estás diciendo que el tipo con el que sale Mélissa, es Víctor, el ayudante de Nasser?

    —¿Cómo se te queda el cuerpo?

    —Madre mía… —Philippe se llevó las manos a la cara—. Menos mal que Séb no lo sabía, porque creo que no lo hubiera aceptado.

    —¿Tú crees que tendrá algo que ver?

    —¿El ruso? ¿Por la discusión que me explicaste? No lo creo. Y más si me dices que sale con su hija, o lo que quiera que hagan. Sería de auténtico imbécil.

    —Supongo que tienes razón, Phil. Quizás nos empeñamos en buscar un culpable sin pensar que pudo ser un error humano.

    —No le des más vueltas, Michel —Le dio una nueva calada a su cigarro—. Por cierto, ahora que ha salido el nombre de Nasser, ¿qué vas a hacer?

    —¿Con el asunto de los coches? —Phil asintió con la cabeza—. No lo sé. No he tenido tiempo de pensar. ¿Tú qué harías?

    —No sé qué decirte. La decisión es tuya. Pero permíteme recordarte que, si al final sigues adelante, puedes contar conmigo para todo lo que necesites, ¿entendido?

    —Muchas gracias, Tío Phil.
     
    A Alifa y roger bm les gusta esto.

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